El caos había vuelto.
Otra vez.
Lo cual, para sorpresa de absolutamente nadie que habitara entre los infinitos estantes de la Biblioteca, significaba una sola cosa: Luna había vuelto a tocar algo que no debía. Y peor aún: lo había tocado porque le dijeron específicamente que no lo hiciera.
En algún lugar perdido entre pasillos que se alargan hasta perderse de vista, bajo techos tan altos que se confundían con la oscuridad, un tomo gigantesco descansaba abierto sobre una mesa de lectura reforzada con hierro antiguo y runas de sujeción. O al menos, lo intentaba. Porque sus páginas pesadas de pergamino amarillento no dejaban de pasar solas, agitadas por un viento que no venía de ninguna ventana, mostrando escenas horribles y fascinantes a partes iguales: bosques ardiendo como antorchas gigantescas, ejércitos de miles de hombres marchando bajo estandartes rotos, ciudades reducidas a cenizas y banderas desgarradas ondeando sobre ruinas.
Todo el universo contenido en aquellas páginas estaba ardiendo.
Literalmente.
Y la responsable de aquel desastre pendía del techo, como si fuera un adorno mal puesto por el destino.
Luna estaba colgada de una sola pierna. 🦵⛓️
Una gruesa cadena negra, pesada y fría como el vacío, le rodeaba el tobillo derecho y subía hasta perderse entre las vigas de madera oscura y polvo milenario que sostenían el techo inmenso. Quedaba cabeza abajo, el cabello oscuro colgando hacia el suelo como una cortina, balanceándose de un lado a otro con la despreocupación de un niño en un columpio, aunque con mucha más indignación y mucho menos derecho a quejarse.
Mientras se mecía de izquierda a derecha, agitaba frenéticamente las manos en el aire, gesticulando con dramatismo exagerado, y daba patadas al vacío con la pierna que tenía libre, como si su ira pudiera derribar las estanterías de al lado. Su túnica oscura y llena de bordados brillantes caía sobre ella como una campana invertida, dejando ver solo sus ojos brillantes, que ahora mismo parecían dos ascuas de pura queja.
—¡Esto es injusto! —gritó, alzando los brazos hacia abajo —que para ella era hacia arriba— con los puños cerrados.
Se balanceó con más fuerza, haciendo tintinear los eslabones de la cadena.
—¡Completamente injusto, abusivo y arbitrario! ¡Es una dictadura!
Se impulsó de nuevo, casi tocando el suelo con las manos para volver a subir.
—¡EXIJO UNA APELACIÓN! ¡Y un abogado! ¡Y un refresco!
A unos metros de distancia, sentada con la espalda recta, imperturbable como una estatua tallada en piedra eterna, Haruka ni siquiera levantó la vista del libro.
Estaba inclinada sobre la mesa, con una pluma fina en una mano y una libreta pequeña en la otra, revisando página tras página con una calma y una paciencia que solo alguien que ha tenido que soportar a Luna durante eones podía poseer. La luz de las lámparas de aceite bañaba su perfil serio, iluminando sus ojos dorados que leían cada línea con una atención quirúrgica.
Cada cierto tiempo, hacía una anotación breve.
Pasaba una hoja.
Suspiraba. Un sonido suave, largo, cargado de un cansancio que pesaba más que todas las estanterías juntas.
Y continuaba leyendo.
—Harukaaaaaa... —canturreó Luna, alargando la vocal hasta el infinito mientras pasaba balanceándose justo por encima del hombro de la mujer, dejando caer un mechón de pelo sobre la página que ella leía.
Haruka apartó el cabello con un movimiento lento y preciso, sin detenerse.
—Harukaaaaaaaaaa... —insistió Luna, pasando ahora por el otro lado, agitando la pierna libre tan cerca de la cabeza de Haruka que parecía que iba a darle una patada amistosa—. ¿Me oyes? ¿Te has quedado sorda? ¿O es que la justicia ha dejado de existir en este reino de opresión?
Otra página pasó.
—No voy a bajarte —dijo Haruka, con una voz tranquila, suave y definitiva, como quien comenta que mañana saldrá el sol.
Luna se detuvo en seco, colgando totalmente inmóvil por un segundo, con los brazos cruzados sobre el pecho boca abajo.
—¡Pero si ya aprendí la lección! —exclamó con la mayor sinceridad del mundo.
Haruka levantó una sola ceja, apartó la pluma y la miró. O al menos, miró hacia donde estaba la cara de Luna, que seguía invertida.
—¿Ah, sí? ¿Y cuál era?
Luna abrió la boca para responder inmediatamente.
Se quedó con la boca abierta.
Frunció el ceño, pensando profundamente, como si intentara recordar algo que se le había escapado de la mente hacía siglos.
Cerró la boca.
La volvió a abrir.
Y finalmente respondió con total seguridad:
—Que la próxima vez tengo que hacerlo con mucho más cuidado y asegurarme de que no haya testigos.
Haruka se llevó una mano al rostro, frotándose el puente de la nariz con dedos cansados.
—... Luna.
—¿Qué? —se defendió ella, agitando ambas manos al aire—. Es una mejora significativa. Antes ni siquiera pensaba en el factor sigilo. Es crecimiento personal, ¿sabes? Evolución.
—Eso no era la lección —dijo Haruka lentamente, bajando la mano y volviendo al libro.
—Bueno, era una de las posibles conclusiones válidas. Tú siempre interpretas todo tan estrictamente... —murmuró Luna, retomando su balanceo, ahora más lento y enfurruñado.
Haruka respiró profundamente. Tan profundamente que parecía que iba a inhalar todo el polvo del pasillo.
Pasó una página con un crujido pesado.
—Veamos... —empezó a decir, leyendo en voz alta, con ese tono de profesora estricta que a Luna le daba más miedo que cualquier castigo—. Mundo clase siete. Forma esférica, habitado por seres inteligentes, desarrollo biológico estable.
Otra página.
—Nivel tecnológico medieval, con uso de hierro y bronce, agricultura avanzada, organización social estructurada... nada que no funcionara bien.
Otra página.
—Desarrollo histórico estable durante más de tres mil años. Tres mil, Luna. Sin guerras, sin plagas, sin catástrofes provocadas por nadie. Paz absoluta. Crecimiento constante. Felicidad generalizada.