La noche londinense, antes escenario de la caída de un imperio, ahora ofrecía un velo de anonimidad y consuelo para Vanessa y Hugo. Después de la huida precipitada de la mansión Holler, el coche discreto los llevó a un pequeño motel en las afueras de la ciudad. Era un lugar modesto, lejos de la opulencia a la que Vanessa había estado acostumbrada, pero en sus paredes sencillas encontraron una paz que el lujo jamás les había brindado.
Al entrar en la habitación, el silencio los envolvió. Un silencio diferente al opresivo de Holler, un silencio lleno de promesas y alivio. Vanessa se quitó el vestido de novia, arrojándolo al suelo como si fuera una piel vieja y dolorosa. Hugo la observó, sus ojos reflejando una mezcla de admiración, amor y la cruda realidad de todo lo que habían enfrentado.
—No puedo creer que estemos aquí —murmuró Vanessa, volviéndose hacia él, sus ojos grandes y brillantes.
Hugo se acercó, tomándola suavemente por la cintura. —Lo logramos, Vanessa. Estamos a salvo.
La tensión de tanto tiempo se liberó en un suspiro colectivo. Sus miradas se entrelazaron, y el tiempo pareció detenerse. En ese pequeño espacio, todas las palabras no dichas, todas las caricias anheladas, todos los temores superados se materializaron en el anhelo de sus cuerpos. Se besaron con una urgencia contenida, un beso que era tanto un lamento por el tiempo perdido como una celebración del presente. Las manos de Hugo acariciaron su espalda, trazando el camino de su piel, mientras Vanessa se aferraba a él como a su salvavidas.
La ropa fue cayendo al suelo, testigo silencioso de su reencuentro. En la intimidad de la habitación, recuperaron no solo el tiempo, sino la esencia de lo que eran el uno para el otro. Cada beso, cada caricia, era un lenguaje que hablaba de dolor, de resiliencia y, sobre todo, de un amor que había resistido la tormenta. Era una noche de liberación, donde las lágrimas se mezclaban con las sonrisas y los suspiros, una noche donde la pasión era el eco de una promesa largamente esperada. El mundo exterior, con sus intrigas y peligros, quedó olvidado más allá de las paredes, mientras ellos se perdían en la dulce embriaguez de su unión.
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A varios kilómetros de allí, la atmósfera en el hospital era completamente diferente. Emma y Gael esperaban en silencio en la pequeña sala de espera, las manos entrelazadas, una ansiedad palpable flotando entre ellos. El aire olía a antiséptico y esperanza rota. Cuando la enfermera los llamó, sus corazones latieron al unísono.
El doctor Miller, un hombre de mediana edad con gafas de montura fina y una expresión grave, los recibió en su consultorio. Los invitó a sentarse y, tras una breve pausa, sus palabras cayeron como yunques.
—Señora Emma, señor Gael —comenzó, ajustándose las gafas—. Hemos revisado los resultados de sus últimas pruebas, especialmente las relativas a la condición preexistente de la señora Emma. Y tengo que ser completamente honesto con ustedes.
Emma apretó la mano de Gael, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. Gael la miró, intentando transmitirle fuerza con su mirada.
—Su embarazo, Emma, es de alto riesgo —continuó el doctor, su voz compasiva pero firme—. Su cuerpo no está reaccionando como esperábamos al estrés del embarazo debido a su cardiomiopatía hipertrófica. El corazón ya está bajo una presión considerable. La verdad es que… existe una probabilidad muy alta, diría que superior al setenta por ciento, de que durante el parto, la tensión sea demasiado para su sistema cardiovascular.
Emma sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. —¿Qué significa eso, doctor? —preguntó Gael, su voz apenas un susurro, temiendo la respuesta.
El doctor suspiró, quitándose las gafas y frotándose el puente de la nariz. —Significa que existe un riesgo considerable de complicaciones graves, incluso fatales, tanto para usted como para el bebé, en el momento del parto. Podría sufrir un fallo cardíaco, y el bebé, la falta de oxígeno o un nacimiento prematuro con complicaciones severas. En el peor de los escenarios, podríamos perder a uno, o a ambos.
El silencio que siguió fue atronador, solo interrumpido por el zumbido de un aparato médico en la pared. Emma se quedó sin aliento, las lágrimas brotando silenciosamente de sus ojos. La noticia, tan brutal e inesperada, aplastó la frágil esperanza que habían estado construyendo. Gael, con el rostro pálido y los ojos inyectados en sangre, envolvió a Emma en un abrazo protector.
—Tiene que haber algo... —murmuró Gael, con la voz ahogada—. ¿Algún tratamiento? ¿Alguna opción?
El doctor negó con la cabeza, su expresión de profunda tristeza. —Estamos haciendo todo lo posible para monitorearla y minimizar los riesgos, pero debemos ser realistas. Esta condición hace que cada día sea un desafío y el momento del parto, el más crítico. Necesitamos que tomen decisiones importantes, y que entiendan la gravedad de la situación.
Emma se aferró a Gael, el futuro que habían imaginado juntos, ahora una visión empañada por la sombra de la tragedia. La vida que llevaban dentro, ahora era un milagro que amenazaba con un costo incalculable...