El parque de los Tilos estaba envuelto en la penumbra de la tarde, las copas de los árboles susurrando secretos al viento londinense. Emma, envuelta en su abrigo, se sentó en un banco de piedra frío, el corazón martillándole el pecho. Cada sombra le parecía un peligro, cada crujido de hojas, un paso amenazante. Su mente aún reproducía la imagen de Anthony McBeen, el carmesí oscuro en su camisa, los ojos vidriosos. La llamada de Vanessa, un eco desesperado en su oído. Gael... ¿dónde estaba Gael?
Un movimiento furtivo la hizo sobresaltarse. Un hombre alto y delgado, con el rostro cubierto parcialmente por la capucha de su chaqueta y una gorra de béisbol, se acercó cautelosamente. Sus ojos, profundos y preocupados, la encontraron.
—¿Emma? —la voz de Hugo era ronca, tensa.
Emma se levantó de un salto, una oleada de alivio mezclada con el dolor. Era Hugo. Estaba vivo. Corrió hacia él, y en un impulso, lo abrazó fuertemente, sintiendo la delgadez de su cuerpo bajo la ropa, la tensión en sus músculos.
—¡Hugo! —su voz se quebró—. ¡Dios mío, Hugo, pensé que... pensé que algo te había pasado!
Hugo la sostuvo con la misma fuerza desesperada, su barbilla apoyada en su hombro. El olor a miedo y desesperación que desprendía Emma era palpable. Él también había temido lo peor. Había sido un infierno desde que escapó del palacio de Ronaldo.
—Estoy bien, Emma. Estoy aquí —murmuró, la voz cargada de una emoción apenas contenida. Se separaron lentamente, sus ojos fijos el uno en el otro. El rostro de Hugo estaba ojeroso, su mandíbula tensa.
—¿Qué ha pasado? El mensaje... ¿Anthony McBeen? —preguntó a Emma.
Emma asintió, las palabras saliendo a trompicones. —Lo encontré. Muerto. Lo mataron, Hugo. Dos disparos en el pecho. Su apartamento... estaba destrozado. Fui allí porque Vanessa me llamó. Me contactó desde la mansión de Holler. Está atrapada. Dijo que Tomás es un monstruo. Que tiene a otros. Y luego encontré el teléfono de McBeen. Te contacté desde ahí.
Hugo escuchó, su expresión se endurecía con cada palabra. La muerte de McBeen, un aliado potencial. La confirmación de Vanessa, prisionera de Holler. Y Gael...
—¿Gael? ¿Sabes algo de Gael? —la voz de Hugo era un hilo de ansiedad, la preocupación por su amigo pesaba sobre él como una losa.
Emma negó con la cabeza, las lágrimas brotando finalmente. —No. No tengo noticias. Le he llamado, le he enviado mensajes. Nada. Tengo un presentimiento horrible, Hugo. Lo siento.
Se sentaron de nuevo en el banco, la conversación fluyendo en ráfagas de angustia y fragmentos de información. Emma le contó todo lo que sabía, desde la implicación de Vanessa en la boda hasta el oscuro presentimiento sobre Holler. Hugo le relató su propia odisea, su encuentro con Ronaldo, la trampa de Holler, la quema del palacio.
—Necesitamos entrar a esa mansión —dijo Hugo, su voz firme a pesar del cansancio—. Si Vanessa está allí, y Holler se va a casar con ella... la boda es el único momento en que habrá suficiente caos para intentarlo.
Emma miró al cielo nocturno, un lienzo salpicado de estrellas indiferentes. —Pero, ¿cómo? ¿Cómo nos infiltramos? Tomás Holler es un demonio, Hugo. Y la policía no puede ayudar.
—Tendremos que encontrar una manera —respondió Hugo, la determinación brillando en sus ojos agotados—. No podemos dejarlos solos. Ni a Vanessa, ni a Gael. No hay otra opción. La boda es mañana. Tenemos poco tiempo...