En el lúgubre motel de baja categoría, donde el olor a humedad y cigarrillo viejo se había impregnado en las paredes, Hugo se movía como una sombra. Su ropa, aún marcada por la ceniza y los rasguños de su huida del palacio de Ronaldo, estaba tirada en una silla. La pequeña habitación, con sus cortinas raídas y su televisor estático, era su refugio temporal. La paranoia era su compañera constante. Cada sonido de la calle, cada crujido del edificio, lo ponía en alerta.
Había escapado de Ronaldo, pero sabía que Tomás Holler no tardaría en movilizar todos sus recursos. Necesitaba un plan, aliados. Necesitaba contactar a Emma, saber si Gael estaba bien, pero temía que sus comunicaciones fueran rastreadas.
De repente, su teléfono vibró en la mesita de noche. Un número desconocido, pero que de alguna manera le resultaba familiar. Un breve escalofrío. ¿Una trampa? Dudó un instante, la respiración contenida, antes de desbloquearlo.
El mensaje era de "Anthony McBeen".
"Hugo, soy yo, Anthony. Tenemos un problema. Necesito verte. Urgente. Ven al parque de los Tilos, detrás de la Biblioteca Pública, en una hora. No falles. Hay algo grande. No me llames."
Hugo leyó y releyó el mensaje. ¿Anthony McBeen? Era arriesgado. Pero la urgencia en el mensaje era palpable. No me llames.
Entonces, un segundo mensaje llegó, casi instantáneamente. Este era de un número distinto, también desconocido.
"Soy Emma. Me he puesto en contacto desde el teléfono de Anthony. Él... no puede hablar. Necesito verte. Es urgente. Lo que sea que esté pasando, se ha vuelto mucho peor. Por favor, ven. No vayas a la dirección de Anthony. Nos vemos en el parque."
Un suspiro de alivio, profundo y tembloroso, escapó de los labios de Hugo. Emma. Ella lo había encontrado. Había reconocido su nombre y, de alguna manera, se había adelantado a sus movimientos. "Él... no puede hablar." Esas palabras se clavaron en él como cuchillos. Algo le había pasado a McBeen. Algo terrible.
La mente de Hugo, siempre ágil, comenzó a procesar. Emma. Una mujer inteligente y leal. El mensaje, tan directo y desesperado, no era una trampa. Era una súplica, una llamada a la unión. Necesitaban unirse. La verdad estaba ahí, y era más peligrosa de lo que jamás imaginaron.
Con un nuevo sentido de propósito, Hugo se levantó. El tiempo era esencial. Tenía una cita.
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A solo un día de la gran boda, la mansión Holler era un hervidero de preparativos febriles, pero para Vanessa, cada segundo era un tic de un reloj apocalíptico. La fachada de la "futura novia" se desmoronaba bajo el peso de su desesperación. La llamada con Emma, aunque breve, había solidificado sus miedos más profundos. Gael y Hugo estaban en peligro. Y ella, Vanessa, estaba atrapada en el nido de la víbora.
El plan de encerrar a Magda era solo una pequeña victoria temporal. Tomás Holler era como una hidra; cortabas una cabeza, y dos más crecían. Su misión ahora era encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera usar contra él. Una palanca. Algo que lo expusiera.
Con el pretexto de "familiarizarse" con la casa antes de la boda, Vanessa se aventuró al estudio privado de Tomás. La habitación era un santuario de poder y opulencia: muebles de caoba oscura, estanterías repletas de volúmenes caros y encuadernados en cuero, y un enorme escritorio de ébano que dominaba el espacio. Pero más allá del lujo, había una frialdad inherente, una ausencia de calor humano que le helaba la sangre...