No hubo Biblioteca.
No hubo estantes infinitos, ni libros flotando, ni aquella luz tranquila y antigua que siempre parecía envolver ese lugar imposible.
Y, más importante aún…
Luna no estaba.
No sentiste su presencia.
No escuchaste su voz.
No viste esa sonrisa inquietante observándolo todo desde algún rincón imposible.
No había ni rastro de esa niebla oscura que siempre parecía estar acechando en los bordes de la realidad.
Por primera vez en mucho tiempo…había tranquilidad. Una tranquilidad extraña, pesada, casi vacía.
El cambio ocurrió sin aviso, igual que siempre. Un parpadeo, una pequeña pausa en tu percepción, y el mundo entero se reemplazó a sí mismo de golpe.
Pero esta vez, cuando abriste los ojos, no viste ruinas ni cadáveres eternos.
Viste una ciudad.
Y no una ciudad cualquiera.
Gigantescas estructuras metálicas se elevaban hacia el cielo como agujas brillantes, formando torres curvas y orgánicas, atravesadas por cientos de luces de colores: azules eléctricos, morados profundos, verdes neón. Había caminos suspendidos en el aire, puentes de energía que conectaban los edificios a cientos de metros de altura. Pantallas holográficas flotaban en el espacio entre las torres, proyectando símbolos geométricos desconocidos, anuncios parpadeantes y formas que se movían en un lenguaje que tus ojos podían ver, pero tu mente no comprendía.
El aire estaba cargado. Olía a ozono, a metal caliente, a especias exóticas que nunca habías respirado, y a algo dulce y metálico al mismo tiempo. Era un aire denso, cálido, que se te quedaba pegado a la piel.
Naves.
Había naves por todas partes.
Algunas cruzaban lentamente entre las torres como enormes ballenas de acero iluminadas por motores que dejaban estelas de luz azul pálida. Su paso hacía vibrar el suelo levemente, un zumbido grave que sentías en el pecho más que escucharlo. Otras descendían suavemente hacia plataformas suspendidas, mientras pequeñas luces de navegación recorrían sus superficies curvas como luciérnagas mecánicas. El cielo mismo parecía vivo, un flujo constante de tráfico que no se detenía ni un segundo.
Y las personas…No.
Las criaturas.
Las calles, anchas y pavimentadas con un material oscuro que absorbía parte de la luz, estaban llenas hasta el borde. Especies completamente diferentes unas de otras caminaban, corrían, negociaban y reían a tu alrededor.
A tu derecha, pasaron tres seres altos y delgados, casi transparentes, cubiertos por placas brillantes parecidas al cristal que cambiaban de tono cuando se movían. Al cruzarte con ellos, notaste que no emitían calor, y que sus ojos eran facetas brillantes sin pupila.
Más adelante, una familia de criaturas rechonchas, con piel rugosa como corteza de árbol y cuatro piernas cortas, se detuvo frente a un escaparate, señalando algo con extremidades que parecían ramas flexibles. Hablaban con un sonido parecido al crujido de hojas secas, y se tocaban entre ellos con suavidad.
Viste seres con varios brazos, otros con rostros alargados y ojos repartidos por toda la cabeza, vigilando todo lo que pasaba. Había quienes parecían criaturas acuáticas, moviéndose con elegancia dentro de trajes herméticos llenos de un líquido brillante y burbujeante. Y cerca de una fuente de energía, tres pequeñas masas gelatinosas, de un tono rosa pálido, avanzaban flotando apenas sobre el suelo, dejando tras de sí un rastro de luz que se desvanecía rápido.
Y, aun así…nadie parecía sorprendido por nadie.
Era un puerto.
Un verdadero puerto intergaláctico, un cruce de caminos infinito.
Miles de especies diferentes convivían unas junto a otras, entre puestos de comida con vapores de colores intensos, mercados donde flotaban objetos imposibles, anuncios luminosos que gritaban ofertas en mil idiomas, y enormes avenidas que parecían no tener fin.
Todo se sentía…normal.
Vivo.Próspero.
Extrañamente, inquietantemente pacífico.
Caminaste despacio entre la multitud, sintiéndote pequeño, observando aquel lugar imposible. Algunas criaturas te miraban de reojo, claramente curiosas por tu apariencia humana, por tu piel lisa, por tu sola forma de caminar. Un ser con cuerpo de mamífero y cabeza de ave pasó a tu lado, te miró de arriba abajo y emitió un sonido agudo, como una risa extraña, antes de seguir su camino. Una pequeña criatura con seis patas y grandes ojos negros se detuvo frente a ti, inclinó la cabeza y te tocó la mano con una extremidad suave y húmeda, antes de que su "madre" —una masa de tentáculos brillantes— la alejara suavemente.
Nadie estaba alarmado. En un sitio como ese, donde cientos de realidades distintas chocaban cada día, ser extraño parecía lo más normal del mundo.
El sonido ambiente era una marea constante que te envolvía: motores lejanos zumbando, voces en idiomas que sonaban como agua o como piedras chocando, anuncios electrónicos que hablaban en tonos agudos o graves, risas, música suave y melancólica que escapaba de algunos locales abiertos, y el crujido eléctrico de la energía que alimentaba todo.
Vida.
Había vida por todas partes. Tanta vida que dolía.
Y después de los últimos mundos que habías recorrido —de las ruinas eternas, del silencio de los cadáveres inmortales, de la nada absoluta—, todo esto se sentía casi irreal. Demasiado perfecto. Demasiado armónico. Como una pintura demasiado bien hecha.
Seguiste caminando, buscando algo familiar, buscando cualquier rastro de lo que sabes que es la verdad, pero todo lo que veías eran luces, colores, avance y progreso.
Terminaste deteniéndote frente a un pequeño puesto de comida construido bajo una estructura metálica curvada, iluminada por paneles que emitían una luz violeta suave y parpadeante. El calor que salía de allí era agradable, mezcla de aceites calientes y especias desconocidas que hacían que tu estómago rugiera levemente.