Capítulo III
El Pulso Lunar
Las respuestas no estaban en espadas.
Estaban en historias prohibidas.
En ruinas cubiertas por musgo.
En rituales que la Manada del Norte había dejado de practicar hacía generaciones.
Guiada por la sanadora, Kaela descubrió textos antiguos grabados en piedra dentro de una caverna olvidada.
Allí leyó sobre el Pulso Lunar.
Una corriente de energía que fluía entre la luna y las manadas.
Un vínculo ancestral.
Y un secreto.
El Alfa Supremo no solo gobernaba por miedo.
Había aprendido a manipular el Pulso.
Durante la Luna Negra, concentraba su energía mediante rituales que amplificaban su autoridad. Las manadas no solo obedecían por tradición.
Eran influenciadas.
Sutilmente.
Místicamente.
—Controla la luna… y controlas a los lobos —susurró la sanadora.
Kaela cerró los ojos.
Sintió el latido.
Débil.
Lejano.
Pero presente.
No bastaba con derrotarlo en combate.
Necesitaba tres fuerzas:
Poder físico — una manada entrenada y leal.
Poder político — alianzas entre los descontentos.
Poder místico — romper el dominio sobre el Pulso Lunar.
Por primera vez desde el Gran Claro, Kaela no sintió dolor.
Sintió dirección.
—No derribaré al Alfa Supremo como guerrera —dijo con voz firme—.
Lo haré como algo que él no puede controlar.
La Luna comenzó a cambiar.
Y con ella, el equilibrio del mundo.