El taxi serpenteaba por las calles cada vez más intrincadas y menos iluminadas de un barrio industrial en las afueras de Londres. Gael se mantuvo pegado a la ventana trasera, los ojos fijos en el coche negro de Magda, que avanzaba con una elegancia sombría por entre naves y edificios de ladrillo. El ambiente se tornaba cada vez más desolado, con pocas luces y el eco del viento entre estructuras abandonadas. La intuición de Gael gritaba que aquel lugar no prometía nada bueno.
Finalmente, el coche de Magda se detuvo frente a una vieja fábrica de ladrillo sin ventanas, su fachada cubierta de grafitis descoloridos. Las luces de la calle parpadeaban, creando largas sombras fantasmagóricas. Magda salió del coche, su figura alta y esbelta recortándose contra la oscuridad, y se dirigió hacia una puerta lateral de metal.
Gael le indicó al taxista que se detuviera a una distancia prudente, en la esquina de la calle, donde la sombra de un gran almacén lo ocultaba. Observó con el corazón latiendo con fuerza. La puerta de metal se abrió, revelando una penumbra en el interior, y de ella surgieron dos figuras voluminosas, hombres de aspecto rudo, con abrigos oscuros y gorras bajas que ocultaban sus rostros. No había saludo, solo una fría eficiencia.
Magda permaneció impasible, un faro de calma en medio de la sordidez del encuentro. Uno de los hombres le entregó un paquete envuelto en papel oscuro, de tamaño mediano, con una solidez que sugería algo más que documentos. La forma en que Magda lo tomó, con una ligera inclinación de cabeza, como quien recibe algo esperado, alarmó a Gael. No hubo intercambio de palabras, solo un asentimiento antes de que los hombres se retiraran de nuevo al interior de la fábrica. Magda se dio la vuelta, el paquete bien apretado contra su cuerpo, y regresó a su coche con la misma frialdad con la que había llegado.
Cuando el coche de Magda arrancó y se perdió en la distancia, Gael sintió un escalofrío. Aquello no era un encuentro de negocios normales. Era algo clandestino, algo oscuro. Sacó su teléfono y marcó el número de Vanessa.
—Vanessa, soy Gael. Tienes que escuchar esto —dijo, su voz cargada de urgencia—. Seguí a Magda. Fue a una vieja fábrica en un barrio industrial. Se reunió con dos tipos... hombres grandes, de aspecto peligroso. Y le entregaron un paquete. No sé qué era, pero ella lo tomó como si fuera algo muy importante, muy esperado. Algo no está bien, Vanessa. Magda está metida en algo turbio, y creo que tiene que ver con Holler.
Vanessa escuchó en silencio al otro lado de la línea, la preocupación creciendo en su voz. —Un paquete... ¿Podría ser dinero? ¿O quizás documentos importantes? Esto es grave, Gael. Tenemos que tener cuidado. Mañana es el juicio. Esto podría ser un último movimiento desesperado.
—No lo sé, Vanessa. Pero la forma en que lo manejaron... Era demasiado secreto. Tendremos que estar alerta.
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Dos días después, el aire de Londres vibraba con una expectación palpable. El juicio de Tomás Holler había sido el tema de conversación en cada periódico, cada noticiero, cada café de la ciudad. La caída del magnate era un espectáculo mediático, y el Tribunal Real de Justicia, con su imponente arquitectura gótica victoriana, se convirtió en el epicentro de la atención. Periodistas y curiosos se agolpaban en sus escalinatas, ansiosos por cada detalle.
Dentro de la sala del tribunal, el ambiente era solemne, pero cargado de tensión. La luz que se filtraba por las altas ventanas de cristal teñía el espacio de un gris pálido. El juez, un hombre de rostro adusto y mirada severa, ocupaba su estrado con una autoridad innegable.
Grace Holler, al frente del equipo legal de la acusación, se sentaba erguida, su postura digna y su mirada fija en la mesa de la defensa. Su semblante, aunque pálido, irradiaba una quietud que solo podía venir de años de sufrimiento y una determinación inquebrantable. A su lado, sus abogados, hombres y mujeres de reputación intachable, desglosaban con fría precisión la montaña de pruebas que habían reunido.
En la primera fila de la sala, sentados juntos, estaban Vanessa, Hugo y Gael. Vanessa, con el corazón apretado por una mezcla de nervios y esperanza, sostenía la mano de Hugo, quien a su vez mantenía la mandíbula tensa, con una mirada gélida clavada en Tomás. Gael, observaba con su mente analítica, cada detalle, cada gesto, la confirmación de que la red de corrupción se desmoronaba. Para ellos, no era solo un juicio; era la culminación de una pesadilla, la promesa de justicia...