Luna Roja

Capítulo 83

La luz blanca y cegadora fue lo primero que percibió Emma al abrir los ojos. El techo, inmaculadamente limpio, y el vago olor a desinfectante la desorientaron. Su cabeza punzaba con un dolor sordo y confuso, como si el mundo hubiese girado demasiado rápido y ahora intentara estabilizarse. ¿Dónde estaba? El recuerdo más reciente era el asiento del coche de Hugo, la sensación de mareo, el mundo difuminándose.

Intentó moverse, pero sus músculos protestaron. Se encontraba recostada en una cama que no era la suya, rodeada de monitores que emitían pitidos suaves y constantes. Una vía intravenosa sobresalía de su brazo, el líquido frío goteando lentamente. Un hospital. La palabra se formó en su mente, pesada y ominosa.

Su primera reacción fue buscar su teléfono. Se llevó una mano al costado, luego al bolsillo, pero no encontró nada. La angustia se apoderó de ella. Sin su teléfono, estaba aislada. ¿Qué había pasado con Hugo? ¿Estaba él bien?

Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió suavemente y un hombre de mediana edad, con bata blanca y una sonrisa amable, asomó la cabeza.

—Ah, señorita Emma. Veo que finalmente ha despertado.

Era el doctor. Entró en la habitación, con una carpeta en la mano, y se acercó a la cama con una calma que a Emma le resultó exasperante.

—¿Qué... qué ha pasado? —preguntó Emma, su voz ronca y débil.

—Su acompañante la trajo aquí después de que sufriera un desmayo en el coche —explicó el doctor, sentándose en una silla junto a la cama—. Al parecer, ha estado sometida a mucho estrés y agotamiento. Hicimos algunas pruebas de rutina.

Emma sintió un nudo en el estómago. El agotamiento y el estrés eran una constante en su vida reciente, pero no creía que eso explicara la intensidad de su desvanecimiento.

—¿Y bien? ¿Hay algo más? —inquirió, la impaciencia tiñendo sus palabras.

El doctor le dedicó una mirada tranquilizadora, pero sus ojos denotaban una seriedad que hizo que el corazón de Emma latiera con más fuerza.

—Señorita , hay algo importante que debe saber. Las pruebas han revelado que... usted está embarazada.

La palabra "embarazada" resonó en la habitación, ahogando los leves pitidos de los monitores, el murmullo de los pasillos, e incluso su propia respiración. El mundo volvió a girar, esta vez no por un mareo físico, sino por una conmoción interna que la dejó sin aliento. Un bebé. ¿Ella? ¿En medio de todo esto? La idea era tan abrumadora, tan inesperada, que su mente se negó a procesarla por un instante.

Un torbellino de emociones la invadió: incredulidad, un miedo helado que se apundaba a la certeza de que su vida se había complicado más allá de lo imaginable, y una pequeña, casi imperceptible chispa de asombro y ternura. Una vida creciendo dentro de ella. Pero, ¿cómo podría proteger a un niño en un mundo tan peligroso, con Holler acechando en cada sombra y su propia vida pendiendo de un hilo? La noticia, en lugar de traer alegría, añadió una capa de terror a su ya precaria existencia...

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Mientras Emma se enfrentaba a una revelación que cambiaría su vida para siempre, Gael se abría paso por las bulliciosas calles de Londres. Había logrado deslizarse fuera del camión de carga sin ser detectado, perdiéndose de inmediato en la marea de gente y el frenesí urbano. La ciudad era un laberinto de sonidos, olores y luces, un contraste abrumador con la oscuridad silenciosa de su cautiverio. Cada rostro desconocido era una posible amenaza, cada sombra un lugar donde esconderse.

Llevaba días sin comer ni dormir adecuadamente, y su cuerpo resentía la tortura. Necesitaba un refugio, un lugar donde recargar fuerzas y, lo más importante, contactar a Hugo. Después de varias horas de caminar sin rumbo fijo, con la única guía de su instinto, encontró un pequeño hostal en un callejón discreto, lejos del glamour de los barrios ricos. El letrero "The Old Anchor Inn" se balanceaba perezosamente con el viento, prometiendo una cama modesta y anonimato.

Entró en el vestíbulo, que olía a madera vieja y a humedad. Un hombre corpulento, con un delantal manchado y un rostro bonachón, levantó la vista de un periódico arrugado. Era el dueño.

—¿Busca una habitación, compañero? —preguntó con acento cockney.

Gael asintió, su voz ronca por la deshidratación. —Sí. Y... ¿podría usar su teléfono por un momento? Es una emergencia.

El dueño lo miró con curiosidad, notando el aspecto desaliñado de Gael, pero no hizo preguntas. Simplemente señaló un viejo teléfono de baquelita en el mostrador.

—Adelante. Una llamada local, ¿verdad?

—Sí. Gracias.

Con el corazón latiéndole con fuerza, Gael marcó el número de Hugo. Cada tono era una eternidad. Finalmente, escuchó un clic y una voz cautelosa al otro lado...



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 10.01.2026

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