Luna Roja

Capítulo 81

El zumbido monótono de los motores de la avioneta cesó abruptamente, reemplazado por un chirrido metálico y el golpeteo de las ruedas al tocar la pista de aterrizaje. Gael, con los músculos entumecidos y cada fibra de su ser dolorida, sintió un vaivén violento mientras la aeronave se desaceleraba en el aeródromo privado. La oscuridad del compartimento de carga era casi total, solo rota por las rendijas de luz que se filtraban por la compuerta mal cerrada, revelando motas de polvo danzando en el aire. El olor a queroseno, a caucho quemado y a su propio sudor era casi insoportable.

Había sido un viaje infernal. El frío penetrante de la altitud, las constantes vibraciones que amenazaban con delatarlo, y el miedo latente de ser descubierto en cualquier momento. Cada crujido de la estructura del avión era una amenaza, cada voz que escuchaba a través del fuselaje, un posible verdugo. Pero la imagen de Emma, el recuerdo de su risa y la promesa tácita de protegerla, lo habían mantenido anclado, consciente y luchando contra la desesperación.

La avioneta se detuvo con un último balanceo. Voces graves y autoritarias comenzaron a escucharse fuera, junto con el arrastre de lo que parecían ser escalerillas metálicas. Gael se tensó, conteniendo la respiración. Podía escuchar el clic de los cierres de la compuerta abriéndose. Una ráfaga de aire frío y húmedo invadió el compartimento, trayendo consigo el aroma de la tierra mojada y la inconfundible fragancia de una ciudad bulliciosa. Londres.

Se pegó a la pared más lejana, camuflado entre los pesados bultos de equipaje y las cajas de provisiones. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, escudriñaban la silueta de los hombres que empezaban a vaciar la bodega. Eran los mismos guardias de Tomás Holler, con sus uniformes impolutos y sus movimientos eficientes. Había un camión de carga esperando en la pista, con la parte trasera abierta, listo para recibir los enseres.

Con la destreza de un depredador sigiloso, Gael esperó su momento. Los guardias se concentraban en las cajas más grandes, distrayendo su atención lo suficiente. En un movimiento rápido y coordinado, se deslizó por el resquicio de la compuerta, cayendo suavemente sobre la pista, agachándose al instante detrás de un carrito de equipajes. El frío suelo de asfalto era una bienvenida. La libertad, una euforia fugaz.

No había tiempo para saborearla. El camión de carga, con su motor diésel ya encendido y humeante, estaba a punto de partir. Aprovechando un ángulo ciego creado por la avioneta, Gael corrió encorvado hacia la parte trasera del vehículo. Un último impulso, y se subió por el portón trasero, escondiéndose de nuevo entre el cargamento, esta vez de cajas y maletas destinadas a la ciudad. La puerta se cerró con un golpe sordo, sumergiéndolo de nuevo en la oscuridad, pero esta vez con la esperanza de que cada kilómetro lo acercara a su objetivo.

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Mientras Gael se infiltraba en el corazón de Londres, Tomás Holler aterrizaba en el mismo aeródromo, pero con todas las comodidades y la seguridad que su estatus exigía. Un convoy de vehículos blindados lo esperaba, llevándolo directamente a un elegante y discreto penthouse en uno de los rascacielos más nuevos de la capital. Desde allí, tenía una vista panorámica de la ciudad que pronto sería testigo de su triunfo.

El penthouse era un santuario de lujo minimalista, con paredes de cristal que ofrecían una vista de 360 grados, muebles de diseño y una tecnología punta que controlaba cada aspecto del ambiente. Pero ni todo el lujo ni la opulencia podían disipar la creciente inquietud que lo roía por dentro.

Sentado en un sofá de cuero italiano, con una copa de whisky añejo en la mano, Tomás Holler sentía cómo la tensión se acumulaba en su cuello. La conversación con Magda, informándole del intento de Vanessa de usar el teléfono, había sido una molestia. Pero la noticia de la visita de Ronaldo a la mansión había encendido una chispa de furia que ardía bajo su piel. Ahora, además, nuevos mensajes comenzaban a llegar a su teléfono encriptado, mensajes que no le gustaban en absoluto.

El primero era una imagen. Una foto antigua, granulada, de una mujer joven con un parecido asombroso a él. Su madre. La imagen venía acompañada de un texto críptico: "Lo que está muerto puede volver a la vida. Y los secretos, rara vez se quedan enterrados para siempre."

Tomás apretó el cristal de la copa, sintiendo cómo sus nudillos se blanqueaban. ¿Quién? ¿Cómo? Solo un círculo muy, muy pequeño de personas conocía ese secreto, y la mayoría estaban... convenientemente silenciadas. La paranoia comenzó a crecer en su interior como una enredadera venenosa.

Luego, llegó un segundo mensaje. Un fragmento de un documento oficial, sellado y clasificado, que mencionaba una cuenta bancaria suiza a nombre de un testaferro que Holler había utilizado décadas atrás para una serie de transacciones ilegales, creyendo que todo rastro había sido borrado. El texto adjunto era aún más inquietante: "Las fundaciones de tu imperio son más frágiles de lo que crees, Tomás. Y tu castillo de naipes, a punto de caer."

Un escalofrío recorrió la espalda de Holler. No era el miedo de un hombre corriente, sino la fría ansiedad de un estratega que veía su intrincada red deshilacharse. Alguien estaba tirando de los hilos. Alguien conocía sus debilidades, sus puntos ciegos. Y ese alguien, pensó con rabia, no podía ser otro que Ronaldo. Había subestimado al hombre, y ahora pagaría el precio. Pero estas amenazas... eran más profundas, más personales. Lo estaban tocando donde más le dolía, en la base de su poder y su control. La imagen de su madre, en particular, lo perturbaba profundamente. La boda, su triunfo, estaba a horas de distancia, pero la sombra de la incertidumbre se cernía sobre él...



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 10.01.2026

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