Vanessa comenzó su búsqueda. No fue una exploración delicada, sino una inspección frenética. Abría cajones, deslizando sus dedos por documentos aparentemente inofensivos: contratos de propiedades, estados de cuenta bancarios, correspondencia de negocios. Revisó detrás de los cuadros, debajo de las alfombras, incluso palpó los paneles de madera de las paredes, buscando un compartimento secreto, una caja fuerte oculta, una unidad USB olvidada.
El tiempo se agotaba. Sentía que cada minuto la acercaba más al precipicio. Su corazón latía con fuerza mientras su mirada recorría los títulos de los libros, los objetos de arte que adornaban la habitación. ¿Dónde guardaría un hombre tan astuto y paranoico sus verdaderos secretos?
Pero la habitación no cedió nada. Era impecable, una fortaleza impenetrable. Cada documento parecía inofensivo, cada cajón vacío de cualquier cosa comprometedor. Tomás Holler no era un principiante. Era un maestro en ocultar sus huellas. La frustración y la desesperación se apoderaron de Vanessa. El tic-tac del reloj en la pared se sentía como un martillo golpeando su sien.
Con un suspiro de derrota, Vanessa se retiró del estudio, la sensación de impotencia más pesada que nunca. El matrimonio se acercaba, y ella seguía sin tener nada. Nada para salvarse. Nada para salvar a Hugo o Gael.
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Ronaldo, en su suite de hotel temporal—un lujo considerable, pero que no mitigaba la furia por la pérdida de su palacio—, estaba furioso. La rabia, sin embargo, se había mezclado con un temor helado. La llamada de Tomás Holler había sido brutal, cortante, y llena de una amenaza apenas velada.
"Has fallado, Ronaldo. Y sabes lo que ocurre a los que me fallan," había siseado Tomás, su voz gélida. "El chico ha escapado, tu gente ha muerto, y tu propiedad ha ardido. Te costará. Y te costará mucho. No te atrevas a cruzarte de nuevo."
Ronaldo había apretado los dientes, la humillación quemándole. Siempre había operado con una arrogancia calculada, creyéndose intocable. Pero la frialdad en la voz de Tomás, la total falta de empatía, le hizo darse cuenta de una verdad aterradora: era prescindible. Para Tomás Holler, él era solo una herramienta, un peón en un juego mucho más grande. Su sociedad, antes tan sólida, ahora pendía de un hilo, del delgado hilo de la paciencia de Holler.
La rabia de Ronaldo se transformó en un frío deseo de supervivencia. No iba a ser un chivo expiatorio. No iba a ser un daño colateral. Si Tomás Holler pensaba que podía deshacerse de él como si nada, estaba muy equivocado.
Se sirvió un vaso de whisky, el hielo tintineando en el cristal. Sus ojos, generalmente brillantes de ambición, ahora destilaban una astuta precaución. Tenía que jugar a la ofensiva. Tenía que encontrar algo.
Agarró su teléfono, ya no para llamar a sus hombres o a sus contactos habituales. En cambio, activó un programa de investigación discreto, una red de ciberseguridad que usaba para sus negocios más turbios. Si Tomás Holler tenía secretos, él los encontraría. No por justicia, no por venganza, sino por pura supervivencia.
Ronaldo comenzó a teclear. Nombres, fechas, ubicaciones. Su mente fría y calculadora se puso a trabajar, buscando anomalías, conexiones ocultas. Tomás Holler era un fantasma, una leyenda en los bajos fondos, pero hasta los fantasmas tienen un pasado, tienen puntos débiles. Y Ronaldo estaba decidido a encontrarlos, antes de que el fantasma de Holler se lo llevara a él. La caza había comenzado...