Luna: Escritura de Pesadilla

Aquel que quiso liberar las cadenas parte II

Haruka recorría lentamente los interminables estantes de la Biblioteca, deslizando la mirada sobre miles de lomos sin detenerse demasiado en ninguno. Llevaba varios minutos buscando, apartando con suma delicadeza algunos tomos, levantando otros para comprobar su título y devolviéndolos exactamente al mismo lugar del que los había tomado, sin dejar rastro de su paso.

Suspiró muy despacio.

—...Seguro volvió a esconderlos.

Levantó la vista hacia un estante que se perdía muy arriba, entre sombras y polvo acumulado durante siglos.

—Luna...

No esperaba ninguna respuesta. Conociéndola como la conocía, seguramente había repartido los tres tomos por rincones totalmente opuestos de la Biblioteca, simplemente para no tener que volver a encontrarse con ellos tan pronto.

No era porque aquella historia le pareciera aburrida. Todo lo contrario: era una de las más extraordinarias que jamás se habían escrito. Precisamente por eso le resultaba tan difícil de volver a tocar. Porque cada vez que la recordaba, también volvían a su mente las imágenes de cuántas historias desaparecieron, cuántos mundos se rompieron y cuántos personajes quedaron en la nada durante aquella época. Y tanto ella como Luna habían tardado incontables años en reparar aquel desastre, en volver a colocar cada palabra en su sitio y devolver el aliento a lo que aún podía ser salvado.

Siguió moviendo libros con paciencia, hasta que finalmente una cubierta oscura asomó apenas detrás de otros dos volúmenes de aspecto muy antiguo. Haruka dejó escapar una pequeña sonrisa tranquila.

—Aquí estabas.

Lo sacó lentamente, como si temiera que se deshiciera entre sus manos, y pasó la yema de los dedos por el lomo donde solo había una inscripción sencilla y sin adornos: Parte II.

Lo abrió con sumo cuidado. Las páginas comenzaron a pasar solas, despacio, como si el propio libro quisiera tomar aliento antes de volver a contar lo sucedido. Y entonces la voz de Haruka volvió a llenar el silencio:

El camino hacia la verdad

Después de incontables eras recorriendo universos enteros, cruzando fronteras que nadie más se atrevía a tocar, el ser nacido de las historias perdidas seguía llevando consigo una única pregunta que no le daba paz: ¿Quién era aquella presencia que incluso los dioses más antiguos evitaban nombrar?

Su primer impulso fue el más directo y sencillo: preguntar.

Visitó nuevamente los reinos divinos que ya conocía y muchos otros que jamás había visto antes. Se sentó a conversar con dioses que gobernaban el flujo del tiempo, con entidades que habían nacido mucho antes de que la primera estrella encendiera su luz, con guardianes que sostenían la estructura del espacio y con seres que habían visto nacer y morir civilizaciones sin fin.

Les habló con respeto, pero sin someterse: les contó de dónde venía, qué había visto y por qué buscaba esa respuesta.

Y todos, sin importar su poder o su sabiduría, terminaban diciendo lo mismo con palabras distintas:

—No sigas buscándola. No es algo que debas conocer.

Otros simplemente negaban con la cabeza, con una expresión de cansancio que no parecía pertenecer a seres eternos.

—Olvídalo. Sigue tu camino y agradece que no te hayas cruzado con ella.

Y los más antiguos de todos, aquellos cuyos nombres ya casi nadie recordaba, lo miraban con una mezcla de tristeza profunda y compasión infinita:

—Has vivido una eternidad tranquila, recogiendo lo que se pierde y dándole refugio. No la desperdicies buscando respuestas que jamás te traerán paz.

Aquellas advertencias nunca lograron calmar su curiosidad; al contrario, la hacían crecer más, como si el silencio de los poderosos fuera la mayor prueba de que algo muy grande se ocultaba tras todo aquello.

Así que decidió cambiar de método. Si los dioses no querían hablar, escucharía a quienes vivían bajo ellos.

Durante siglos enteros recorrió bibliotecas olvidadas en mundos que ya nadie visitaba, bajó a templos enterrados bajo montañas o bajo océanos, caminó entre ruinas donde solo sobrevivían fragmentos de leyendas que el tiempo había intentado borrar. Leyó inscripciones en muros de piedra, pergaminos que se deshacían al tocarlos y cantos que se transmitían de memoria de generación en generación.

Y poco a poco, palabra tras palabra, comenzó a reunir las piezas de un rompecabezas que parecía no tener forma ni sentido.

En algunos mundos antiguos, la llamaban El Todo, como si ella fuera el principio y el fin de todo lo que existe.

En otros, más cercanos al final de sus días, solo la conocían como El Fin, la fuerza que llegaba cuando todo debía detenerse.

Hubo civilizaciones que, con gran respeto y temor, la llamaron El Último Capítulo, la que decide si una historia termina o continúa.

Y en la Tierra, muchos siglos después, algunos confundieron su nombre con el Apocalipsis, creyendo que solo significaba destrucción y nada más.

Pero las leyendas más antiguas de todas —las escritas antes incluso de que muchos dioses fueran adorados o siquiera recordados— hablaban de ella de una forma muy distinta, llena de sentimientos que parecían imposibles de mezclar: odio, miedo y un respeto absoluto que nadie lograba explicar.

Decían que era la mayor tirana que había existido jamás.

La llamaban La Esclavista de Todos los Universos.

La existencia ante la que incluso los dioses más poderosos inclinaban la cabeza, no por amor ni devoción, sino porque eran incapaces de desafiarla.

Aquellas palabras quedaron grabadas con fuego en el corazón del viajero. No lograba comprenderlo. Si realmente existía alguien que mantenía sometidos a todos los mundos, que decidía el destino de todo sin que nadie pudiera decir nada... ¿por qué nadie hacía nada? ¿Por qué incluso las deidades que se decían eternas y todopoderosas aceptaban aquella situación sin oponerse? ¿Por qué preferían vivir bajo su voluntad antes que al menos intentar cambiar algo?



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 28.07.2026

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