Luna llena

Geología del adiós

El tiempo no borra, no,

solo desdibuja.

Pasa su dedo lento

sobre el mapa del pecho,

borra los contornos

de aquella ciudad quemada.

Lo que fue un río en llamas

hoy es un surco tenue,

arena fina que se va

con el primer viento.

La lluvia,

artesana paciente,

trabaja sobre el rostro.

Cada gota un latido

que disuelve la sal,

que alisa la grieta,

que deshace el rastro

del dolor grabado

a cuchillo en la mejilla.

Lava, no para olvidar,

sino para dejar la losa lisa,

lista para la escritura

del próximo amanecer.

Y el corazón,

viejo animal sabio,

aprende el oficio del caracol:

se repliega,

sella con nácar suave

el filo de la herida.

No es un muro,

es un descanso.

Es la semilla que se cierra

bajo la tierra fría

para guardar su pulso verde.

Así,

cuando la última huella

se confunda con el polvo,

y la última lágrima

sea solo humedad en el aire,

las puertas del alma,

celebrando su larga cura,

se abrirán de par en par

no como un grito,

sino como ese silencio amplio

que deja la tormenta al irse:

limpio, hueco, infinito,

lleno solo de luz

y del espacio necesario

para que el nuevo amor,

descalzo y delicado,

pise sin miedo

y eche raíces en la tierra

recién lavada.



#10470 en Otros

En el texto hay: amor aventura magia

Editado: 19.01.2026

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