Luna: Escritura de Pesadilla

Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 2

Ya no quedaba ni un solo rincón, ni un solo sistema, ni una sola galaxia que no llevara su marca. El Conquistador tenía el control absoluto de todo su universo. Era el dueño, el rey, la autoridad máxima que había derrocado dioses, destruido imperios y reescrito las leyes de la existencia. Pero para él, la conquista total no fue el final, sino el comienzo de una nueva insatisfacción que le carcomía por dentro.

Su ego ya no cabía en el espacio que había dominado. Su ambición, que alguna vez había nacido de la necesidad de justicia, ahora era un pozo sin fondo que nada podía llenar. Se sentía grande, invencible, el ser más poderoso que jamás hubiera existido… y sin embargo, no era suficiente. Si él había logrado someter todo lo que había dentro de esos límites, ¿qué había fuera? ¿Qué había más allá de los bordes de su realidad?

Fue entonces, entre planos y cálculos, cuando sus científicos y sus ingenieros —esclavos de su voluntad, herederos de la tecnología que él mismo había robado a sus antiguos opresores— hicieron el descubrimiento que cambiaría todo: la barrera entre universos no era infinita ni inquebrantable.

Con los conocimientos acumulados durante mil años, con la maquinaria que había servido para destruir planetas y crear vida, comenzaron una nueva etapa. Ya no se trataba de liberar a nadie, ni de derrocar tiranos. Eso había quedado atrás, olvidado bajo capas de poder y soberbia. Ahora era pura y simple conquista.

—Si este universo es mío —decía el Conquistador, observando los esquemas que flotaban en el aire de su puente de mando—, entonces los demás también deben serlo.

Durante cien años trabajaron sin descanso. Cien años de construcciones gigantescas, de pruebas que consumían recursos enteros, de errores que costaron vidas y de avances que rozaban lo imposible. Y al final, el proyecto estuvo terminado.

Flotando en el vacío absoluto, justo en el límite donde su realidad se desvanecía, se alzaba la obra maestra de su dominio: un gran anillo, del tamaño de un planeta pequeño, construido con materiales que ni siquiera tenían nombre en las lenguas antiguas, capaz de rasgar el tejido de la existencia y abrir un camino hacia otro lado.

Era la llave. Y al otro lado, el Conquistador imaginaba incontables mundos, incontables pueblos, incontables dioses esperando ser sometidos, vencidos y borrados, tal como él había hecho aquí.

Junto al anillo estaba su flota completa: millones de naves, armadas hasta el último tornillo, listas para la guerra eterna. Y en el centro de todas ellas, su nave madre, aquella fortaleza que era del tamaño de una Luna, una estructura imponente que parecía desafiar a las estrellas mismas.

El Conquistador estaba de pie en la cubierta principal, mirando todo aquello con una sonrisa que no había mostrado en siglos. Estaba extasiado, feliz, lleno de una emoción que creía haber perdido. Por fin, su destino se hacía más grande que él mismo. Por fin, podría ser más de lo que ya era.

Se dirigió a todos los tripulantes, a todas las naves, a través de la red de comunicaciones que cubría todo su imperio. Su voz resonó potente, segura, cargada de esa convicción absoluta que había llevado a millones a la muerte o a la gloria:

—Durante mil años, hemos limpiado este universo. Hemos derribado a quienes se creían dioses y hemos puesto orden donde solo había injusticia y miseria. Pero nuestro destino no termina aquí. ¡Lo que hemos conquistado no es más que el primer paso! Más allá de este umbral hay infinito. Hay mundos que ignoran nuestro nombre, seres que creen que el poder es de ellos, dioses que duermen confiados en su propia pequeñez. ¡Hoy cruzamos la línea! Hoy comenzamos la conquista de todo lo que existe. ¡Porque todo lo que está fuera, será nuestro! Y yo seré el dueño de la realidad entera.

Un rugido inmenso, un grito de guerra que estremeció el espacio, fue la respuesta de sus ejércitos.

El Conquistador levantó la mano, y con ese gesto simple, dio la orden definitiva.

—¡Avanzad!

En ese mismo instante, el gran anillo se activó. Una luz cegadora, de colores que ningún ojo había visto jamás, brotó de su interior. El aire, el vacío, la materia misma parecieron disolverse y formar un túnel brillante, un camino hacia lo desconocido.

Una a una, las naves comenzaron a cruzar. Y al frente, imponente, avanzó su gran nave madre, llevando al hombre que creía que nada ni nadie podría detenerlo.

El Conquistador sonreía, imaginando las nuevas victorias, las nuevas glorias, la historia infinita que estaba a punto de escribir.

Pero en el momento exacto en que su nave atravesó la luz del portal, todo cambió.

No hubo impacto.

No hubo ruido.

No hubo sensación de movimiento.

De repente, la inmensa nave, la flota entera, los motores, las armas, los millones de soldados… todo desapareció de su vista.

El Conquistador parpadeó.

Y cuando abrió los ojos, ya no estaba en su puente de mando.

Ya no estaba rodeado de pantallas ni de luces.

Ya no sentía el poder de su tecnología corriendo bajo sus pies.

Estaba de pie.

Solo.

En medio de un lugar que no entendía.

A su alrededor se extendían estantes infinitos, altos hasta perderse de vista, llenos de libros, millones y millones de tomos que parecían vigilarlo en silencio. El aire olía a papel antiguo y a tinta, pero también tenía una pesadez que le hizo sentir un escalofrío que no sentía desde hacía siglos.

—¿Qué es esto? —murmuró, confundido, llevándose la mano al costado donde antes llevaba sus armas, sus implantes, su poder tecnológico. Todo seguía ahí, pero de repente, le parecía ridículamente inútil.

Miró a su alrededor, buscando su flota, buscando su nave, buscando cualquier rastro de lo que debía haber sido un nuevo universo que conquistar. Pero no había nada más que estantes, libros, silencio… y una sensación de opresión absoluta.

Entonces, sus ojos se fijaron al frente.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 06.07.2026

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