Capítulo VI
La Noche del Ritual
La Luna Negra regresó como una herida abierta en el cielo.
No era solo ausencia de luz.
Era presión.
Las manadas comenzaron a llegar al Gran Claro desde el anochecer. Antorchas alineadas marcaban el perímetro sagrado, y el aire estaba impregnado con el aroma metálico del incienso lunar, utilizado únicamente en ceremonias de supremacía.
Kaela observaba desde el bosque, oculta entre pinos cubiertos de escarcha.
Su respiración era lenta.
Controlada.
Pero su pulso no.
Lo sentía.
El Pulso Lunar vibraba bajo la tierra como un corazón enterrado demasiado profundo.
—Está más fuerte que la última vez —susurró la sanadora.
—Porque ahora sé lo que estoy sintiendo —respondió Kaela.
A su alrededor, su pequeña coalición aguardaba en posiciones previamente acordadas. No eran un ejército. Eran una grieta.
Aren permanecía a su lado, con el uniforme oscuro de Kael’Thar cubierto por una capa gris para evitar reconocimiento inmediato.
—Si cruzas el círculo sin preparación, te consumirá —advirtió él.
—No vengo a cruzarlo —dijo Kaela—. Vengo a romperlo.
En el centro del Gran Claro, el Alfa Supremo se alzó sobre la Roca del Juramento.
Su presencia imponía más que respeto.
Imponía quietud.
La capa ceremonial, tejida con símbolos arcanos, absorbía la luz de las antorchas. A su alrededor, doce sacerdotes lunares trazaban el círculo rúnico sobre la nieve con polvo de obsidiana molida.
Cada símbolo representaba dominio.
Obediencia.
Unidad forzada.
Darek estaba allí.
Más pálido que el invierno.
Cuando sus ojos recorrieron la asamblea, se detuvieron un segundo más en el bosque.
Sabía.
No sabía cómo.
Pero sabía.
El ritual comenzó con un cántico bajo, casi imperceptible. Las runas comenzaron a brillar con un tono azul oscuro.
El Pulso descendió.
Kaela lo sintió como un golpe en el pecho.
A su alrededor, las manadas bajaron la cabeza casi al unísono.
No era reverencia consciente.
Era influencia.
El Alfa Supremo alzó las manos.
—Bajo la Luna Negra, renuevo mi dominio sobre la sangre que me juró lealtad.
La vibración aumentó.
Kaela dio el primer paso.
Aren la sujetó del brazo.
—Una vez que entres, no habrá regreso.
Ella lo miró.
—Ya crucé el punto sin retorno el día que ejecutaron a mi padre.
Se desprendió y descendió hacia el claro.
Nadie la notó al principio.
La energía concentrada hacía que el mundo se sintiera distante, amortiguado.
Kaela avanzó hasta el límite del círculo rúnico.
La nieve dentro del perímetro no estaba fría.
Estaba tibia.
Viva.
Se arrodilló.
Apoyó la palma en el suelo.
Cerró los ojos.
No intentó luchar contra el Pulso.
Lo escuchó.
Era ritmo.
Frecuencia.
No obedecía al Alfa.
Estaba siendo canalizado.
Desviado.
Como un río forzado a atravesar un único cauce.
—No eres suyo —susurró.
Y entonces cambió una runa.
No la borró.
No la destruyó.
La invirtió.
Un trazo mínimo.
Suficiente.
El efecto fue inmediato.
El círculo se desestabilizó.
La vibración se volvió irregular.
Las manadas levantaron la cabeza confundidas.
El Alfa Supremo abrió los ojos bruscamente.
—¿Qué…?
Las runas comenzaron a parpadear.
Azul.
Negro.
Azul.
Negro.
Kaela se levantó dentro del círculo.
Ahora todos la veían.
Un murmullo recorrió la asamblea.
—La desterrada…
—La hija del traidor…
El Alfa descendió de la roca.
La energía a su alrededor era densa.
—Has cometido un error —dijo con voz que parecía multiplicarse en el aire.
Kaela sostuvo su mirada.
—No. Tú lo cometiste hace años.
El Pulso volvió a latir.
Pero ya no fluía hacia él con la misma intensidad.
Parte de la energía se dispersaba.
Libre.
Las manadas comenzaron a sentirlo.
La opresión disminuía.
El hechizo no era absoluto.
El Alfa extendió la mano hacia ella y la presión regresó con violencia. Kaela cayó de rodillas, jadeando.
La energía la atravesaba como fuego helado.
Desde el perímetro, Aren dio un paso adelante, pero Darek lo detuvo.
—Si intervienes ahora, será guerra inmediata —susurró el Beta.
—Ya lo es.
En el centro, Kaela luchaba por mantenerse consciente.
No podía superar al Alfa en fuerza bruta.
Aún no.
Pero no era necesario.
—¡Mírenlo! —gritó, aun de rodillas—. ¡Sientan la diferencia!
Algunas manadas retrocedieron.
Otras comenzaron a susurrar.
La influencia no desaparecía por completo.
Pero ya no era perfecta.
La grieta era visible.
El Alfa apretó el puño.
La energía estalló.
El círculo rúnico se fragmentó, lanzando una onda que apagó todas las antorchas del claro.
Oscuridad total.
Cuando la luz regresó —solo la tenue claridad de la Luna Negra— Kaela ya no estaba en el centro.
Aren la había sacado en el último segundo.
El ritual estaba incompleto.
El dominio no se renovó en su totalidad.
Y todas las manadas lo sabían.
El Alfa permaneció inmóvil en la roca.
Por primera vez en décadas…
No parecía invencible.
En el bosque, Kaela respiraba con dificultad.
La sanadora presionaba sus manos contra su pecho para estabilizar el flujo interno.
—Casi te consume —murmuró.
Kaela abrió los ojos.
Sonrió débilmente.
—Pero no lo hizo.
Aren la observaba con algo más que respeto ahora.
Había presenciado el mito agrietarse.
—Hoy no lo derrotaste —dijo él.
—No era el objetivo.
—¿Entonces cuál era?