Luna: Escritura de Pesadilla

Un nuevo mundo

La Biblioteca respiraba.

No era un lugar mudo ni inanimado: cada estante era una columna que sostenía mundos, cada hilera de libros era un río de relatos, y cada página que se movía sola era un suspiro de aquel inmenso ser vivo. Los lomos de los tomos brillaban débilmente en la penumbra; algunos latían suavemente al paso de quien los recorría. Cada libro era, en esencia, un universo entero guardado entre dos tapas. Y millones de ellos descansaban allí.

Entre sombras y polvo de eras, una pequeña figura avanzaba agachada, pisando tan suave que apenas se escuchaba el roce de sus zapatos sobre el suelo de madera. Luna asomaba apenas la cabeza por el borde de un estante inmenso, donde tomos de títulos imposibles se alineaban: Crónicas de las Estrellas Dormidas, El Río que Fluye Hacia Atrás, Siete Veces el Sol Nació en el Oeste, y muchos más cuyos nombres se desvanecían entre la luz tenue.

Nada se movía. Nadie la veía.

Se volvió a agachar, abrazándose las rodillas, y contuvo el aliento.

A su lado, el Lector permanecía de pie, inmóvil como una columna, sosteniendo con extremo cuidado un tomo de cubierta recién cosida, con las páginas aún tibias y el olor a tinta fresca flotando a su alrededor. A cada lado de su cintura, sujetos con firmeza, iban el Viejo y el Nuevo.

El Nuevo abrió sus páginas despacio, sin hacer ruido, y miró a Luna, luego al Lector, luego de nuevo a Luna. Finalmente susurró con voz apenas audible:

—¿Por qué huimos en silencio? Si ella es la más amable de todos…

El Viejo suspiró bajito, cerrando sus páginas como quien se prepara para algo inevitable.

—Porque cuando la señorita Haruka dice “vamos a arreglar esto”, no hay escondrijo que valga. Ni rincón lo bastante profundo. Ni historia lo bastante olvidada para protegerte.

El Nuevo parpadeó.

—¿Es tan temible?

—No es temible —respondió el Viejo con serenidad—. Es implacable. Y tiene razón. Siempre la tiene.

Ambos miraron a la niña, que seguía agachada frunciendo el ceño.

—No es mi culpa —murmuró ella, con un puchero que no convenció a nadie.

—¿De quién es entonces? —preguntó el Nuevo en voz baja.

Luna señaló hacia un pasillo oscuro, como si pudiera ver a través de los estantes.

—De los mortales. Dejaron que su historia… se les fuera de las manos. Y yo… solo la leí.

Antes de que pudiera añadir algo más, una voz suave y firme recorrió los pasillos, deslizándose entre los libros como una brisa:

—Señorita Luna… sé que está cerca.

Luna se quedó rígida. Hasta su respiración pareció detenerse.

El Viejo cerró los ojos.

—Ahí viene.

Los pasos sonaban despacio, firmes, acercándose sin prisa pero sin pausa.

—Y también sé que lleva consigo ese tomo —añadió Haruka, y su voz pareció rodearlos desde todos los lados a la vez—. Nadie más que usted podría haberlo tomado sin que la Biblioteca lo notara.

Luna abrazó el libro contra su pecho.

—Eso es hacer trampa —susurró indignada—. Sabe que yo escucho todo lo que dicen las historias.

—¡Entréguemelo, por favor! —pidió Haruka, ahora un poco más cerca—. Antes de que las cosas se compliquen.

Luna negó con la cabeza con terquedad.

—No. Quiero ver qué pasa.

El Nuevo abrió más sus páginas.

—¿Ver qué pasa? ¿Pero qué tiene ese libro?

Luna miró el lomo sin nombre del tomo que el Lector sostenía.

—Haruka dice que está roto. Que hay partes que no encajan, que hay mundos que se mezclaron donde no debían, que hay… tres principios distintos y un final que no le corresponde. Pero yo lo leí de principio a fin. Y me gustó.

—¿Y por eso huye? —preguntó el Nuevo al Viejo.

El Viejo asintió lentamente.

—Déjame explicarte algo que pocos libros llegan a comprender. La señorita Luna es la Historia. Todo lo que existe lo es porque ella lo pensó. Pero hace mucho tiempo decidió no escribirlo todo. Les dio libertad a sus creaciones. Dejó que también ellas escribieran.

El Nuevo escuchaba con atención.

—Entonces… una historia puede nacer dentro de otra historia —continuó el Viejo—. Puede crecer, cambiar, tomar caminos que nadie previó. Y si esa historia es lo bastante viva… lo bastante sincera… puede llamar la atención de quien todo lo lee.

—De Luna —susurró el Nuevo.

—De Luna. Y cuando ella decide que esa historia merece existir… la hace real. Le da un lugar propio. Un universo donde ser.

El Nuevo miró el tomo recién cosido.

—Entonces ese libro… no lo escribió ella.

—Ella solo lo leyó. Y le gustó tanto que decidió traerlo aquí.

En ese instante los pasos se detuvieron muy cerca.

—Señorita Luna… —dijo Haruka a pocos metros—. Sé que está detrás de ese estante de Leyendas de Tierras Invisibles.

Luna abrió los ojos de par en par.

—¡Eso sí que es trampa! —susurró—. ¡Conoce todos los títulos!

—¡Por favor salga! —pidió Haruka—. Esa historia está desgarrada por dentro. Tiene tres comienzos que se contradicen, leyes que no encajan, y un final que aún no está escrito. Si la hace real así… podría romperse.

Luna miró al Lector, miró el libro, y luego dijo en voz baja pero firme:

—No se va a romper. Solo… es diferente.

—¡Luna! —la voz de Haruka sonrió con ternura y resignación—. ¡No me obligue a contar hasta tres!

Luna dio un salto y se agarró del brazo del Lector.

—¡Corre!

El Lector se puso en marcha al instante. Se alejaron en silencio, sorteando estantes donde los tomos se apartaban suavemente para dejarles paso. Atrás quedó la voz de Haruka llamándola entre risas contenidas, mientras Luna avanzaba sin soltar el libro, decidida a proteger aquella historia que había conquistado su corazón.

El Nuevo miró hacia atrás mientras se alejaban, luego miró el tomo que latía suavemente entre los brazos del Lector. Y comprendió, por primera vez, que en aquella Biblioteca infinita… las historias más extraordinarias no eran las escritas por la propia Historia. Eran aquellas que nacían solas, entre líneas olvidadas, y que conseguían llamar la atención de quien todo lo ve… simplemente porque eran vivas.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 17.08.2026

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