Grace la miró por un largo momento, luego asintió con una determinación creciente. La chispa de la supervivencia había regresado a sus ojos.
—Lo haré. Lo juro. Te ayudaré, Vanessa. Pase lo que pase.
Vanessa la guio a través de los pasillos subterráneos, susurrando instrucciones sobre cómo evitar las cámaras y el personal de seguridad exterior, cómo llegar al perímetro más alejado del jardín y escapar sin ser vista. Con la oscuridad de la noche aún cubriendo gran parte de la finca, Grace se escabulló por una puerta de servicio trasera, su figura frágil desapareciendo entre las sombras y la densa vegetación. Vanessa observó hasta que ya no pudo verla, una oración silenciosa elevándose en su corazón. Un pequeño acto de rebelión se había encendido en el oscuro imperio de Holler.
🦋
Emma se había pasado la mañana con el teléfono pegado a la oreja. La voz de Gael en el buzón de voz, siempre la misma, se había grabado en su mente, un eco irritante y aterrador. No respondía. No devolvía las llamadas. No estaba en su apartamento. El frío presentimiento que había comenzado como un cosquilleo en la nuca, ahora era una masa helada que le oprimía el pecho. Gael era su ancla, su alegría, y su silencio era un abismo.
—Esto no es normal —murmuró para sí misma, con la voz temblorosa. Se negaba a aceptar la pasividad. Su instinto le gritaba que algo iba mal, que Gael estaba en peligro.
Con una determinación feroz, Emma se puso una chaqueta y salió de su pequeño alquiler en un barrio tranquilo de Londres. No sabía exactamente a dónde ir, ni a quién preguntar. Su mente, sin embargo, estaba fija en una idea: encontrarlo. Había que haber una explicación, una razón. Quizás una emergencia familiar, un viaje imprevisto... pero su corazón le decía que no era así.
Caminó sin rumbo fijo por varias calles, observando a la gente, cada rostro un extraño. El sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y violetas. Las farolas empezaron a encenderse, proyectando largas sombras que danzaban con cada ráfaga de viento. Emma se adentró en un pequeño parque arbolado, buscando un atajo hacia una zona más concurrida, esperando ver algo, cualquier cosa, que le diera una pista.
De repente, una figura en la distancia llamó su atención. De pie bajo la sombra de un viejo roble, al borde de la penumbra, había un hombre. Su silueta era alta y corpulenta, envuelta en una gabardina oscura y ancha, y su rostro estaba completamente oculto bajo la profunda sombra de una capucha. Permanecía inmóvil, observando.
Emma sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío. La quietud del hombre era antinatural, su presencia, un peso palpable en el aire. No se movía, pero sus ojos, invisibles en la oscuridad de la capucha, parecían clavados en ella. La piel se le erizó. Era una sensación que había experimentado antes, pero nunca con tal intensidad: la de ser una presa.
Aceleró el paso, intentando disimular su miedo, pero su corazón latía con fuerza contra sus costillas. Miró por encima del hombro. El hombre seguía allí, una estatua de oscuridad, pero ahora le pareció que estaba más cerca, que la distancia entre ellos se había acortado. No había ruido de pasos, solo esa presencia opresiva.
Una punzada de pánico la atravesó. No era una imaginación. La estaban siguiendo. La figura encapuchada era una amenaza silenciosa, un depredador que se había manifestado de la nada. Emma comenzó a correr, sus botas resonando en el sendero del parque, el aliento entrecortado. El presentimiento se había materializado en una sombra tangible, y la oscuridad del parque se cerraba a su alrededor, una trampa de silencio y un miedo inminente...