Capítulo VII
La Cacería Real
El amanecer no trajo luz.
Trajo decreto.
Antes de que el sol tocara las cumbres heladas, los cuernos de guerra resonaron desde el Gran Claro. No fue un llamado ceremonial. Fue una sentencia expandiéndose por el territorio como un incendio invisible.
La rebelión tenía nombre.
Y ese nombre era Kaela.
El Alfa Supremo no gritó.
No necesitó hacerlo.
Reunió a los líderes de manada en la Roca del Juramento, bajo un cielo aún gris por los restos de la Luna Negra.
—Lo ocurrido anoche fue un atentado contra el orden natural —dijo con voz serena, demasiado serena—. Una alteración del Pulso Lunar es equivalente a una declaración de guerra.
Nadie lo contradijo.
Pero nadie bajó la cabeza tan rápido como antes.
La diferencia era mínima.
Imperceptible para un observador común.
No para él.
—La hija del traidor ha demostrado que la corrupción es hereditaria —continuó—. Se decreta Cacería Real. Quien la entregue viva será recompensado. Quien la ayude será considerado enemigo del trono.
Darek sintió el peso de cada palabra como una piedra sobre el pecho.
El Alfa lo miró.
Un segundo más de lo necesario.
—Y esta vez, Beta del Norte, no habrá errores.
En el Bosque del Este, el aire era distinto.
Más alerta.
Los pájaros levantaban vuelo sin motivo aparente. Los animales menores se ocultaban.
La tierra sabía cuando se acercaba sangre.
Kaela estaba sentada junto al arroyo helado, observando cómo el agua encontraba caminos incluso entre el hielo. Su respiración aún no era completamente estable desde el ritual. Había algo en su interior que se había movido. No roto.
Movido.
Aren se acercó sin hacer ruido.
—Ya comenzó —dijo.
Ella no preguntó cómo lo sabía.
Lo sentía.
—¿Cuántos?
—Todos.
Eso sí la hizo levantar la mirada.
—¿Incluso el Norte?
Aren dudó un instante.
—El decreto fue claro.
El silencio entre ellos no fue incómodo.
Fue denso.
—Entonces ya no soy una grieta —murmuró Kaela—. Soy una amenaza formal.
—Siempre lo fuiste.
Sus miradas se sostuvieron más de lo prudente.
Había algo creciendo allí. Algo que ninguno nombraba porque nombrarlo lo volvería vulnerable.
Y vulnerabilidad era un lujo que la guerra no concedía.
La primera emboscada ocurrió antes del anochecer.
No eran patrullas de Kael’Thar.
Eran jóvenes guerreros de la Manada del Oeste.
Inseguros.
Con más obediencia que convicción.
Kaela los vio antes de que atacaran.
—No los maten si no es necesario —ordenó.
El combate fue rápido, pero no cruel.
Aren desarmó al primero con precisión quirúrgica. El exguerrero del Bosque del Este derribó a otro con el mango de su lanza.
Kaela enfrentó al tercero.
Un muchacho no mayor que ella.
Sus manos temblaban.
—No quiero hacer esto —dijo él.
Ella tampoco.
Pero el mundo no preguntaba deseos.
Interceptó su espada, giró sobre el talón y lo derribó sin herirlo gravemente.
—Vuelve a tu manada —le dijo, presionando la hoja contra su garganta el tiempo suficiente para que entendiera—. Y diles que no busco su sangre.
—¿Entonces qué buscas?
Kaela sostuvo su mirada.
—Libertad.
Lo dejó ir.
Aren la observó con expresión ilegible.
—Eso puede costarte.
—También puede salvarnos.
Esa noche, reunidos alrededor de un fuego bajo, la tensión era distinta.
No eran solo exiliados ahora.
Eran el núcleo de una insurgencia.
—La Cacería Real nos obliga a movernos —dijo el exguerrero—. Si seguimos reaccionando, nos extinguirán por desgaste.
Kaela escuchaba.
Pensaba.
No podía vencer fuerza con fuerza.
El Alfa tenía número.
Territorio.
Tradición.
Ella tenía algo más frágil.
Pero más poderoso.
Narrativa.
—No nos esconderemos —dijo al fin.
Todos levantaron la mirada.
—Nos dejaremos ver.
El silencio fue inmediato.
—Eso es suicidio —murmuró la sanadora.
—No —respondió Kaela—. Es mensaje.
Se puso de pie.
La luz del fuego delineaba su perfil con una firmeza que ya no era adolescente.
—El Alfa quiere pintarme como sombra. Como corrupción. Como enfermedad. Si huyo, confirmo su historia.
Aren comprendió antes que los demás.
—Quieres convertirte en símbolo.
—No —corrigió ella suavemente—. Quiero recordarles que pueden elegir.
La diferencia era sutil.
Pero enorme.
En el Gran Claro, el Alfa Supremo permanecía solo.
No parecía furioso.
Parecía calculador.
El ritual incompleto había dejado un eco inestable en el Pulso Lunar. Lo sentía como interferencia.
Como si otra frecuencia estuviera aprendiendo a responder.
—No entiendes lo que estás despertando —murmuró hacia la oscuridad.
Porque él también conocía las antiguas historias.
Sabía que el Pulso no elegía gobernantes.
Elegía equilibrio.
Y el equilibrio siempre exigía sacrificio.
La Cacería Real no era solo para capturarla.
Era para forzarla.
Empujarla.
Obligarla a cruzar un límite del que no pudiera regresar.
Porque si Kaela aprendía a sincronizarse con el Pulso sin necesidad de dominarlo…
Entonces el trono no solo sería cuestionado.
Sería innecesario.
En el bosque, Kaela levantó la mirada hacia el cielo sin luna.
—No soy tu enemiga —susurró al Pulso—. Pero no seré tu instrumento.
El viento respondió.
No con violencia.
Con reconocimiento.
Aren se colocó a su lado.
—Cuando todo esto termine —dijo en voz baja—, ¿quién serás?
Kaela no respondió de inmediato.
Pensó en la niña del Gran Claro.