Luna Negra

Capítulo VIII El Precio del Pulso

Capítulo VIII

El Precio del Pulso

La nieve había dejado de ser blanca.
Ahora llevaba la marca del miedo y la determinación: huellas profundas, líneas de sangre seca, pequeñas manchas de ceniza de los rituales interrumpidos.

Kaela estaba sola en la caverna del Bosque del Este. La sanadora le había preparado un espacio seguro: un círculo de runas antiguas grabadas en piedra, cubierto por polvo de obsidiana y cristales de luna. Allí podía canalizar el Pulso Lunar sin interferencias externas.

Pero cada intento le recordaba la verdad que había ignorado hasta ahora: el Pulso cobraba precio.

Una primera chispa recorrió sus venas, y con ella, un dolor profundo. No físico. No completamente. Era como si alguien arrancara parte de su memoria, dejando vacíos que dolían en el alma. Cada movimiento que hacía, cada intento de amplificar la energía, le robaba un pedazo de sí misma: recuerdos de su infancia, la risa de su padre, la calidez de la nieve en la mano de Aren.

—¿Ves ahora por qué nadie lo usa a su antojo? —susurró la sanadora desde la sombra.
Kaela cerró los ojos.

—No es poder… es un intercambio —respondió con voz temblorosa—. Cada vez que lo toco, me siento… menos humana.

—Y más necesaria —replicó la sanadora—. Si no aprendes a controlarlo, el Alfa Supremo se asegurará de que mueras antes de ver los resultados.

Kaela respiró hondo. Su mente repitió el juramento que había hecho frente a la Luna Negra: descubrir la verdad y exponerla.

Era un juramento teñido de sangre, de odio y de esperanza. Ahora sabía que cada uso del Pulso lo haría más pesado. Que cada victoria vendría con pérdida.

Cuando finalmente canalizó la energía por primera vez sin perder el control, sintió un vértigo que la hizo caer de rodillas.
La caverna tembló. La luz de los cristales de luna osciló. En la superficie de las piedras, reflejada en el pulso azul oscuro, vio imágenes del Gran Claro: Darek, el Alfa Supremo, la multitud de manadas observando la ruptura del ritual.

No era un poder que se dominaba con fuerza. Era un espejo que mostraba la verdad de quienes lo usaban.

Kaela comprendió algo crucial: si usaba el Pulso para vencer al Alfa Supremo, no solo sería su fuerza, sino su identidad la que pagaría el precio. Cada manipulación de la energía lunar borraría un fragmento de lo que la hacía Kaela. Cada victoria tendría un costo humano tangible.

—¿Estoy lista para eso? —murmuró, sin responderse a sí misma.

En ese momento, Aren entró en la caverna, silencioso como siempre. Sus ojos la evaluaron, no con juicio, sino con una mezcla de miedo y respeto.

—El Alfa ha movilizado patrullas del Norte y del Oeste. No solo quieren capturarte. Quieren demostrar que cualquier uso del Pulso será castigado con muerte inmediata.

Kaela se levantó, apoyando las manos sobre la piedra fría. Sus dedos tocaron la runa central, la que aún brillaba con restos de la energía lunar.

—Entonces la guerra ya no será solo física —dijo, con voz firme—. Será una batalla de voluntad, estrategia y miedo.
Aren asintió lentamente. —Y cada movimiento que hagas con el Pulso puede dejarte sin ti misma.

Kaela lo miró, y por un instante, la adolescente que había llorado frente al Gran Claro volvió. Pero la reemplazó algo más: la mujer que juraba que la obediencia ciega terminaría.

—No puedo permitir que el Alfa controle más manadas —susurró—. Si debo perder partes de mí para despertar a otros, lo haré.

El aire de la caverna se cargó de electricidad. Las runas comenzaron a vibrar bajo sus manos, y Kaela sintió el Pulso fluir como un río entre sus venas. Dolor y poder se mezclaron. Una lágrima de sangre surcó su mejilla.

—Esto no es magia. —dijo la sanadora con voz baja—. Esto es sacrificio.

—Entonces empezaré a pagar —respondió Kaela, mirando al horizonte donde el Gran Claro se perdía en la neblina—. Pero no será suficiente. Nunca lo será… hasta que todos puedan ver la verdad.

Y mientras la Luna Negra ascendía silenciosa sobre los bosques del Este, Kaela entendió que el camino que había elegido no era solo de venganza.
Era de transformación.
Y cada paso la alejaba de lo que había sido, acercándola a lo que tendría que ser: un líder, un símbolo… y quizás algo más que humana.




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