Capítulo V
El Primer Desafío
La convocatoria se extendió en secreto.
No al Gran Claro.
Sino al Valle de Ceniza.
Territorio neutral.
Kaela no llamó a todas las manadas.
Solo a las que habían sufrido castigos silenciosos: líderes destituidos, herederos desplazados, guerreros humillados por cuestionar órdenes.
Acudieron pocos.
Pero suficientes.
Entre ellos estaba alguien inesperado.
Aren.
Capitán de Kael’Thar.
El mismo cuerpo de élite que la había cazado en el Bosque del Este.
Alto. Preciso. Observador.
—No vengo a arrodillarme —dijo.
—No lo esperaba —respondió Kaela.
Aren no era un traidor.
Era un creyente.
Pero había visto grietas.
—Si lo que dices del Pulso es cierto —continuó él—, el Alfa Supremo no gobierna por derecho… sino por manipulación.
Kaela lo miró fijamente.
—Ayúdame a demostrarlo.
El plan no era atacar.
Era exponer.
Durante la próxima Luna Negra, el Alfa realizaría el ritual de amplificación.
Kaela interrumpiría el flujo.
No con fuerza bruta.
Sino alterando el círculo rúnico ancestral descrito en las cavernas.
Si el Pulso se desestabilizaba frente a todas las manadas…
El mito caería.
Y con él, la obediencia ciega.
—Si fallas —dijo Aren—, te ejecutarán frente a todos.
—Si no lo intento —respondió Kaela—, seguirán encadenados.
Aren sostuvo su mirada.
Luego inclinó levemente la cabeza.
No en sumisión.
En reconocimiento.
La rebelión ya no era un susurro.
Era estrategia.
Físico.
Político.
Místico.
Kaela había dejado de ser la hija del traidor.
Se estaba convirtiendo en algo más peligroso.
Una alternativa.
Y el Alfa Supremo aún no entendía que el mayor error de su reinado no fue ejecutar a Arven.
Fue dejar viva a su hija.