El lector no recuerda en qué momento llegó ahí.
La Biblioteca no cambia de forma, pero hay zonas donde incluso ella… se siente distinta. Más silenciosa. Más pesada. Como si las historias que habitan en ese lugar prefirieran permanecer cerradas para no ser leídas.
A medida que avanzas entre los estantes, el sonido comienza a notarse.
Un suspiro largo muy exagerado y totalmente teatral.
Luego otro.
No viene de ningún libro, viene de más adelante.
El ambiente se siente… vacío, No hay almas trabajando, tampoco hay libros temblando, solo ese sonido de alguien que se muere de aburrimiento.
Y al doblar el último pasillo…
la ves.
Luna está sentada en una mesa simple, nada de tronos ni grandeza, solo una silla… demasiado grande para ella.
Sus piernas cuelgan, balanceándose rítmicamente, arriba y abajo, sin alcanzar el suelo. En una mano sostiene una galleta, y con la otra golpea la madera: Toc, toc, toc… como si contara los segundos que le quedan a la existencia.
Ni siquiera te mira. Sigue mirando su galleta con cara de pena.
—Sé que estás ahí —dice con voz monótona, arrastrando las palabras.
Da un mordisco pequeño.
—Por fin. Ya pensé que nadie iba a venir a salvarme de este sopor eterno.
Mastica despacio, mirando al techo.
—Supongo que traes la misma pregunta de siempre, ¿verdad? Todos son tan predecibles…
Pausa. Suelta el suspiro más grande y dramático del mundo, infla los cachetes y la suelta de golpe.
—¿Me aburro?
Silencio sus piernas siguen moviéndose, tic, tac, tic, tac…
—¡CLARO QUE SÍ! —responde ella misma con energía repentina, para volver a decaer al instante—. Uf… Muchísimo.
Da otro mordisco, esta vez más grande, casi con rabia.
—Sobre todo cuando no llega nada nuevo y emocionante. Nada que explote, nada que cambie de color…
Gira la galleta entre sus dedos, analizándola con desdén.
—Tantos universos… tantas páginas…
—Y tan pocas cosas interesantes.
Suspira otra vez, apoyando la barbilla en la mesa.
—Todo es igual, ¿sabes? Es como ver la misma película una y otra vez.
—Nacen, se quejan, crecen, se pelean por tonterías, se destruyen y vuelta a empezar.
Se encoge de hombros, haciendo un puchero enorme.
—Es tan… repetitivo. Incluso cuando decido echarle un poco de "sal" o "pimienta" para que se ponga divertido… ¡siempre hacen lo mismo!
Muerde la galleta con ganas, como si fuera la cabeza de alguien.
—Ya ni siquiera dan ganas de jugar a arruinarles los planes. Es demasiado fácil.
Por fin levanta la mirada, sus ojos te recorren de arriba abajo.
Lentamente.
Con una sonrisa pequeña, burlona y dulce.
—Y tú…
Se queda callada un segundo, te mira y luego suelta una risita pequeña, ji, ji, ji…
—Estás muy, pero que muy crudo.
Da otro mordisco, negando con la cabeza.
—Aún te falta mucho para ser un buen aperitivo. Así que no, no puedo contar contigo para entretenerme ahora mismo.
Vuelve a apoyarse en la mesa, aburrida otra vez, ignorándote por completo.
—Quizás más tarde.
Lo dice como quien habla de comprar pan.
—Si logras sobrevivir lo suficiente… y te pones interesante. Si no… pues al montón de basura del olvido y listo.
Sus piernas vuelven a balancearse al ritmo de su propia impaciencia. Y el silencio vuelve a caer, pesado y dulce, como la calma antes de que una niña decida romper algo por diversión.
Luna dejó escapar otro suspiro, más corto esta vez. La galleta ya era apenas un recuerdo entre sus dedos.
Sus piernas seguían balanceándose suavemente… hasta que se detuvieron en seco.
Se estiró despacio, llevando los brazos bien alto, arqueando la espalda con un sonido suave y perezoso, como si sus huesos estuvieran cansados de estar en el mismo sitio desde el principio de los tiempos.
—Mmm… qué pesadez…
Se dejó caer de golpe contra el respaldo, ladeando la cabeza hasta que casi tocó el hombro.
Silencio. Solo un parpadeo.
Y entonces… click. Algo cambió en su mirada. No fue un grito, no fue una explosión, pero fue suficiente. Una chispa de curiosidad malsana.
—Ya sé… —murmuró, casi como si estuviera hablando con su propia galleta.
—Sí… eso podría funcionar.
Se enderezó un poquito, y sus piernas volvieron a moverse rítmicamente, tic, tac, tic, tac. Giró el último pedazo de galleta entre sus dedos, analizándolo como si fuera un mundo entero.
—Oye…
Alzó la vista y, por primera vez, te miró de verdad. Fijamente.
—¿Te gustaría ver algo que no sea lo mismo de siempre?
Una sonrisita pequeña, dulce y peligrosa a la vez.
—Un universo…
Se llevó el último trozo a la boca.
—Donde no hay caos.
Masticó despacio, con los ojos entrecerrados.
—Ni guerras estúpidas.
—Ni cosas rompiéndose cada dos por tres.
Se limpió las migas de las manos con indiferencia, dejándolas caer en el aire.
—Un lugar donde, supuestamente…
—lograron lo que todos andan buscando a gritos.
—Una utopía.
Lo dijo con un tono neutro, ni burlón ni admirativo… casi como si describiera un insecto interesante.
—Sin miedo.
—Sin dolor.
—Sin… errores.
Hizo una pequeña pausa, y luego soltó una risita silenciosa.
—Curioso, ¿verdad?
Dio un par de aplausos suaves. Palmas, palmas. Pero el sonido resonó hondo, como si estuviera aplaudiendo la destrucción de todo un planeta.
—Y lo mejor de todo… es que existe de verdad.
Luna sonrió un poco más, mostrando apenas los dientecitos.
—Conozco uno.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, acercando su cara.
—Y tengo que admitirlo…
Hizo una pausa dramática, soplando una migaja que tenía en la mesa.
—Los dioses de ahí… lo hicieron francamente bien.
Se recostó de nuevo, señalando el aire con el dedo como si contara puntos.