El viento frío cortaba el rostro de Emma mientras corría, el pulso latiéndole furiosamente en las sienes. El encapuchado, una silueta ominosa, se había transformado de una presencia inquietante a una amenaza real. Sus pasos resonaban en el sendero del parque, intentando ganar distancia, pero la figura parecía deslizarse sin esfuerzo, manteniéndose a una distancia constante. Los árboles se volvían borrones oscuros a su alrededor, las luces de la ciudad lejanas, promesas de seguridad que se alejaban con cada bocanada de aire helado.
El pánico la impulsaba, pero su mente, a pesar del terror, buscaba una salida. Vio un estrecho callejón entre dos edificios antiguos, una oscuridad más densa que la del parque, pero que prometía una posibilidad de desorientar a su perseguidor. Se lanzó hacia él sin pensarlo dos veces, el eco de sus propios pasos ahogándose en la estrechez. La oscuridad era casi total, solo interrumpida por débiles halos de luz de ventanas lejanas. Se pegó a la pared, conteniendo la respiración, escuchando. Nada. Solo el retumbar de su propio corazón.
Esperó un minuto interminable, los músculos tensos, el miedo frío recorriéndole la espalda. Luego, con cautela, se asomó al final del callejón. La calle estaba vacía. El hombre encapuchado había desaparecido tan misteriosamente como había aparecido. Un temblor incontrolable recorrió su cuerpo. Estaba a salvo, por ahora, pero la experiencia la había dejado marcada.
Sacó su teléfono con manos temblorosas. Necesitaba ayuda, y la única persona que le vino a la mente, Anthony McBeen. Era un tiro en la oscuridad, pero la desesperación era un mal consejero. Marcó el número le había dado una vez, en una conversación casual.
Anthony McBeen respondió en el segundo tono, su voz teñida de la excitación de un evento social.
—¿Elanor?
—Señor McBeen—dijo Emma, intentando sonar tranquila, aunque su voz temblaba ligeramente—. Necesito hablar con usted. Es urgente, acabo de ser... perseguida.
Un silencio se extendió al otro lado de la línea, la excitación inicial de Anthony desapareciendo.
—¿Perseguida? Señorita... , ¿dice? ¿Qué ocurre exactamente? Mi tiempo es limitado.
—No puedo explicarlo por teléfono —insistió Emma, su voz más firme ahora, una súplica desesperada—. Por favor, necesito verle. Sé que algo terrible está pasando. Tengo un mal presentimiento.
Anthony suspiró, un sonido de impaciencia.
—no sé qué tiene que ver esto conmigo. Mis contactos son... profesionales.
—¡Dios! —replicó Emma, el miedo transformándose en ira—. Por favor, señor McBeen, solo necesito cinco minutos.
Otro silencio. Esta vez más largo. Anthony pareció sopesar algo.
—De acuerdo. Cinco minutos. Hay un pequeño café en el centro, cerca de la Galería Saatchi. 'The Pavement Espresso'. Estaré allí en media hora. Y más le vale tener algo convincente que decir.
Emma colgó, una pequeña chispa de esperanza encendiéndose en el oscuro lienzo de su pánico. Al menos, tenía una dirección. Una posible aliada.
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El Palacio de Ronaldo, una fortaleza de cristal y acero en el corazón financiero de Londres, se convirtió en un infierno.
La sala, con sus vistas panorámicas de la ciudad nocturna, fue el escenario de una batalla brutal. Alistair, con su fría eficiencia, había subestimado la astucia de Hugo. Mientras los hombres de Ronaldo lo llevaban hacia una silla para atarlo, Hugo, con un movimiento rápido y coordinado, usó su peso para desequilibrar a uno, girando y golpeando al segundo en la mandíbula con un codo inesperado. Alistair, previendo el problema, ya estaba en movimiento, pero Hugo era una ráfaga de furia.
Se lanzó contra Alistair, una ráfaga de golpes bien colocados, un reflejo de años de entrenamiento clandestino. Alistair era hábil, sí, pero Hugo luchaba por su vida, por Gael, por Vanessa. En medio de la refriega, sus ojos escanearon el entorno, buscando cualquier cosa que pudiera ser un arma, una salida. Vio un panel de control electrónico en la pared, probablemente para la seguridad o la iluminación.
Uno de los matones logró sujetarlo por la espalda, pero Hugo, con un rugido, se liberó, su mano chocando contra el panel. Los cables chispearon, luces de advertencia parpadearon. Ronaldo, que acababa de entrar a la sala, observando con una sonrisa perversa, vio cómo la situación se salía de control.
—¡Idiotas! ¡Controladlo! —gritó Ronaldo, su voz perforando el caos.
Pero Hugo ya tenía un plan. Recordó un comentario de Gael sobre las sofisticadas, y a veces volátiles, instalaciones de Ronaldo. Mientras luchaba, logró arrancar un par de cables del panel dañado. Los unió con un giro experto, creando un cortocircuito. Una chispa. Luego otra. El olor a ozono llenó el aire.
—¡Salid de aquí! —gritó Hugo, mientras lanzaba el improvisado detonador hacia un depósito cercano que sabía que contenía material inflamable, un pequeño bar con un tanque de propano para encendedores.
El estallido fue ensordecedor. Una explosión primaria que arrancó el techo de la sala, seguida por una reacción en cadena de cristal que se hizo añicos, muebles que volaron en pedazos y el fuego que comenzó a lamer las paredes. El palacio de Ronaldo, símbolo de su poder, se estaba convirtiendo en una bola de fuego.
En medio del pandemonio, Hugo, maltrecho pero vivo, aprovechó la confusión. Se lanzó hacia un agujero abierto en la pared, el viento silbando alrededor de él, y se agarró a los andamios de mantenimiento que había visto antes, una ruta de escape improbable pero necesaria. El fuego rugía detrás de él, el humo asfixiante. Con cada músculo dolorido, comenzó a descender, el caos y la destrucción del palacio de Ronaldo marcando su sangrienta huida.
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El olor a metal y la humedad se mezclaban en la nariz de Gael, un constante recordatorio de su prisión. Encadenado a la silla, su cuerpo dolía con una intensidad sorda y constante. Tomás Holler estaba frente a él, un estudio en la crueldad contenida. Ronaldo había dejado la "negociación" en manos de su socio, sabiendo que el método de Holler era más insidioso.