Al mismo tiempo, en la delegación de policía, Tomás Holler se encontraba con su abogado, el señor Sterling. La "celda de lujo" era una prisión dorada, pero no por ello menos sofocante. Sterling, un hombre corpulento con un traje impecable, intentaba mantener una postura profesional a pesar de la intimidación latente de su cliente.
—Señor Holler —dijo Sterling, abriendo su maletín y sacando varios documentos—, me temo que las noticias no son buenas. La señora Holler ha iniciado una serie de demandas.
Tomás bufó. —¿Demandas? ¿Acaso cree que puede robarme?
—No se trata solo de robo, señor Holler —explicó el abogado, con cautela—. Ha presentado demandas por fraude, malversación de fondos, abuso conyugal, chantaje, y una larga lista de cargos relacionados con sus actividades ilícitas. Ha reunido una cantidad abrumadora de pruebas. Y lo que es peor, ha involucrado a socios clave en el extranjero, lo que complica la jurisdicción.
El rostro de Tomás se contrajo en una mueca de furia. —¡Esas son calumnias! ¡Mentiras!
—Las pruebas, me temo, son bastante convincentes, señor Holler —continuó Sterling, su voz más grave—. Y la repercusión mediática es inmensa. En este momento, las posibilidades de que la señora Holler gane son... altas. Muy altas. Podría perderlo todo, señor. Su fortuna, sus empresas, sus propiedades.
Tomás se levantó de golpe, golpeando la mesa de metal con la palma de la mano. El sonido resonó en la pequeña habitación. Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en el abogado.
—¡Escúcheme bien, Sterling! —siseó, su voz cargada de amenaza—. Usted es mi abogado. Su trabajo es ganar. No me importa cómo lo haga, pero tiene que revertir esta situación. Si pierdo un solo céntimo, si Grace se sale con la suya, le juro que su carrera y su vida serán un infierno. ¿Entendido? ¡Tiene que ganar!
Sterling tragó saliva, sintiendo el sudor frío en la espalda. Asintió, su voz un murmullo. —Entendido, señor Holler. Haré todo lo que esté en mi poder.
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La confrontación entre Magda y Grace no había terminado en la mansión. Grace, con una última punzada de dolor y desesperación, decidió jugar su última carta.
—Magda —dijo Grace, su voz ahora teñida de una profunda pena, dejando a un lado la frialdad anterior—. Sé que sabes la verdad. ¿Dónde está mi hijo? Sé que él lo secuestró después de que me lo quitara. Tú debes saber dónde está. Dime dónde encontrar a mi hijo.
Magda la miró, su expresión inescrutable. —No tengo ni idea de a qué te refieres, Grace.
Grace apretó los puños, la frustración y el dolor desbordándose. —¡No me mientas! ¡Sé que lo sabes! ¡Dime dónde está! ¡Es mi hijo!
Magda se acercó a ella, su voz bajando a un susurro que, por primera vez, no era una amenaza, sino una declaración de una verdad más profunda, más impactante.
—Tomás es mi hijo, Grace —declaró Magda, sus ojos fijos en los de Grace, sin una pizca de vacilación—. Y no voy a permitir que nadie, ni siquiera tú, le arrebate lo que le pertenece. Ni su legado, ni su futuro.
Grace se quedó paralizada, las palabras de Magda resonando en el gran salón. La revelación fue como un golpe físico, el aire se le escapó de los pulmones. Miró a Magda, luego a su alrededor, como si esperara que el mundo se desmoronara. El impactante secreto, cuidadosamente guardado durante décadas, había salido a la luz en el peor momento. La mujer que había creído ser la empleada de la familia Holler, ahora se revelaba como la madre biológica del hombre al que intentaba destruir. El golpe fue devastador. La sangre helada. Su mente luchaba por procesar la magnitud de esa verdad, que lo redefinía todo, y el nuevo nivel de la guerra que acababa de comenzar...