El silencio volvió a apoderarse de la Biblioteca.
No era un silencio vacío, ni tranquilo. Era un silencio denso, antiguo y pesado, el tipo de silencio que solo existe donde han ocurrido cosas demasiado grandes para ser dichas.
Donde antes había reposado el tomo del Mundo 9, ahora solo quedaba una brecha oscura, un hueco perfecto entre los infinitos estantes de madera oscura que se perdían en la altura infinita.
Ni una página suelta.
Ni una letra olvidada.
Ni el eco de un recuerdo que flotara en el aire.
Nada.
Como si mil años de guerras, conquistas, dolor y ambición nunca hubieran sido escritos. Como si el Conquistador, su imperio y todo lo que creyó real hubieran sido solo un parpadeo que ni siquiera dejó huella en la memoria del tiempo.
Sentados cerca, inmóviles y sin atreverse a interrumpir, estaban el Lector, el que ya lo había visto todo; el Viejo, cuyas páginas estaban ya desgastadas por el paso de las eras; y el Nuevo, aquel libro de tapas azules brillantes que aún conservaba el olor a papel fresco. Todos ellos habían permanecido en absoluta quietud, escuchando cada palabra de la conversación que definía el destino de todo lo que existía.
Haruka permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquel vacío durante largo rato. Sus manos, normalmente firmes y serenas, estaban entrelazadas con fuerza frente a ella. Sabía lo que aquella ausencia significaba. Sabía que borrar una historia entera no era un acto de cólera, sino de indiferencia absoluta.
Luna, en cambio, ya tenía entre las manos aquel tomo recién llegado. Lo sostenía con la misma naturalidad con la que una niña toma un juguete nuevo. Pasó la primera página con suavidad, y el sonido del papel al rozar fue el único ruido que rompió la quietud, un sonido que resonó extrañamente fuerte en todo el salón.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si borrar una realidad entera no fuera más importante que cerrar un cuaderno que ya se había terminado de leer.
—Sigues haciéndolo —dijo Haruka.
Su voz fue baja, calmada, pero cargada de una reprobación antigua, de esa tristeza que solo ella podía permitirse sentir.
Luna no levantó la vista. Siguió leyendo, sus ojos recorrían las líneas con una atención relajada.
—¿Hacer qué? —respondió, sin apartar la mirada del texto.
—Fingir que no sabes de qué hablo.
Luna arqueó apenas una ceja, sin dejar de leer. Había en su rostro esa expresión inocente, casi infantil, que usaba cuando quería evadir algo, o cuando algo le parecía demasiado obvio como para tener que explicarlo.
Haruka suspiró. Un suspiro profundo, que pareció llevarse consigo el peso de todos los universos que alguna vez habían existido.
—Lo borraste.
No hubo respuesta. Solo el sonido de otra página pasando.
—Borraste un universo entero —repitió Haruka, esta vez con más firmeza, mirando fijamente a la espalda de la pequeña figura sentada al otro lado de la mesa.
Luna dejó el dedo sobre la línea que estaba leyendo. Levantó la cabeza lentamente. Sus ojos oscuros se posaron en Haruka. Ya no había juego en ellos.
—Sí —dijo simplemente. No había culpa, ni rabia, ni alegría. Solo una afirmación fría, tan natural como decir que el sol brilla.
—Y aun así... —continuó Haruka, dando un paso lento hacia adelante, desafiando esa quietud inmensa— ...aun así permites que otros crucen, que se mezclen, que rompan las fronteras entre historias una y otra vez. Les permites entrar y salir de sus libros como si fueran puertas abiertas. ¿Por qué a ellos sí y a él no?
Ahora sí.
Luna cerró el libro.
No lo golpeó, ni lo lanzó. Lo cerró con suavidad, juntando las tapas despacio, pero ese sonido seco y final fue como un trueno que recorrió cada pasillo, cada estante, cada rincón de aquel lugar infinito.
Se recostó en el respaldo de su silla de madera tallada y miró a Haruka. No parecía enfadada. Parecía profundamente cansada. Un cansancio que no era de un día, ni de un siglo, sino de algo que había estado ahí desde siempre, escuchando la misma pregunta una y otra vez.
—Otra vez esto —murmuró, desviando la mirada hacia la inmensidad de libros que los rodeaba.
—Sí —respondió Haruka, sin apartar sus ojos de ella—. Otra vez. Porque siempre pasa lo mismo, y tú siempre lo resuelves de la misma forma. Y necesito que me lo expliques. No como a tu guardiana... sino como a la única que te acompaña aquí.
Luna apoyó el mentón sobre una mano, sus dedos pequeños golpeando rítmicamente sobre la cubierta del libro azul. El aire a su alrededor cambió; se volvió más denso, más antiguo, como si la propia realidad contuviera la respiración.
—Porque no es lo mismo —dijo, con voz suave pero cortante como una hoja de acero.
—¿No?
—No. Cruzar no es el crimen, Haruka. La intención lo es todo.
Haruka guardó silencio. Esperó. Sabía que cuando Luna hablaba así, las palabras que salían de su boca eran la verdad absoluta, la ley que nada ni nadie podía cambiar.
Luna se levantó de la silla. Sus pasos eran ligeros, casi etéreos, mientras comenzaba a caminar lentamente entre los estantes interminables. La luz tenue de la biblioteca iluminaba su figura pequeña entre sombras que se alzaban hasta perderse en la oscuridad del techo.
—Dime algo, Haruka —dijo, deteniéndose frente a una hilera de tomos de piel desgastada.
—¿Qué?
—¿Qué era él? ¿El que se fue?
—Un conquistador —respondió Haruka, recordando la figura imponente, el hombre que había llegado creyéndose un dios.
—¿Y antes de conquistar?
Haruka tardó unos segundos en responder. Su mente viajó a través de las páginas que ella misma había leído.
—Un revolucionario. Un líder que luchó contra la opresión.
—¿Y antes de eso?
—...Un niño. Un niño que lo perdió todo.
Luna asintió lentamente, recorriendo con la yema de sus dedos los lomos de los libros, como si acariciara destinos enteros.