Luna Roja

Capitulo 101

El olor a antiséptico y el zumbido constante de las máquinas de monitoreo se habían convertido en el nuevo y asfixiante universo de Gael. En la habitación del hospital, la luz blanca de los fluorescentes rebotaba en las paredes pálidas, acentuando la fragilidad de Emma, quien yacía en la cama con una vía intravenosa conectada a su brazo. Gael no soltaba su mano; la sentía fría, casi etérea, como si ella estuviera desvaneciéndose lentamente ante sus ojos.

La puerta se abrió con un suave roce y el Doctor Miller entró. Su expresión, generalmente profesional y contenida, dejaba entrever una sombra de cansancio y genuina preocupación. Sostenía una carpeta con los resultados de los últimos exámenes, los cuales Gael sentía que eran sentencias de muerte en papel.

—Doctor... —la voz de Gael salió quebrada, apenas un hilo de aire.

El Doctor Miller suspiró y se acercó a la cama, mirando a Emma con una mezcla de respeto y tristeza.

—Gael, Emma... hemos revisado los últimos análisis y las resonancias. No voy a mentirles. La condición de Emma está progresando con una agresividad que no habíamos previsto. El embarazo está exigiendo una cantidad inmensa de recursos de su cuerpo, y eso está acelerando el deterioro de su sistema. El desmayo de ayer no fue un incidente aislado; es una señal de que su organismo está llegando al límite de su resistencia.

Gael sintió un nudo en la garganta que le impedía respirar. Miró a Emma, buscando en sus ojos alguna señal de duda, pero solo encontró una determinación férrea, casi sagrada.

—¿Y el bebé? —preguntó Emma, su voz débil pero firme—. ¿Cómo está él?

—El feto se está desarrollando de manera milagrosa, Emma —respondió el médico con honestidad—. Pero lo hace a costa de tu salud. Si seguimos adelante, el riesgo de una falla orgánica o de complicaciones neurológicas permanentes para ti aumenta exponencialmente cada semana. Debemos considerar seriamente la interrupción del embarazo para salvar tu vida.

Gael cerró los ojos, dejando que una lágrima solitaria rodara por su mejilla. —Emma, por favor... te lo ruego. No puedo perderte. El doctor dice que es peligroso...

Emma apretó la mano de Gael con una fuerza sorprendente para su estado. Lo miró directamente al alma, con una claridad que lo dejó sin aliento.

—Gael, mírame —dijo ella, ignorando las advertencias del médico—. Este niño es lo único puro que ha salido de toda esta oscuridad. Es nuestra luz. Si lo pierdo, una parte de mí morirá de todas formas. Prefiero luchar por su vida, aunque eso signifique poner en riesgo la mía. No voy a renunciar a él. Es mi decisión.

Gael se derrumbó. Se inclinó sobre la cama, ocultando su rostro en el hombro de Emma, y sollozó sin control. Era el llanto de un hombre que amaba demasiado, atrapado entre el deseo de proteger a la mujer que adoraba y el respeto por el sacrificio que ella estaba dispuesta a hacer.

—Tengo miedo, Emma —sollozó él—. Tengo tanto miedo de que un día despierte y no estés aquí.

Emma le acarició el cabello, sus propias lágrimas mojando la almohada. —Entonces vive este momento conmigo, Gael. Apóyame. Necesito que seas mi fuerza, no mis dudas.

Gael se incorporó lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Miró al Doctor Miller, quien esperaba en silencio.

—Haga lo que tenga que hacer para mantenerla estable —dijo Gael, su voz endurecida por una resignación dolorosa—. Vamos a seguir adelante con el embarazo. Pero no la deje sufrir. Por favor.

Miller asintió solemnemente. —Haremos todo lo humanamente posible. Pero deben estar preparados para lo que viene.

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Mientras el drama personal de Gael y Emma se desarrollaba en la esterilidad del hospital, Hugo se encontraba en un rincón apartado de un restaurante discreto en las afueras de Londres. El lugar era oscuro, con paneles de madera noble y una atmósfera de confidencialidad que lo hacía ideal para encuentros que no debían ser registrados por ojos indiscretos.

Grace llegó poco después, envuelta en un abrigo oscuro, su rostro aún reflejando el agotamiento del juicio, pero con una nueva chispa de esperanza que Hugo no había visto en años. Se sentó frente a él y, sin mediar palabra, Hugo deslizó un sobre de manila sobre la mesa de manteles blancos.

—Lo encontré en la mansión, Grace —dijo Hugo en voz baja—. En una caja fuerte oculta en la habitación de Magda.

Grace abrió el sobre con manos temblorosas. Sus ojos se fijaron primero en los documentos, pero fue la fotografía la que le robó el aliento. En ella, Magda, con un aspecto gélido y dominante, sostenía la mano de un chico adolescente. El joven tenía los ojos de Grace, esa misma profundidad melancólica, pero la estructura ósea de Tomás.

Grace acarició la imagen con las yemas de los dedos, como si pudiera sentir la piel de su hijo a través del papel fotográfico.

—Es él... —susurró, con la voz ahogada por la emoción—. Mi niño. Ya es casi un hombre. Magda... esa mujer lo ha tenido todo este tiempo.

Hugo se inclinó hacia adelante, señalando el fondo de la fotografía. —Mira los detalles, Grace. No parece ser Inglaterra. Esa arquitectura, el paisaje de fondo...

Grace acercó la foto a la tenue luz de la vela sobre la mesa. Observó las montañas escarpadas cubiertas de un manto de nieve perpetua, los pinos oscuros y, sobre todo, el edificio principal: una estructura de piedra y madera con techos empinados y ventanales estrechos, coronada por una pequeña torre de reloj con un diseño muy específico.

De repente, un recuerdo lejano, enterrado bajo capas de trauma, emergió en su mente. Años atrás, en una de las pocas veces que Tomás había bebido de más y se había jactado de su influencia internacional, mencionó una propiedad segura en el norte, un lugar donde la disciplina forjaba hombres.

—No es una casa privada —dijo Grace, su voz cobrando una fuerza repentina—. Es un internado de élite. San Olav. Está en Noruega, cerca de Lillehammer. Recuerdo haber visto un folleto en el despacho de Tomás hace años. Él dijo que era el único lugar en el mundo donde el apellido Holler sería respetado pero nadie haría preguntas incómodas.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 30.01.2026

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