Capítulo I- La caída del Norte
El Gran Claro de la Manada del Norte estaba cubierto por una nieve intacta.
Demasiado intacta.
Como si incluso el viento temiera alterar el juicio que estaba a punto de ocurrir.
La Luna Negra se alzaba sobre los pinos helados. Los guerreros formaban un círculo perfecto alrededor de la asamblea. Sus capas grises se confundían con la tormenta que aún no comenzaba.
En el centro, de rodillas sobre la nieve, estaba Arven —padre de Kaela, consejero respetado, guerrero leal durante tres décadas.
Y frente a él, Darek.
El Beta.
El hombre que alguna vez compartió mesa con ellos.
La espada ceremonial descansaba en sus manos.
—Tu padre ha conspirado contra el Alfa Supremo —declaró Darek, su voz proyectándose como un golpe seco en el silencio—. Debe pagar con su sangre.
Un murmullo helado recorrió la asamblea.
Kaela sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
¡No! Esto no puede pasar… no puedo permitirlo.
Pero era solo una adolescente.
No era Alfa.
No era una guerrera consagrada.
Era hija.
Y eso no tenía peso en el Gran Claro.
—Presenten pruebas —exigió Arven, firme, aun arrodillado—. Jamás he traicionado a mi manada.
Darek sostuvo su mirada. No había odio en ella.
Había cálculo.
—Las pruebas han sido entregadas al Alfa Supremo. La sentencia ya fue dictada.
No habría combate.
No habría defensa.
Solo política.
Solo poder.
Kaela dio un paso adelante, pero dos guerreros la detuvieron.
—¡Es mentira! —gritó—. ¡Mi padre siempre sirvió al Norte!
El Alfa Supremo no estaba presente, pero su voluntad pesaba sobre todos como una segunda gravedad.
Darek levantó la espada.
La nieve comenzó a caer.
Lenta.
Silenciosa.
Como si el cielo no quisiera mirar.
El acero descendió.
Y con él, el apellido de Kaela fue manchado para siempre.
Horas después, la sentencia se extendió.
No solo muerte.
Destierro.
—La sangre del traidor no permanecerá en territorio del Norte —anunció Darek ante la manada reunida—. Kaela, hija de Arven, quedas expulsada. Si regresas, serás cazada.
La multitud no protestó.
El miedo era más fuerte que la memoria.
Kaela no lloró.
Se arrodilló, tomó un puñado de nieve teñida de rojo y la cerró en su puño.
—Juro por esta sangre —susurró— que descubriré la verdad. Y cuando lo haga… el Norte recordará quién fue el verdadero traidor.
Nadie escuchó el juramento.
Pero la Luna Negra sí.
Y el Norte acababa de perder algo más que a un consejero.
Había creado a su futura amenaza.