Lejos de la euforia y el miedo, Hugo había sentido una inquietud persistente. La caída de Tomás era un triunfo, pero la mención del hijo secuestrado de Grace y la extraña transacción de Magda que Gael había presenciado, lo mantenían en alerta. Impulsado por un presentimiento, se dirigió a la mansión Holler, ahora legalmente propiedad de Grace, pero aún un laberinto de secretos.
Fue directamente a la habitación que había sido asignada a Magda durante años, una estancia modesta en el ala de servicio, un marcado contraste con el lujo desmedido del resto de la casa. El aire estaba enrarecido, con el tenue aroma de perfume rancio y polvo. Algunas de las pertenencias de Magda aún permanecían: un cepillo de pelo sobre la cómoda, un par de zapatos en la esquina del armario, una pila de libros sobre el pequeño escritorio.
Hugo comenzó su búsqueda metódica. No le llevó mucho tiempo. Al fondo del armario, detrás de una pila de sábanas viejas, sus dedos tropezaron con una sección de la pared que no sonaba hueca, pero que se movía ligeramente. Con un empujón más fuerte, un panel oculto cedió, revelando una pequeña caja fuerte empotrada en la pared.
La adrenalina corrió por sus venas. ¿Qué guardaría Magda con tanto celo? La caja fuerte era antigua, con una combinación de tres diales. Hugo recordó las fechas que se habían mencionado en el juicio, los documentos que revelaban la historia de Tomás. Abrió su teléfono, buscando rápidamente la fecha de nacimiento de Tomás Holler. "12 de marzo de 1985". Decidido, giró los diales. Doce... tres... Ochenta y cinco. Un clic suave resonó en la habitación silenciosa.
Con un temblor en las manos, Hugo abrió la puerta de la caja fuerte. Dentro, encontró una pila de documentos cuidadosamente doblados, algunos sobres sellados y, en la parte superior, varias fotografías. Las tomó con cuidado, sus ojos recorriendo las imágenes. Eran instantáneas antiguas, algunas de Magda con un Tomás más joven, otras de paisajes lejanos. Pero una en particular le heló la sangre.
Era una fotografía , quizás de hace unos diez años. Magda, más joven pero con la misma expresión pétrea, estaba de pie junto a un niño de unos 8 años. Magda sostenía la mano del chico con una posesividad extraña, y el adolescente, aunque sonreía ligeramente, tenía una mirada perdida, casi vacía. Había algo en sus ojos, en la forma de su boca, que gritaba un parecido inquietante con Tomás, pero con una dulzura subyacente que le recordaba a Grace.
"El hijo de Grace", pensó Hugo, su mente procesando la enormidad del descubrimiento. Era la prueba. La prueba de que Magda no solo sabía del hijo, sino que había estado involucrada en su vida, o al menos en su ocultamiento. Los documentos dentro de la caja podrían contener la clave de su paradero. El corazón de Hugo latía con una nueva urgencia. Habían encontrado una pista vital.
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Lejos, en las frías y grises entrañas de la prisión de máxima seguridad, Tomás Holler era un fantasma de lo que había sido. Su ropa de prisionero le quedaba holgada, y su rostro, antes el de un hombre invencible, estaba marcado por la desesperación y la furia. Cada noche era una tortura, cada día un recordatorio de su caída.
La oportunidad de una visita llegó como un espectro del pasado: Magda. Se sentó frente a él, separada por un grueso cristal, con el teléfono en la mano, su rostro tan impasible como siempre.
—Has tardado —gruñó Tomás, su voz ronca por la falta de uso y la rabia contenida—. Pensé que me habías abandonado, como todos los demás.
—Nunca te abandonaría, hijo —respondió Magda, su voz tranquila y medida, sin una pizca de emoción detectable—. Solo estaba asegurando nuestras opciones.
Tomás golpeó el cristal con la palma de la mano. —¡Opciones! ¡Me han encerrado como a una bestia! ¡Me han quitado todo! ¡Quiero que paguen! ¡Quiero que acabes con todos ellos! ¡Grace, Vanessa, ese maldito Hugo, Gael! ¡Quiero verlos sufrir!
Magda lo miró con calma, una expresión que Tomás conocía bien, una que presagiaba una crueldad metódica. —Cálmate, Tomás. La venganza es un plato que se sirve frío. Y créeme, tengo un as bajo la manga que ellos ni siquiera imaginan.
Una luz tenue, casi enfermiza, apareció en los ojos de Tomás. De repente, su mente conectó los puntos. Solo había una cosa, una sola pieza en el tablero, que podría ser un "as" de tal magnitud.
—El niño —susurró Tomás, una sonrisa torcida y escalofriante dibujándose en sus labios rotos—. Te refieres a mi hijo.
Magda no sonrió, pero en la profundidad de sus ojos fríos, Tomás vio la confirmación. Una promesa de destrucción final.
—Él es la llave, Tomás. La única pieza que puede hundirlos a todos y devolvernos lo que es nuestro. Y lo tengo donde nadie puede encontrarlo. Por ahora...