Luna: Escritura de Pesadilla

Historia 16: Una vida tras otra

La Biblioteca permanecía en un silencio tan profundo que casi podía palparse. Los estantes se elevaban como montañas de papel y cuero, perdiéndose en una penumbra suave donde las luces parpadeaban como estrellas lejanas. Se extendían hasta donde la vista podía alcanzar, cargados de libros que contenían no solo historias, sino recuerdos, universos enteros, vidas que florecieron, amaron, lucharon… y que, de una forma u otra, llegaron a su final.

Entre todos aquellos volúmenes, ordenados con esmero en hileras que parecían no tener fin, había un sector apartado. Nadie lo había señalado con cartel. No hacía falta. Se sentía en el aire: un ligero descenso de la temperatura, un cambio en el olor —más viejo, más pesado—, como si el propio tiempo se moviera más lento allí.

Eran libros oscuros. Sus cubiertas, de tonos negros, grises y marrones apagados, apenas reflejaban la luz. Guardaban historias que nadie elegiría protagonizar. Y, sin embargo, alguien estaba a punto de abrir uno.

—Bueno, bueno, bueno…

Una vocecita rompió la quietud, ágil y juguetona.

Luna apareció sentada sobre el borde de uno de los estantes más altos, balanceando las piernas mientras observaba directamente al lector, como si pudiera verlo desde allí.

—Sé exactamente lo que están pensando ahora mismo —dijo, señalando hacia arriba con el dedo índice—. Sí, sí, ustedes. No se hagan los desentendidos. Con solo leer el título de lo que viene a continuación, ya se imaginan de qué va esto.

Sonrió, una sonrisa brillante y sin malicia aparente.

—Y seguramente también estarán quejándose en silencio: «¿Otra vez un condenado? ¿En serio? Con una Biblioteca llena de mundos fantásticos, reinos por descubrir, amores que cruzan el tiempo… ¿esta niña va a seguir mostrándonos a pobres almas sufriendo castigos eternos?».

Luna apretó los labios e imitó una voz aguda de indignación exagerada:

—«¡Pero, Luna! ¡Cuéntanos algo bonito! ¡Una aventura! ¡Algo donde todo salga bien al final!».

Se quedó callada un instante. Luego encogió de hombros con suavidad.

—Porque ver un universo entero es algo muy distinto —dijo, bajando el tono—. Piénsenlo. Cuando les muestro un mundo, ven muchas vidas. Se cruzan, se ayudan, se hieren, cambian el rumbo de todo… y al final forman parte de algo mucho más grande que ellas. Es hermoso. Pero…

Se puso de pie y comenzó a caminar con paso ligero por el borde del estante, sin mirar hacia abajo.

—¿Qué pasa cuando dejamos de mirar todo ese conjunto y nos concentramos en una sola persona? —se detuvo frente a una hilera de libros oscuros—. Una vida. Un camino. Un corazón que late, que siente, que cae.

Tomó un volumen pequeño, de cubierta deslucida, y lo sostuvo entre sus manos.

—Eso es diferente —susurró—. Es mucho más cercano. Mucho más real.

Lo abrió apenas. Las páginas permanecieron en blanco, como si esperaran ser escritas en ese preciso instante. Luna lo cerró con suavidad.

—Y mucho más interesante.

Dejó el libro en su lugar y volvió a mirar al lector, con los ojos brillando en la penumbra.

—Además, hay algo que quiero preguntarles. Algo que llevo tiempo pensando.

Se llevó una mano al mentón, fingiendo profunda reflexión.

—¿Qué preferirían ustedes? Vivir en uno de esos universos… tener amigos, soñar, viajar, enamorarse, ¿construir una vida propia… o terminar en uno de mis estantes especiales?

Su sonrisa se volvió dulce, pero con un filo que helaba el aire.

—Ya saben cuáles —señaló con la mano los libros que la rodeaban. Detrás de ella, varios parecieron estremecerse levemente—. Esos donde guardo a los condenados. Los que reciben castigos diseñados solo para ellos. Medidos con exactitud. Perseguidos durante años, siglos… eternidades.

Luna se señaló el pecho con orgullo infantil.

—Y no cualquiera los diseña. Soy yo. Pienso en lo que más les duele, en lo que temen, en lo que no pueden soportar… y lo construyo pieza por pieza.

Abrió los brazos como presentando un regalo magnífico.

—¿No es maravilloso? —se llevó las manos a las mejillas y puso una expresión angelical—. Todo hecho con mucho cariño.

Probablemente el lector habría querido responder. Pero Luna levantó un dedo rápidamente.

—Ah, y hay algo más. Algo que descubrí hace poco y que me encanta.

Se inclinó hacia adelante, como contando un secreto.

—¿Saben qué es lo que más disfruto de estas historias? Las emociones. La alegría es bonita, claro. El amor, la esperanza… todas tienen su encanto. Pero las otras… —se relamió levemente los labios—. El miedo. La impotencia. La sensación de que no hay salida… Esas tienen un sabor mucho más intenso. Más vivo.

Soltó una risita suave.

—Y como yo soy quien sostiene la pluma… no tengo que preocuparme por si todo termina bien o no. Puedo quedarme con esos sentimientos el tiempo que quiera.

—Si sigues hablando así, pensarán que eres una niña caprichosa.

La voz fue tranquila, suave, pero recorrió el pasillo entero. Luna giró la cabeza de inmediato.

Haruka caminaba por el pasillo de abajo, con un libro cerrado entre las manos, el paso lento y firme. Sus gafas de aviador descansaban sobre su cabello, y su mirada, aunque serena, la observaba con cierta severidad.

—¡Eso ya lo saben todos! —respondió Luna, cruzando los brazos—. No necesito que tú se los digas.

—¿Ah, sí? —Haruka se detuvo y ladeó la cabeza.

—¡Pues claro! —Luna se inclinó más sobre el borde—. Si no fuera por eso, estarían leyendo cuentos felices. Estarían soñando con mundos perfectos. Y no estarían aquí. Conmigo.

Haruka la miró en silencio unos segundos. Luego suspiró.

—Entiendo. Entonces, ¿cuál vas a elegir esta vez?

Luna sonrió de oreja a oreja.

—¡Esa es la pregunta que estaba esperando!

Saltó hacia abajo y una escalera de madera apareció justo a su lado, como si la hubiera estado esperando. La niña la descendió de un salto y aterrizó en el pasillo con los ojos encendidos.



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En el texto hay: terror, fantasia oscura, cósmico

Editado: 28.09.2026

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