La figura de Ronaldo apenas se había desvanecido por el umbral del gran salón cuando Vanessa rompió la inercia, el eco de sus palabras resonando en su mente: "Su madre está viva". La revelación la había golpeado con la fuerza de un rayo, abriendo una grieta en la impenetrable fachada de Tomás Holler. Esta era la palanca que había estado buscando. Una oportunidad.
Con el corazón martillándole furiosamente contra las costillas, Vanessa corrió escaleras arriba hacia su habitación, la adrenalina impulsándola. Sus manos temblaban mientras buscaba la llave de su pequeña caja fuerte oculta en la pared detrás de un cuadro. Era la misma caja donde había guardado el teléfono de Magda, robado discretamente durante la breve ventana en la que la anciana había estado bajo "arresto domiciliario", un movimiento precavido que ahora parecía providencial.
Abrió la caja, sus dedos se aferraron al frío metal del teléfono. No había tiempo para dudas. Necesitaba contactar a Emma, transmitirle lo que Ronaldo había revelado, advertirle de los peligros que se cernían sobre ellos. Era una información demasiado volátil para guardarla un segundo más. Marcó el número que había memorizado en un arrebato de desesperación.
El teléfono sonó una vez. Dos. El latido de su corazón se aceleró, la esperanza se encendía como una pequeña llama en la oscuridad. El sonido de la conexión, el zumbido de la línea, era una melodía dulce. Estaba a punto de contestar...
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió sin previo aviso. Magda apareció en el umbral, su rostro arrugado en una mueca de desprecio, sus ojos fríos y calculadores. En su mano, un duplicado de la llave maestra que abría todas las puertas de la mansión. Había estado observando a Vanessa, esperando el momento de actuar.
Vanessa se congeló, el teléfono pegado a su oído, el leve sonido de la conexión interrumpiéndose en el momento exacto en que Magda habló, su voz gélida.
—Así que esto es lo que haces a mis espaldas, ¿futura señora Holler? ¿Jugar con mi teléfono? ¿Contactar a los enemigos de mi amo?
Magda se abalanzó sobre ella con una agilidad sorprendente para su edad. Vanessa, tomada por sorpresa, intentó retroceder, pero Magda ya le había arrebatado el teléfono de la mano. Lo miró un instante, el ceño fruncido, antes de estamparlo contra el suelo con una furia desatada. El aparato se hizo añicos, la pantalla destellando un último y agónico brillo antes de apagarse para siempre.
Vanessa sintió un escalofrío helado, no solo por la pérdida del teléfono, sino por la mirada en los ojos de Magda.
—¡Estás loca! —exclamó Vanessa, la voz temblorosa de rabia y desesperación—. ¡Esto es una locura!
Magda se irguió, su pequeño cuerpo irradiando una autoridad implacable. —No, niña estúpida. Locura es subestimar a tu enemigo. Locura es pensar que puedes jugar con los intereses de Tomás Holler y salir ilesa. Has jugado tu última carta. Y ahora, tienes una enemiga. Una enemiga que te observa en cada sombra, que escucha cada susurro. Un paso en falso más, y te arrepentirás de haber nacido.
El mensaje era claro. Cualquier esperanza de comunicación externa, de pedir ayuda, se había desvanecido en un instante. Vanessa estaba más sola que nunca, atrapada en la jaula dorada de Tomás Holler, con Magda como su carcelera más vigilante.
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A varios kilómetros de distancia, bajo la penumbra del crepúsculo, Gael emergió de las profundidades de su prisión subterránea. Sus músculos gritaban de agotamiento, su cuerpo cubierto de rasguños y el hollín de su arduo escape. Había logrado zafarse de sus ataduras, y luego, utilizando una piedra afilada que había encontrado en su celda, había forzado la cerradura rudimentaria de la puerta, un trabajo lento y doloroso que había requerido una paciencia sobrehumana.
El aire fresco del exterior era una bendición, aunque el hedor a humedad y tierra lo seguía. Se encontró en un almacén abandonado, polvoriento y cubierto de telarañas, a las afueras de un pequeño aeródromo privado. El zumbido de motores a lo lejos atrajo su atención.
Arrastrándose entre los escombros y la maleza, Gael se acercó al aeródromo. Vio una avioneta bimotor, reluciente y moderna, que acababa de repostar. Varios hombres con uniformes discretos estaban cargando equipaje en la parte trasera.
De repente, escuchó un fragmento de conversación.
—...Sí, señor Holler. Todo listo para el despegue. El vuelo a Londres será en breve.
Londres. Tomás Holler. Una idea audaz, desesperada, y posiblemente suicida, se formó en la mente de Gael. Era la única manera de acercarse a Vanessa. A Emma. A la verdad.
Escondiéndose detrás de unos barriles de combustible, esperó el momento oportuno. Los hombres de Holler parecían confiados, acostumbrados a la seguridad de su jefe. Uno de ellos dejó la compuerta trasera de la avioneta ligeramente entreabierta mientras se dirigía a buscar un último maletín.
Con un golpe de adrenalina que ignoró el dolor en sus extremidades, Gael se lanzó. Con una velocidad sorprendente, se deslizó por el hueco, ocultándose entre el equipaje y los compartimentos de carga. El espacio era reducido, oscuro y mal ventilado, pero era su única oportunidad. El olor a combustible era fuerte, la vibración del motor ya se sentía bajo su cuerpo.
Pocos minutos después, los motores rugieron con plena potencia. La avioneta rodó por la pista y se elevó hacia el cielo nocturno. Gael, acurrucado en la oscuridad, sentía el frío metal bajo su espalda y el miedo helado en su corazón. Pero también, una chispa de esperanza. Estaba en camino...