Luna: Escritura de Pesadilla

Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 1

No recordabas haber llegado.

Nunca lo hacías.

Un instante estabas en algún lugar.

Al siguiente...Estabas en la Biblioteca.

De pie.

Entre los infinitos estantes que se perdían en una altura y una profundidad que desafiaban cualquier lógica.

Pero esta vez, algo era distinto. Lo sentiste en el mismo instante en que tus pies tocaron el suelo de madera. La atmósfera había cambiado por completo.

El aire, que normalmente olía a papel antiguo, a tinta y a historia viva, ahora se sentía denso, pesado, casi irrespirable. Era como si el propio espacio se hubiera contraído, como si todo lo que existía entre esos muros estuviera conteniendo el aliento.

Y no era solo una sensación. La Biblioteca entera se movía.

Lo podías ver y sentir a tu alrededor:

Los estantes, que siempre parecían firmes y eternos, ahora vibraban muy levemente, con un temblor casi imperceptible pero constante, como si temieran que el menor movimiento brusco provocara algo terrible.

Los libros... miles, millones de tomos que normalmente conversaban entre sí, reían, discutían o se inclinaban curiosos para observar a los visitantes, ahora permanecían absolutamente inmóviles y en silencio.

Los más pequeños se habían deslizado hasta los rincones más profundos de los anaqueles, apretujándose unos contra otros, tratando de volverse invisibles. Los tomos grandes, aquellos de aspecto imponente que contenían historias de dioses y guerras antiguas, ahora estaban rígidos, sus cubiertas cerradas con fuerza, como si incluso ellos tuvieran miedo de llamar la atención.

Hasta la luz, esa luz suave y dorada que siempre iluminaba todo, parecía haberse vuelto más tenue, más fría, como si también ella tuviera miedo de brillar demasiado.

Nunca habías visto este lugar así.

Nunca habías sentido que la propia Biblioteca tuviera miedo.

—Llegas en el peor momento posible.

La voz sonó a tu derecha, baja y contenida.

Bajaste la vista.

Allí estaba el Viejo, atado a tu cintura con su cuerda de siempre. Pero esta vez no estaba recostado ni relajado. Estaba tenso, rígido, sus páginas apretadas entre sí. Sus lentes, que normalmente descansaban con calma sobre su cubierta, estaban ajustados con nerviosismo, y su letra, cuando habló, se notaba temblorosa, como si el propio texto que lo formaba estuviera inquieto.

Estaba asustado. El Viejo, que había visto pasar eras, que te había contado historias de todos los tiempos, estaba verdaderamente asustado.

Antes de que pudieras pensar nada, una voz aguda, llena de confusión y miedo, sonó desde tu izquierda. Era el Nuevo, el pequeño tomo que colgaba allí, abriendo sus páginas con rapidez, mirando todo a su alrededor sin entender nada, diciendo en voz alta todo lo que tú mismo te preguntabas en silencio.

—¿Qué está pasando? —susurró el Nuevo, mirando cómo los libros se escondían—. ¿Por qué todo está tan callado? ¿Por qué hasta los estantes tiemblan? Parece que van a castigar a todo el mundo...

El Viejo soltó un suspiro que pareció salir de lo más profundo de su propia estructura, y sus letras se acomodaron con una seriedad que nunca habías visto en él.

—Porque estamos ante algo que casi nunca ocurre, pequeño. Algo que hace que hasta las historias más antiguas se encojan de miedo.

El Nuevo se apretó contra tu ropa, inquieto.

—¿Qué cosa? ¿Va a pasar algo malo? ¿Por qué se siente todo tan pesado?

—Algo malo... —repitió el Viejo, y miró hacia el fondo, hacia el centro de la sala—. Algo que cambia lo que existe.

Los tres volvieron la mirada al mismo tiempo. Y entonces lo viste.

Allí, en el centro, sobre una mesa de madera oscura que parecía ser el único punto fijo en todo este lugar que temblaba... estaba Luna.

Estaba sentada.

Tenía un pequeño libro entre las manos.

Lo pasaba página tras página, despacio, sin prisa.

Pero no había emoción en su rostro. No había enojo, no había furia, no había ira.

Había aburrimiento.

Un aburrimiento absoluto, profundo, infinito.

Una indiferencia tan completa que dolía solo de verla. Y por alguna razón, verla así, tan vacía de interés, era mil veces más aterrador que verla enfurecida.

A su lado, de pie, con los brazos cruzados y la postura rígida, estaba Haruka.

Y ahí estaba lo que nadie, absolutamente nadie, había visto jamás.

Haruka, que siempre estaba tranquila, que siempre tenía una respuesta, que siempre parecía ser la única persona capaz de mantener la calma junto a ella... estaba nerviosa.

Sus dedos se apretaban contra sus propios brazos con fuerza. Su mirada iba de Luna al libro, y del libro a la distancia, como si estuviera esperando algo malo, como si supiera que el desastre era inevitable y no pudiera hacer nada por detenerlo. Se notaba tensa, inquieta, con una ansiedad que irradiaba a todos los que la miraban.

En ese momento, sus ojos se cruzaron con los tuyos.

Y sin decir una sola palabra, sin hacer un solo gesto que pudiera llamar la atención, Haruka te hizo una advertencia silenciosa.

Una mirada intensa, grave, que te gritaba sin voz: No te acerques. No ahora. Ni por error.

El Viejo lo notó también, y se apretó más contra tu cintura, bajando un poco más su voz.

—Sí... yo tampoco me movería ni un milímetro de aquí si fuera tú.

El Nuevo, que no apartaba la vista de Haruka y de Luna, abrió más sus páginas, lleno de preguntas que tú también tenías.

—¿Pero por qué? —insistió, temblando—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué ella está así? ¿Por qué Haruka parece que va a...?

Se calló un segundo, asustado por sus propias palabras, y volvió a preguntar:

—¿Por qué todos tienen tanto miedo? ¿Qué hay de malo en ese libro que ella lee?

El Viejo levantó un poco su cubierta, pidiendo silencio, y miró fijamente hacia la figura de Luna, hacia el libro pequeño que ella sostenía entre sus dedos como si fuera algo que ya no le sirve.



#1447 en Thriller
#635 en Misterio
#3025 en Otros
#642 en Relatos cortos

En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 22.06.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.