El tiempo no borra, no,
solo desdibuja.
Pasa su dedo lento
sobre el mapa del pecho,
borra los contornos
de aquella ciudad quemada.
Lo que fue un río en llamas
hoy es un surco tenue,
arena fina que se va
con el primer viento.
La lluvia,
artesana paciente,
trabaja sobre el rostro.
Cada gota un latido
que disuelve la sal,
que alisa la grieta,
que deshace el rastro
del dolor grabado
a cuchillo en la mejilla.
Lava, no para olvidar,
sino para dejar la losa lisa,
lista para la escritura
del próximo amanecer.
Y el corazón,
viejo animal sabio,
aprende el oficio del caracol:
se repliega,
sella con nácar suave
el filo de la herida.
No es un muro,
es un descanso.
Es la semilla que se cierra
bajo la tierra fría
para guardar su pulso verde.
Así,
cuando la última huella
se confunda con el polvo,
y la última lágrima
sea solo humedad en el aire,
las puertas del alma,
celebrando su larga cura,
se abrirán de par en par
no como un grito,
sino como ese silencio amplio
que deja la tormenta al irse:
limpio, hueco, infinito,
lleno solo de luz
y del espacio necesario
para que el nuevo amor,
descalzo y delicado,
pise sin miedo
y eche raíces en la tierra
recién lavada.