Luna Roja

Capítulo 82

A kilómetros de allí, ajeno a las conspiraciones que tejían su destino, Ronaldo cenaba en uno de los restaurantes más exclusivos de Mayfair. El ambiente era de terciopelo y cristales, el murmullo de conversaciones discretas y el tintineo de copas de champán creando una sinfonía de opulencia. Ronaldo, con su traje impecable y una copa de tinto en la mano, proyectaba una imagen de calma y control. Sin embargo, su mente, como siempre, estaba en guardia. Sabía que había cruzado una línea con Holler, y la represalia era solo cuestión de tiempo.

Había enviado un equipo de seguridad para "investigar" sus propiedades en el continente, una coartada perfecta para alejarlos de Londres. No confiaba en nadie. Su escape de la mansión de Holler la noche anterior había sido una maniobra arriesgada, pero la información sobre la madre de Tomás era una carta poderosa. Si jugaba bien sus fichas, podría no solo sobrevivir, sino salir victorioso.

Estaba a punto de llevarse un bocado de su exquisito carpaccio de atún cuando el cristal blindado del restaurante, que daba a la calle, estalló con un rugido ensordecedor. Fragmentos de vidrio volaron por todas partes, seguidos por el seco estallido de disparos de armas automáticas. El caos se apoderó del lugar. Gritos de pánico, mesas volcadas, gente arrastrándose por el suelo.

Ronaldo, con la rapidez de reflejos de un hombre acostumbrado al peligro, se arrojó al suelo antes de que las balas pudieran alcanzarlo. Había sido un ataque profesional, ejecutado con una precisión brutal. No eran ladrones. Eran asesinos, enviados directamente por Holler.

Arrastrándose entre las patas de las mesas, Ronaldo buscó una vía de escape. Recordó una salida de servicio por la cocina, una puerta discreta que había notado en una visita anterior. El fuego de los asaltantes era implacable, cubriendo la entrada principal.

Con una ráfaga de adrenalina, se lanzó hacia la cocina. El humo de los disparos llenaba el aire, el olor a pólvora picaba en la nariz. Un camarero aterrorizado tropezó frente a él, y Ronaldo, sin pensarlo dos veces, lo usó como escudo humano por un breve instante para esquivar una ráfaga de balas que impactó en la pared a su espalda.

Finalmente, alcanzó la puerta de servicio, la abrió de una patada y salió disparado a un callejón oscuro y húmedo. Los sonidos del tiroteo se desvanecían detrás de él. Había logrado salir ileso, su traje apenas rozado por las esquirlas, pero el mensaje de Holler era brutalmente claro. La guerra había comenzado. Y Ronaldo, lejos de acobardarse, sintió una fría determinación. No solo sobreviviría, sino que derrocaría a Tomás Holler.

.

🦋

.

Mientras tanto, en otro punto de la ciudad, la urgencia palpable de la situación apremiaba a Hugo. Había logrado rastrear a Emma hasta su modesto apartamento, encontrándola con el rostro demacrado por el insomnio y la angustia. La noticia de Vanessa atrapada y la incertidumbre sobre Gael pesaban sobre ellos como una losa.

—Tenemos que irnos, Emma —le dijo Hugo, su voz tensa pero firme—. Encontré un lugar. Una casa segura cerca de la mansión de Holler. Podemos usarla como base.

Emma asintió, recogiendo su pequeña mochila. Sus movimientos eran lentos, casi mecánicos. La tensión de los últimos días, la visión del cuerpo de McBeen, la llamada desesperada de Vanessa, todo había cobrado su precio. Había dormido poco y comido menos.

Salieron del apartamento y se dirigieron al coche de Hugo, un viejo sedán que había logrado conseguir a través de sus contactos, lo suficientemente discreto para no levantar sospechas. El trayecto se hizo en un silencio cargado. Hugo conducía con una concentración férrea, sus ojos escudriñando constantemente los espejos retrovisores, la amenaza de Holler una presencia constante.

Emma, sentada en el asiento del copiloto, miraba por la ventana, pero sus ojos estaban vacíos, su mente perdida en un laberinto de miedo y preocupación. Un mareo repentino la invadió. El paisaje urbano se distorsionó, las luces de la ciudad se convirtieron en manchas borrosas. Un frío sudor cubrió su frente. Intentó concentrarse, intentó aferrarse a la conciencia, pero la fatiga era abrumadora.

—Hugo... —murmuró, su voz apenas un susurro, sintiendo cómo el mundo se inclinaba.

Hugo apenas tuvo tiempo de girar la cabeza. Su nombre se ahogó en su garganta mientras Emma se desplomaba hacia un lado, su cabeza golpeando suavemente contra el reposacabezas. El volante se le escurrió de las manos, el pie del freno se aflojó. El coche, por un instante, quedó sin control. Hugo reaccionó por instinto, agarrando el volante y pisando el freno bruscamente, deteniendo el vehículo a un lado de la carretera.

—¡Emma! —exclamó, la voz llena de pánico. Le tomó el pulso, sintiendo una débil pero constante pulsación. Estaba viva, pero inconsciente. La cara de Hugo se contorsionó en una mueca de desesperación. Justo ahora, cuando el tiempo era oro, cuando estaban tan cerca. ¿Cómo iba a continuar? ¿Cómo podía salvar a Vanessa y encontrar a Gael, si Emma, su única aliada, estaba fuera de combate? El reloj seguía avanzando hacia la boda, y el futuro de todos pendía de un hilo...



#3164 en Novela romántica
#307 en Thriller

En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 10.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.