Luna: Escritura de Pesadilla

Mundo del Vacío, el lugar donde las historias errantes terminan

El silencio reinaba en cada rincón de la Biblioteca. No era un silencio vacío, sino denso, antiguo, cargado con el peso de incontables palabras, relatos y recuerdos acumulados durante eras. La luz tenue y dorada se filtraba desde lo alto, difundiéndose entre filas y filas de estantes que se perdían en la penumbra, tan altos que parecían tocar el infinito.

Solo un sonido rompía aquella quietud: un roce suave, continuo, casi imperceptible, como el deslizar de una cuerda de seda sobre madera pulida.

Entre los huecos que separaban un tomo de otro, avanzaba una pequeña serpiente de escamas negras. Su cuerpo parecía estar hecho de tinta líquida y viva, que absorbía la luz en lugar de reflejarla, dejando ver solo un brillo sutil en sus ojos, como dos puntos de carbón encendido. Se movía con una gracia absoluta, sin hacer el menor ruido, recorriendo aquellos espacios estrechos como si conociera cada recoveco desde mucho antes de que existieran los primeros libros.

Era Samla.

De pronto, se detuvo en seco. Su cabeza diminuta se inclinó ligeramente, como si estuviera escuchando algo que nadie más podía percibir.

Allí, entre las tapas duras de dos volúmenes antiguos, apareció una sombra pequeña y difusa. Un instante después, otra. Y luego varias más. No tenían forma definida: parecían estar hechas de letras desordenadas, fragmentos de frases, imágenes borrosas y recuerdos incompletos que flotaban en el aire oscuro. Al sentir la presencia de la serpiente, comenzaron a moverse con inquietud, deslizándose rápidamente por los huecos, intentando esconderse entre las rendijas de los estantes.

Pero Samla ya había reaccionado.

Su cuerpo se lanzó hacia adelante con una velocidad que parecía desafiar las leyes del espacio, deslizándose entre los libros como si no encontrara obstáculo alguno. Las sombras intentaron huir en todas direcciones, pero fue inútil: eran pequeñas, dispersas y sin rumbo, mientras ella conocía cada rincón. En cuestión de segundos, las alcanzó, las atrajo hacia sí y las devoró con una calma absoluta.

No hubo violencia, ni ruido, ni dolor. Simplemente, aquellas formas difusas se desvanecieron en su pequeña boca, como si volvieran al lugar que siempre les había correspondido.

Samla siguió su camino. Pasó de un estante al siguiente, subió por los lomos de los libros, bajó por los laterales, y cada cierto tiempo se detenía en silencio, atenta a cualquier movimiento o susurro apenas audible. Siempre encontraba nuevas historias que habían escapado de sus páginas, que se habían desprendido de su relato y vagaban perdidas en la oscuridad. Y siempre las recogía, una a una, antes de seguir avanzando.

Muy abajo, en uno de los amplios corredores de piedra pulida, el Lector observaba aquella escena con una mirada serena y atenta, pero sin pronunciar una sola palabra. A su cintura, colgando de cintas de cuero viejo, iban sus dos compañeros inseparables: a la izquierda, el Viejo, con las tapas desgastadas por el tiempo, las esquinas dobladas y el lomo marcado por mil lecturas; a la derecha, el Nuevo, con la cubierta todavía firme, las páginas limpias y un brillo más reciente en su tinta.

Los tres seguían con la vista el recorrido de la pequeña serpiente hasta que desapareció entre la penumbra de otra sección de estantes.

El Nuevo fue el primero en romper el silencio, con una voz que sonaba como el crujir de hojas recién impresas, llena de curiosidad:

—¿Qué está haciendo ahí arriba? Parece que busca algo que apenas se puede percibir.

El Viejo acomodó ligeramente su lomo, como quien se acomoda para contar algo que ha repetido mil veces, y respondió con un tono profundo y sosegado, cargado de sabiduría acumulada durante siglos:

—Recolectando historias perdidas.

—¿Historias perdidas? —repitió el Nuevo, inclinándose un poco hacia adelante con mayor interés—. ¿Es que pueden perderse?

—Toda historia tiene su lugar: dentro de un libro, entre sus páginas, unida al resto de palabras que le dan sentido y orden —explicó el Viejo con calma—. Pero a veces, por causas que ni nosotros siempre logramos comprender, algunas logran desprenderse. Se escapan de su propio relato y salen al exterior.

El Nuevo guardó silencio unos instantes, asimilando aquella idea, mientras el Lector seguía observando en silencio, atento a cada palabra.

—Entre un libro y otro —continuó el Viejo, señalando con una de sus páginas abiertas hacia los huecos oscuros que separaban los volúmenes— existe un espacio que llamamos el Vacío. No pertenece a ninguna historia, ni a ningún mundo, ni a ningún tiempo. Es solo el límite, el espacio en blanco que separa un relato del siguiente.

—¿Y cuando una historia sale de su libro... termina ahí? —preguntó el Nuevo.

—Exacto. Y mientras permanecen en ese lugar, siguen existiendo, aunque de forma incompleta, borrosa, sin orden ni principio ni final. Son como sueños que nadie recuerda, o frases que se quedan a medias. Pero no pueden mantenerse así para siempre.

—¿Hasta que alguien las encuentra?

—Así es —respondió el Viejo—. Y esa es la labor de Samla. Es la compañera y la guardiana de la señorita Luna. Recorre incansablemente cada rincón de la Biblioteca, cada hueco, cada rendija, buscando lo que se ha extraviado. Cuando lo encuentra, lo recoge y se lo lleva a ella, para que no se desvanezca en el olvido eterno.

El Nuevo se quedó en silencio unos momentos, reflexionando. Luego volvió a preguntar, con más suavidad:

—Pero... ¿de dónde salió ella? ¿Siempre ha estado aquí, esperando su propósito?

El Viejo abrió lentamente sus páginas, como si fuera a buscar la respuesta entre sus propias líneas y recuerdos antiguos.

Pero una voz dulce, clara y ligera como el sonido de hojas movidas por una brisa suave, llegó antes desde lo alto.

—No tengo ni idea.

Los tres levantaron la vista de inmediato.

Allí estaba Luna, sentada en lo alto de una escalera de madera vieja que se apoyaba contra los estantes. Balanceaba distraídamente las piernas en el aire, mientras sostenía un libro abierto sobre sus rodillas, con los dedos acariciando suavemente las páginas. Su expresión era tranquila, con una sonrisa natural y serena, como si llevara allí observándolos desde hacía rato.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 06.07.2026

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