Capítulo II
Exilio y primeras alianzas
El Bosque del Este no pertenecía a nadie.
Era territorio de niebla, raíces expuestas y lobos que ya no tenían manada.
Kaela caminó durante días sin rumbo claro. Hambre, frío y rabia eran ahora sus únicas compañías.
Hasta que los encontró.
O ellos la encontraron a ella.
Tres figuras emergieron entre los árboles: un exguerrero marcado por cicatrices, una sanadora expulsada por “herejía ritual” y un joven cazador acusado de cobardía.
Marginados.
Desechados.
—La hija del traidor —murmuró el guerrero.
—La desterrada —corrigió Kaela.
No pidió refugio.
Ofreció propósito.
—No soy la única a la que el Alfa Supremo ha aplastado —dijo—. No somos débiles. Somos incómodos.
El silencio se rompió cuando un cuerno resonó a lo lejos.
Patrullas de Kael’Thar.
La élite ejecutora del Alfa Supremo.
Bajo la Luna Creciente, cinco guerreros avanzaban rastreando huellas en la nieve.
—Te están cazando —dijo la sanadora.
Kaela no retrocedió.
—Entonces aprenderán a temer lo que cazan.
Fue su primer combate.
No elegante.
No heroico.
Brutal.
Kaela no era la más fuerte, pero era la más decidida. Utilizó el terreno, las raíces ocultas, la pendiente del bosque. Separó al grupo enemigo, atacó en movimiento.
El joven cazador derribó a uno.
El exguerrero sostuvo a otro el tiempo suficiente.
Cuando todo terminó, tres patrulleros yacían en la nieve.
Dos escaparon.
No fue una victoria absoluta.
Pero fue suficiente.
Los marginados la miraron distinto.
Ya no como hija de traidor.
Sino como líder.
—Si vamos a sobrevivir —dijo el exguerrero—, necesitamos algo más que rabia.
Kaela observó la Luna Creciente.
—No solo vamos a sobrevivir.
Vamos a cambiar las reglas.
Y así nació la primera chispa de su nueva manada.