Mientras tanto, en un pequeño y modesto departamento en un barrio tranquilo de Londres, Gael cuidaba de Emma. Las paredes blancas y los muebles sencillos contrastaban con la opulencia de la mansión Holler, creando un refugio de paz y seguridad. Emma, aún pálida pero con un brillo renovado en los ojos, reposaba en un sofá cómodo, con una manta sobre sus piernas. Gael le trajo una taza de té humeante, su rostro reflejando una ternura que ahora era la norma.
—¿Estás cómoda, mi amor? —preguntó, su voz suave.
Emma sonrió, asintiendo. —Sí, Gael. Gracias.
Se miraron, la comprensión y el amor fluyendo entre ellos. Habían sido testigos de la caída de Holler, pero su propia batalla estaba lejos de terminar. Ahora, la prioridad era el pequeño milagro que crecía en el interior de Emma.
—Vamos a estar bien —dijo Gael, sentándose a su lado y tomando su mano. —Lejos de todo esto. Cuidaremos de ti, y de nuestro bebé.
—Sí —respondió Emma, su mano acariciando instintivamente su vientre—. Nos alejaremos. Empezaremos de cero.
La idea de una nueva vida, de un futuro juntos, les brindó un consuelo profundo. Se aferraron a esa esperanza, a la promesa de un futuro más allá de las sombras de Holler.
De repente, el teléfono de Gael vibró. Era un mensaje del doctor de Emma. Su corazón dio un vuelco.
*“Gael, es urgente. Emma debe venir a una consulta de inmediato. Hay algunas pruebas que debemos revisar. Por favor, vengan lo antes posible.”*
La preocupación se reflejó instantáneamente en el rostro de Gael.
—Emma —dijo, su voz tensa—. Tenemos que ir al hospital. Hay una consulta urgente.
Emma asintió, un ligero temor asomando en sus ojos, pero confiando en la fuerza de Gael, se preparó para levantarse. La tranquilidad que habían encontrado era frágil, y la sombra de lo desconocido aún se cernía sobre ellos.
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Tomás Holler, con las manos esposadas y la dignidad hecha pedazos, fue conducido a la delegación de policía. El viaje en el coche patrulla fue un descenso a la humillación, rodeado de agentes que lo miraban con una mezcla de desprecio y profesionalismo. A pesar de la evidencia abrumadora, su arrogancia no se había extinguido por completo.
—¡Esto es un error! —espetó a los agentes que lo custodiaban—. Llamen a mi abogado, el señor Sterling. Él se encargará de esto. ¡No pueden detenerme!
En la delegación, el trato fue diferente. Conscientes de su influencia y su riqueza, le ofrecieron una "celda de lujo": una habitación espaciosa, con un baño privado y mobiliario decente, lejos de las celdas comunes. Era una concesión, un recordatorio de que incluso en su caída, su poder dejaba huellas. Sin embargo, a pesar de las comodidades, las paredes de la celda representaban el fin de su reinado, el principio del fin de su imperio. Holler se sentó en la cama, su mente un torbellino de planes de escape y venganza, mientras esperaba la llegada de su abogado, decidido a luchar contra la marea que ahora amenazaba con ahogarlo.
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Vanessa, sintiendo que su vida acababa de dar un giro radical, no dudó. El vestido de novia, el símbolo de un futuro que nunca quiso, se sentía ahora como un disfraz ajeno. Junto a Hugo, salieron sigilosamente de la mansión, dejando atrás el escándalo y la opulencia vacía. Sus pasos los guiaron hacia la salida principal.
Al llegar a la puerta, se encontraron con Grace. La figura imponente de Grace se interpuso en su camino, una expresión de respeto y gratitud en su rostro.
—Vanessa —dijo Grace, su voz firme—. Gracias.
Vanessa la miró, comprendiendo. —Tú también, Grace. Gracias por todo. Por liberarme... y por hacer justicia.
Grace asintió, una leve sonrisa curvando sus labios. —Hemos hecho justicia juntas, Vanessa. Él no puede salirse con la suya.
Un entendimiento tácito pasó entre ellas. Dos mujeres que habían sido pisoteadas por el mismo hombre, unidas por un propósito común.
—Ahora, debemos seguir adelante —continuó Grace—. Yo me encargaré de que Holler pierda todo. Ya he llamado a mi abogado. Vamos a demandarlo por todo, desmantelar su imperio, hasta que no le quede nada.
Vanessa sintió una profunda gratitud por la determinación de Grace. Con un último intercambio de miradas de agradecimiento, Vanessa y Hugo se despidieron y se alejaron, subiendo a un coche discreto que Hugo había organizado.
Mientras observaba el coche desaparecer en la noche, Grace sacó su teléfono. La batalla legal apenas comenzaba, pero estaba lista. La caída de Tomás Holler sería completa, implacable. Había pagado el precio de su silencio y su crueldad. Ahora, era el momento de la justicia...