Luna Roja

Capitulo 68

Una sonrisa lenta y despiadada apareció en los labios de Tomás.

—Vanessa. Mi prometida. Está exactamente donde debe estar. Esperando nuestra boda. Inconsciente de las pequeñas... actividades que realizamos para mantener nuestro imperio. Y si tú no cooperas, si Hugo no deja de interferir, esa ignorancia podría terminar de una manera muy desagradable para ella. Y para ti, por supuesto.

Tomás retrocedió, su mirada fija en Gael.

—No seas un héroe estúpido, Gael. Piensa en Hugo. Si yo sé dónde está, dónde va, qué hará, puedo detenerlo antes de que cause más problemas. Y si lo detengo, no tendré que... aplicar medidas más drásticas. Medidas que no quiero que veas. Pero que estoy dispuesto a usar.

Gael cerró los ojos, la imagen de Hugo y Vanessa parpadeando en su mente. Dolía. Cada fibra de su cuerpo gritaba por rendirse, por acabar con el sufrimiento. Pero si hablaba, los condenaría. Si se mantenía en silencio, tal vez les daría tiempo.

—No sé de qué hablas —murmuró Gael, su voz apenas un suspiro—. Hugo... él solo... él no es parte de nada de esto.

Tomás rio, un sonido seco y sin humor.

—Oh, Gael. Tu lealtad es admirable. Y patética. No te preocupes. Tengo formas de hacer que los hombres hablen. Y prometo que, cuando termines, desearás no haber nacido.

Y con eso, Tomás hizo un gesto a uno de sus guardias, que se acercó con una mirada fría en sus ojos, sosteniendo un pequeño maletín de cuero. El nuevo infierno de Gael estaba a punto de comenzar.

🦋

La mansión Holler recuperaba lentamente su silencio, un silencio pesado y falso. Magda se removió en el sofá, un quejido escapando de sus labios. La luz del sol de la tarde se filtraba por las ventanas, proyectando largas sombras que parecían distorsionarse. Su cabeza le martilleaba, y un velo de confusión le cubría la mente. Intentó levantarse, pero un mareo la obligó a caer de nuevo.

—¿Estás bien, Magda? —La voz de Vanessa, tranquila y preocupada, llegó a sus oídos.

Magda parpadeó, enfocando la figura de Vanessa de pie junto a ella, una taza de té vacía y volcada en el suelo, la mancha extendiéndose por la alfombra. Un recuerdo, difuso y borroso, comenzó a formarse: el té que Vanessa le había servido. El dulce sabor. El repentino mareo.

—¿Qué... qué pasó? —preguntó Magda, su voz ronca. Intentó tocarse la sien, pero un dolor agudo le impidió levantar el brazo.

Vanessa se arrodilló, su expresión de preocupación perfectamente ensayada.

—Te desmayaste, Magda. Justo después de tomar el té. Me asustaste mucho. Te he estado vigilando.

Pero la mentira no convenció a Magda. El velo de la confusión se rasgó, dejando al descubierto una verdad cruda. La taza de té. La forma en que Vanessa la había mirado. Las llaves. Llevó su mano a su cadera, donde siempre guardaba el manojo de llaves, y no lo encontró.

Sus ojos, ahora fríos y llenos de una furia lenta, se fijaron en Vanessa.

—Las llaves —dijo Magda, su voz apenas un susurro venenoso—. ¿Dónde están mis llaves?

Vanessa se levantó, manteniendo una distancia prudente.

—¿Las llaves, Magda? No lo sé. Quizás se cayeron cuando te desmayaste. Las buscaré.

—¡No! —Magda se incorporó con un esfuerzo, su rostro pálido y contorsionado por la ira y la humillación—. ¡Tú! ¡Tú me hiciste esto! ¡Tú pusiste algo en mi té! ¡Me engañaste, zorra!

El insulto fue un latigazo en el aire, pero Vanessa no parpadeó. Su rostro permaneció impasible.

—Magda, por favor. Estás delirando. Necesitas descansar. Debes tener fiebre.

—¡No me trates como una estúpida! —gritó Magda, intentando levantarse de nuevo, sus ojos inyectados en sangre—. ¡Lo sé! ¡Sé que lo hiciste! ¡Y sé por qué! ¡Por Grace! ¿Verdad? ¡Fuiste a la mazmorra! ¡La liberaste!

La mención de Grace y la mazmorra fue un golpe para Vanessa, pero no dejó que se reflejara en su rostro. Mantuvo su máscara impenetrable.

—No sé de qué hablas, Magda. ¿Grace?. ¿Quien es Grace? Y la mazmorra es un mito, una leyenda de esta vieja casa. Estás confundida.

Magda la observó, su respiración agitada. Sabía que Vanessa mentía. Lo sentía en cada fibra de su ser. La confianza, ya erosionada, se había desmoronado por completo. La guerra entre ellas, una guerra silenciosa y sutil, había estallado.

—Tomás lo sabrá —siseó Magda, una amenaza velada en su voz—. Tomás sabrá que intentaste hacerme daño. Y no le gustará que te hayas metido en sus asuntos. No le gustará en absoluto.

Vanessa dio un paso atrás, su mirada no se doblegó. Una parte de ella sentía un escalofrío ante la venganza de Magda, pero otra, más fuerte, sentía una fría satisfacción. Había dado un paso, había actuado, y había liberado a Grace. El juego había cambiado.

—Tú misma se lo dirás a Tomás, Magda —respondió Vanessa, su voz baja y cargada de una nueva autoridad—. Si es que decides hablar. Y si te cree. Pero te advierto: estoy cansada de tus juegos. Y de los suyos. El tiempo de la sumisión ha terminado...



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 10.01.2026

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