El sol de Londres, inusualmente brillante para finales de otoño, se derramaba sobre la opulenta mansión Holler, bañando sus muros de piedra con un resplandor dorado. Era el día de la gran boda, un evento que la alta sociedad londinense había anticipado con una mezcla de morbo y admiración. Alrededor de 150 invitados, cuidadosamente seleccionados por su influencia y su lealtad, llenaban los jardines meticulosamente cuidados y los salones ricamente decorados. El murmullo de conversaciones discretas, el tintineo de copas de champán y las risas contenidas creaban una sinfonía de prestigio y poder.
Tomás Holler, el anfitrión y el novio, se movía entre sus invitados con la confianza de un león en su dominio. Vestido con un impecable esmoquin negro, su figura imponente transmitía una autoridad silenciosa. Una copa de champán en la mano, saludaba con gestos medidos y sonrisas calculadas, cada una de ellas una declaración de su triunfo. Observaba el despliegue de su poder: los arreglos florales valorados en fortunas, las ostras frescas traídas de Escocia, los músicos de la filarmónica tocando en el gran salón. Todo era una extensión de sí mismo, una manifestación tangible de su control. Sin embargo, bajo la superficie de su perfecta compostura, la tensión por los mensajes de la noche anterior aún persistía, un leve aguijón de incertidumbre que se esforzaba por ignorar. Hoy, su victoria sería absoluta.
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Entre la multitud de rostros pulcros y trajes de diseño, un par de ojos vigilantes se movían con una determinación sombría. Hugo, disfrazado con un uniforme de camarero prestado y un impecable acento francés ensayado, se movía por los márgenes del gran salón, invisible para la mayoría. La bandeja en su mano, cargada con copas vacías, le servía de coartada perfecta. Su corazón latía con furia contenida al ver a Tomás Holler, tan cerca, tan arrogante, tan triunfante. Cada fibra de su ser gritaba venganza, pero su mente se mantenía fría y enfocada.
Había logrado acceder a la mansión gracias a un contacto de bajo nivel en el personal, un joven endeudado al que Hugo le había pagado con promesas de un futuro mejor lejos de la influencia de Holler. Se había deslizado entre las sombras, esquivando a la seguridad, hasta llegar al corazón de la fiesta.
Su objetivo principal era encontrar a Vanessa. Necesitaba verla, saber que estaba bien, idear un plan para sacarla de allí. La imagen de Tomás, radiante y exultante, le producía un nudo en el estómago, un sabor amargo en la boca. ¿Cómo podía el hombre que había arruinado tantas vidas celebrar su triunfo con tanta impunidad? Hugo apretó la mandíbula, prometiéndose que esa impunidad terminaría hoy.
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Mientras el reloj de la boda avanzaba inexorablemente, a varios kilómetros de distancia, en el estéril ambiente de un hospital, el tiempo parecía detenerse para Gael y Emma. Gael había llegado al hospital después de recibir las escuetas indicaciones de Hugo. Su cuerpo, aunque exhausto, había encontrado una fuerza renovada.
Al entrar en la habitación, la vio. Emma. Pálida, con los ojos hundidos, pero viva. La vista de ella, tan frágil en la cama, después de todo lo que habían pasado, le partió el alma. De su brazo sobresalía la vía intravenosa, un recordatorio brutal de su vulnerabilidad.
—Emma... —su voz apenas un susurro ronco, sus ojos empañados.
Emma levantó la mirada, y al ver a Gael, un grito de alivio y asombro escapó de sus labios.
—¡Gael! —intentó levantarse, pero el esfuerzo fue demasiado.
Gael se apresuró a su lado, arrodillándose junto a la cama, sus manos temblorosas aferrándose a las de ella. La miró, sus ojos azules, habitualmente duros, desbordándose de una ternura que rara vez mostraba. La vista de su rostro, demacrado y marcado por la lucha, pero inconfundiblemente el hombre que amaba, hizo que las lágrimas corrieran libremente por las mejillas de Emma.
—Estás vivo —murmuró, la voz quebrada.
—Lo estoy. Gracias a ti —respondió Gael, besando sus manos, luego su frente. El tacto de su piel, el olor familiar de su cabello, era un ancla en medio del caos. —Hugo me dijo lo que pasó. ¿Estás bien? ¿Te duele algo?
Emma, aferrándose a sus manos, miró sus ojos con una intensidad que Gael no había visto antes. En medio de la nostalgia, el alivio y el amor que inundaban la habitación, una nueva emoción, más profunda y compleja, comenzó a crecer en el corazón de Emma.
—Gael... tengo que decirte algo.
Una preocupación se apoderó de Gael.
—Dime, ¿qué es?
Emma tomó una respiración profunda, sus ojos fijos en los suyos, buscando fuerza en su mirada.
—Estoy... estoy embarazada, Gael...