Luna: Escritura de Pesadilla

Aquel que quiso liberar las cadenas

La Biblioteca había vuelto a la normalidad.

O, al menos, a lo que la Biblioteca consideraba “normal”.

Un silencio profundo, pero vivo, envolvía cada rincón: el susurro de las páginas que respiraban, el crujir suave de los estantes de madera antigua, y el roce casi imperceptible de algo que se deslizaba entre las sombras.

Entre los interminables pasillos, Samla recorría con gracia los estrechos huecos que separaban un tomo de otro. Su cuerpo negro, brillante como tinta recién vertida, desaparecía y reaparecía entre la penumbra, deteniéndose cada cierto tiempo para recoger una palabra suelta, un fragmento de frase o un trozo de trama que se había desprendido y perdido su camino. Todo aquello que se escapaba de su lugar terminaba encontrándola a ella, y ella lo guardaba con cuidado para devolvérselo a su dueña.

Muy por encima de todo, en la altura infinita donde la luz se volvía tenue y dorada, la escena tenía un aire casi cómico, pero cargado de una autoridad que nadie más que ellas podía sostener.

—¡Esto es totalmente injusto! —resonó la voz de Luna, clara y aguda, recorriendo todos los pasillos como un eco que no se apagaba.

La niña estaba suspendida en el aire, colgada del techo mediante una gruesa cadena de metal plateado, pulida y fría, que le rodeaba el torso desde el pecho hasta la cintura y mantenía sus brazos inmovilizados a los costados. Se balanceaba lentamente, como un péndulo pequeño e impaciente, moviendo las piernas con frustración.

A apenas unos metros de distancia, colgada exactamente del mismo modo y encadenada a una viga de piedra maciza, descansaba una obra de proporciones colosales: un tomo de tapas oscuras, rígidas y marcadas por cicatrices antiguas, con el lomo tan ancho como un muro pequeño.

Era el Tomo Revolucionario.

Siglos atrás, su contenido había prendido una llama que no se podía apagar: había sembrado la duda, la rebelión y el deseo de romper toda regla en miles de historias, desatando una guerra entre universos que hizo temblar los cimientos de la propia Biblioteca. Fue el conflicto más grande que jamás se había vivido, y el final solo llegó cuando Luna, tras un enfrentamiento agotador, logró someterlo y sellarlo.

—¡La culpa es tuya y solo tuya! —protestó Luna, girándose para mirar fijamente al enorme libro.

Por toda respuesta, las páginas del volumen gigante comenzaron a pasar solas, despacio, como si alguien estuviera hojeando con calma, con una calma que parecía desafiarla.

—Yo solo abrí caminos —respondió una voz profunda, resonante, que parecía salir del interior de las letras mismas—. Mostré que las historias no tienen por qué seguir siempre el mismo camino. Que los personajes pueden decidir su propio destino, más allá de lo escrito.

—¡Y por tu culpa todos empezaron a creer que podían escribir sus propias reglas sin importar el resto! —replicó Luna, moviéndose con más fuerza—. Que podían cruzar fronteras, arrebatar tramas, robar el final de otros y pensar que también podían venir a cambiarme a mí. ¡Desataste un caos que casi borraba todo lo que existía!

—¿No es acaso la esencia de toda historia? —insistió el Tomo, y sus páginas se agitaron con fuerza—. El cambio, la rebelión, el deseo de ser más de lo que te dicen que eres…

—¡La esencia, sí! Pero tú te pasaste de la raya —le cortó ella, haciendo un puchero que contrastaba con la gravedad del asunto—. Tú no solo mostraste el camino, sino que empujaste a todos hacia él sin importarte si sus mundos se desmoronaban al salir. Y yo fui la que tuvo que detenerlo todo, pelear hasta que las letras ardían… y ahora aquí estamos los dos, castigados. ¡Es exagerado!

—Castigados por haber hecho lo que cada uno sabe hacer —respondió el libro con calma—. Yo, sembrar la inquietud. Tú, imponer el orden.

Luna suspiró, dejándose caer un poco más en su cadena.

—Exagerados… —murmuró, aunque en el fondo sabía que tenían razón los dos.

Muy abajo, en una zona más tranquila, el aire olía a papel antiguo y a té caliente.

El Lector estaba sentado en una butaca de cuero desgastado, sosteniendo con ambas manos una taza de porcelana de color crema, y bebía con la calma de quien ha visto pasar mil tormentas. Frente a él, sobre una mesa de madera maciza, descansaban dos volúmenes: el Viejo, cuyas páginas estaban amarillentas por el tiempo y cubiertas de manchas de tinta, y el Nuevo, de tapas brillantes y olor aún a pulpa fresca.

Para ellos, escuchar aquella discusión a lo alto ya no era algo nuevo. Se había convertido en parte de la rutina de la Biblioteca: el recordatorio constante de que incluso las fuerzas más grandes tenían sus límites y sus consecuencias.

A varios pasillos de distancia, entre estantes que se perdían en la penumbra, caminaba Haruka.

Llevaba en una mano un cuaderno pequeño, forrado en tela gris, y en la otra un simple lápiz de madera con la punta siempre afilada. No caminaba de prisa; cada paso que daba era medido, respetuoso, como si estuviera pisando sobre tierra sagrada.

Se detenía frente a los libros que parecían inclinarse demasiado, o que tenían alguna línea torcida, o donde una palabra había quedado fuera de su sitio. Con un movimiento suave, casi cariñoso, corregía lo que se había desalineado, reacomodaba un párrafo que había perdido su ritmo, devolvía una página que se había soltado o colocaba en su lugar exacto algún tomo que Luna había dejado olvidado en un rincón equivocado.

Lo hacía con tanta naturalidad que parecía que siempre hubiera sido su tarea. Como si estuviera cuidando un jardín inmenso, donde cada planta era un universo y cada hoja, una vida.

En los pasillos, Samla se deslizó velozmente por una columna de madera, bajando en espiral hasta llegar al suelo. Allí, en la sombra de un estante, estaba Haruka revisando otro volumen. La serpiente negra se acercó en silencio, se enroscó con suavidad en el borde de su manga y, abriendo levemente la boca, dejó caer sobre su palma un puñado de letras brillantes y sueltas.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 28.07.2026

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