El recuerdo llegó de golpe.
Tan rápido que por un instante olvidaste dónde estabas.
Recordaste tu habitación.
La luz tenue de la pantalla iluminando las paredes.
El sonido constante del ventilador del computador.
El último capítulo abierto frente a ti.
Recordabas perfectamente estar leyendo.
Recordabas bajar la vista para continuar la siguiente línea.
Y después...Nada.
Ninguna luz. Ningún portal. Ningún aviso. Ninguna sensación extraña.
Simplemente... ahora estabas allí. De pie. En medio de la Biblioteca.
Parpadeaste varias veces, tratando de que tus ojos se acostumbraran a la inmensidad que te rodeaba. Los inmensos estantes se extendían hasta donde alcanzaba la vista, elevándose hacia una oscuridad imposible que ocultaba el techo infinito. Montañas de libros caídos cubrían numerosos pasillos. Estanterías rotas descansaban inclinadas unas sobre otras, retorcidas y astilladas, como los restos de una ciudad arrasada tras una guerra sin cuartel.
Porque eso era exactamente lo que parecía.
El campo de batalla que había dejado la guerra civil: la rebelión de los libros, el gigante de cuero, las explosiones, el fuego y el caos absoluto que Luna había dirigido, disfrutado y finalmente ganado.
Todavía flotaban algunas páginas chamuscadas en el aire, girando lentamente como cenizas. A lo lejos se escuchaba el crujido ocasional de una estructura cediendo al peso de los siglos. Algunos pequeños tomos, heridos y maltrechos, trabajaban en silencio intentando levantar lo que se había derrumbado. Otros simplemente observaban el desastre con una tristeza profunda y resignada.
La Biblioteca seguía siendo infinita.
Pero ahora también parecía cansada. Y muy, muy dañada.
Frunciste el ceño y empezaste a caminar despacio entre los escombros, mirando a todas partes, buscando esa figura inconfundible.
Cabello rubio.
Vestido blanco y negro con volantes.
Una sonrisa que podía ser dulce o aterradora según su humor.
Pero Luna no aparecía por ningún lado.
Lo cual era extraño. Demasiado extraño. Porque, en todas las veces que habías estado aquí, ella siempre aparecía antes incluso de que pudieras preguntarte dónde estabas. Siempre tenía prisa, siempre tenía algo que enseñarte o algo que ordenarte. Que estuviera callada y escondida... no tenía sentido.
Dispuesto a seguir avanzando, apenas diste un paso sobre un montón de novelas destrozadas.
Y entonces...Una mano te agarró violentamente del brazo.
—¡¡Ven aquí!!
Antes de que pudieras reaccionar, te arrastraron con una fuerza sorprendente —esa fuerza que solo ella tenía— entre los restos de varios estantes derrumbados. Tropezaste, casi caes, y terminaste siendo empujado detrás de una montaña de libros apilados de forma improvisada, un muro hecho de enciclopedias rotas y tratados olvidados.
—¡Shhh! ¡Cállate y no te muevas ni un milímetro!
La voz sonó justo delante de ti, urgente y baja. Levantaste la vista y la viste.
Era Luna.
Pero algo estaba mal. Muy mal.
Su cabello rubio estaba completamente despeinado, lleno de polvo, ceniza y pequeños trozos de papel pegados a los mechones. Tenía restos de hollín en las mejillas y la ropa un poco rasgada. Pero lo que te heló la sangre fue su expresión.
Por primera vez desde que la conocías... su mirada no brillaba con travesura.
No parecía divertida.
No parecía emocionada.
No parecía curiosa ni arrogante ni poderosa.
Parecía... asustada.
No, no era miedo en el sentido de que alguien pudiera hacerle daño. Eso era imposible. Lo conocías lo suficiente para saber que ella era la dueña absoluta de todo esto. Pero ahora, había algo en sus ojos oscuros, una mezcla de pánico y culpa, una ansiedad que la hacía estar rígida, aferrándose al borde del estante roto mientras vigilaba los pasillos vacíos como si esperara la llegada del juicio final.
Ibas a preguntar, ibas a decirle que era ella quien mandaba aquí... pero no alcanzaste.
Porque algo más llamó tu atención.
A tu lado, encogido y temblando contra la pared de libros, había un pequeño tomo. Uno muy pequeño, de tapas brillantes y colores vivos, con las esquinas perfectas. Parecía recién llegado, recién nacido, una historia nueva que aún no había sufrido el desgaste del tiempo.
El pequeño tomo miró a Luna con las tapas abiertas de par en par, maravillado y aterrado a partes iguales.
Luego te miró a ti.
Y luego volvió a mirar a Luna.
Y comenzó a temblar tanto que sus hojas batían como alas de pájaro asustado.
—Tú... tú eres Luna... —susurró, casi sin voz.
Luna cerró los ojos lentamente, apretando los párpados como si acabara de escuchar la sentencia de muerte más terrible.
—No... no lo soy. Cállate.
—¡¡ERES LUNA!! —gritó el pequeño libro, demasiado fuerte por el pánico, y Luna le dio un golpe seco y rápido con los nudillos sobre la cubierta para callarlo. —¡¿Me toca castigo?! ¡¿Ya hice algo malo?! ¡¿Voy a ser transformado en algo aburrido?!
—¡¡CÁLLATE DE UNA VEZ!! —siseó ella, desesperada, tapándole la boca con una mano pequeña pero firme.
—¡Ay! —se quejó el librito, ahogado. —¿Por qué nos escondemos? ¿Viene el enemigo? ¿Vienen los rebeldes otra vez?
Luna lo miró con una mezcla de lástima y desesperación. Sus ojos se movían inquietos hacia la oscuridad del pasillo.
Y entonces, la escucharon.
Una voz resonó por toda la Biblioteca.
Suave.
Dulce.
Femenina.
Y extrañamente tranquila.
Era una voz que no retumbaba ni rugía como la del gigante revolucionario. No necesitaba gritar para ser escuchada en cada rincón, en cada estante, en cada página de este mundo infinito. Era una voz que parecía avanzar lentamente por los pasillos, rozando cada esquina, reconociendo cada rincón.
—Lunaaaa...
El silencio cayó de golpe. Incluso los libros heridos que se arrastraban por el suelo se quedaron inmóviles, congelados por el tono de esa llamada.