El lector aparece de golpe.
No hay transición.
No hay caída.
Solo un instante de oscuridad y al siguiente está ahí, de pie sobre un suelo húmedo cubierto de helechos gigantes, raíces retorcidas y hojas tan grandes que podrían ocultar una persona entera.
El aire es pesado.
Caliente.
Demasiado húmedo.
Cada respiración sabe a tierra mojada, musgo y algo más antiguo, algo que no debería seguir existiendo.
A lo lejos se escuchan rugidos.
No uno.
Muchos.
Algunos graves y largos.
Otros cortos, violentos, como si dos criaturas enormes estuvieran peleando a muerte a pocos kilómetros de distancia.
El bosque parece interminable. Árboles inmensos cubren el cielo, dejando pasar apenas algunos rayos de sol que atraviesan las hojas como cuchillas de luz.
Entonces escuchas un tarareo.
Pequeño.
Suave.
Demasiado tranquilo para un lugar así.
Viene detrás de ti.
Cuando te giras, ahí está Luna.
Va sentada sobre el lomo de un enorme ankilosaurio que avanza lentamente dentro de una cueva gigantesca. La criatura parece medio dormida, con los ojos apenas abiertos, moviéndose con esa tranquilidad pesada de algo tan grande que no necesita apresurarse nunca.
Ni siquiera parece notar que lleva una niña encima.
Luna sí.
Ella te mira apenas y levanta una mano en saludo.
—Hola otra vez.
Se acomoda sobre el lomo del animal y deja escapar un pequeño suspiro.
—Sabía que pondrías esa cara.
Inclina un poco la cabeza.
—“¿Otra vez dinosaurios?”
Imita esa frase con un tono burlón.
—“Qué idea tan trillada.”
Rueda los ojos exageradamente.
—Los mortales siempre dicen eso cuando algo les gusta demasiado.
Le da una pequeña palmada a la cabeza del ankilosaurio.
La criatura ni se inmuta.
—Además…
Luna sonríe un poco más.
—No es mi culpa que ustedes hayan dejado de existir al lado de criaturas mucho más interesantes.
Afuera de la cueva se ven los rayos del sol atravesando el bosque. Todo se siente vivo. Demasiado vivo. El canto de criaturas desconocidas, el ruido de insectos gigantes y el temblor lejano de algo enorme caminando entre los árboles.
Luna observa eso un momento.
Luego vuelve a mirarte.
—Pero este mundo sí puede gustarte un poco más.
Cruza las piernas sobre el lomo del animal.
—Porque no es solo un mundo de dinosaurios.
Hace una pequeña pausa.
—Este mundo guarda un secreto.
La sonrisa de Luna cambia apenas.
No desaparece.
Pero ahora parece más fina.
Más peligrosa.
—Uno bastante profundo.
Mira hacia la entrada de la cueva, hacia el bosque iluminado.
—Y si sale a la superficie…
Su voz baja un poco.
—El futuro de este mundo se convertirá en una pesadilla.
Se queda en silencio un instante.
Solo se escucha el viento entrando por la cueva y la respiración pesada del ankilosaurio dormido.
Luna vuelve a mirarte.
—Y lo mejor…
Inclina la cabeza apenas.
—es que tal vez no esté tan lejos de tu mundo como crees.
Luna nota la expresión del lector y deja escapar una pequeña risa.
—No pongas esa cara.
Se cruza de brazos mientras inclina apenas la cabeza.
—Con tantos universos allá afuera, puede que este ni siquiera sea el tuyo.
Hace una pausa.
Luego sonríe un poco más.
—Aunque la posibilidad nunca es cero.
La frase queda flotando apenas un segundo.
Entonces el ankilosaurio sobre el que Luna estaba sentada se mueve.
Primero abre lentamente los ojos.
Después se incorpora con ese peso enorme y lento de una criatura que no tiene apuro por nada. Su enorme cola arrastra piedras mientras comienza a caminar hacia la salida de la cueva.
Luna salta al suelo con facilidad.
Se acomoda el vestido y se coloca al lado del lector.
—Será mejor que no le quites la vista de encima.
Mira al animal alejarse.
—Lo que viene ahora es bastante interesante.
El ankilosaurio sale de la cueva.
La luz del sol lo cubre por completo. Afuera el bosque sigue igual de inmenso, húmedo y sofocante. El animal avanza unos metros entre helechos gigantescos, moviendo lentamente la cola mientras busca plantas para comer.
No pasa nada.
Por unos segundos todo parece normal.
Demasiado normal.
Entonces se escuchan pasos.
Pesados.
Rápidos.
Algo grande viene entre los árboles.
Las ramas se rompen.
La vegetación se aparta.
Por un momento parece claro que un depredador enorme está por aparecer.
Pero no.
Lo que sale de entre la maleza es otro herbívoro.
Uno grande.
Pesado.
Algo que normalmente jamás atacaría a otro dinosaurio así.
Luna deja escapar una pequeña risa.
—Míralo mejor.
El animal se tambalea al caminar.
Algo está mal.
Muy mal.
Sus ojos están completamente blancos, hinchados, y de las comisuras brota sangre oscura que cae lentamente por su rostro. La baba resbala por su mandíbula en hilos espesos y rojizos.
Su piel, que debería ser dura y gruesa, se está desprendiendo a pedazos.
Hay zonas donde directamente falta carne.
Partes del cuello y los costados dejan ver músculo expuesto, carne abierta y hueso.
Y aun así sigue caminando.
Sigue respirando.
En sus ojos no hay miedo.
No hay dolor.
Solo rabia.
Una rabia vacía.
Brutal.
El herbívoro lanza un gruñido extraño, uno que no debería poder salir de una criatura así, y se abalanza contra el ankilosaurio.
El golpe hace temblar el suelo.
El ankilosaurio reacciona de inmediato. Gira con violencia y lanza un golpe con la enorme masa de su cola.
El impacto es brutal.
El sonido de huesos rompiéndose retumba entre los árboles.
La cabeza del atacante se mueve hacia un lado.