El crepúsculo se filtraba por los ventanales de la oficina de Vanessa, tiñendo de un violeta melancólico los papeles acumulados sobre su escritorio. El silencio, que antes le resultaba reconfortante tras la victoria contra Tomás, ahora se sentía cargado de una tensión eléctrica. Fue entonces cuando su teléfono vibró, rompiendo la calma con un sonido seco.
Era un mensaje de un número oculto.
*"Necesitamos hablar. Sin testigos, sin aliados. Esta noche, 8:00 PM. Biblioteca de la Ciudad, sección de Historia Antigua. No faltes si quieres que tu castillo de naipes siga en pie. — M."*
Vanessa sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Esa "M" solo podía significar una cosa: Magda. La mujer que había sido la sombra de los Holler durante décadas, la mujer que Hugo sospechaba que guardaba secretos más oscuros que los del propio Tomás. Vanessa sabía que era una trampa, una invitación al nido de una serpiente, pero también sabía que Magda no jugaba al azar. Si la citaba de esa manera, era porque tenía un arma cargada y apuntando directamente a su sien.
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Mientras tanto, en una pequeña cafetería frente al hospital, Gael se sentaba frente a Hugo. El café de Gael estaba intacto, enfriándose mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con el borde de la taza. Sus ojos estaban hundidos, reflejando noches de insomnio y una angustia que lo consumía por dentro.
—Gael, me estás asustando —dijo Hugo en voz baja, dejando a un lado su propia preocupación por los documentos de Noruega—. ¿Qué es lo que no me has dicho en el hospital?
Gael levantó la vista, y Hugo vio en él a un hombre al borde del abismo.
—Es Emma, Hugo. La situación es... es mucho más grave de lo que dejamos ver ante Grace o Vanessa. El Doctor Miller fue muy claro. El embarazo es agresivo. Su cuerpo está luchando contra sí mismo; el bebé está creciendo, pero lo hace consumiendo la poca vitalidad que a ella le queda.
Hugo se quedó petrificado. —Pero... ¿hay un tratamiento? ¿Alguna opción?
—La opción médica es interrumpir el embarazo —confesó Gael con la voz rota—. Miller dice que si seguimos adelante, el riesgo de que Emma no sobreviva al parto, o que sufra una falla orgánica antes de llegar a término, es altísimo. Pero ella... ella se niega. Dice que este bebé es nuestra única luz después de tanta tragedia. Y yo... —Gael bajó la cabeza, dejando que una lágrima cayera sobre la mesa—.Yo he decidido apoyarla. Tengo un miedo atroz, Hugo. Cada vez que la miro, veo a la mujer que amo y, al mismo tiempo, siento que estoy contando los días para perderla. Pero no puedo obligarla a renunciar a lo que más desea.
Hugo extendió la mano y apretó el brazo de su amigo. —No estás solo en esto, hermano. Si esa es la decisión de ambos, la respetaremos y lucharemos con ustedes. Buscaremos a los mejores especialistas del mundo si es necesario. No te des por vencido todavía.
Gael asintió débilmente, encontrando un pequeño consuelo en la lealtad inquebrantable de Hugo, aunque el peso en su pecho no disminuía.
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La Biblioteca de la Ciudad era un edificio gótico, lleno de pasillos laberínticos y el penetrante olor a papel viejo y cera. A esa hora, el lugar estaba prácticamente desierto. Vanessa caminó por la sección de Historia Antigua, sus tacones resonando contra el suelo de mármol como latidos de un corazón acelerado.
Al final de un pasillo flanqueado por tomos polvorientos, sentada en una mesa de roble oscuro bajo la tenue luz de una lámpara de lectura, estaba Magda. No vestía su uniforme de ama de llaves; llevaba un abrigo negro elegante y su cabello estaba perfectamente recogido. Parecía una viuda de la aristocracia, fría y letal.
—Puntual como siempre, Vanessa —dijo Magda sin levantar la vista del libro que tenía delante—. Me alegra saber que aún conservas el instinto de supervivencia.
Vanessa se sentó frente a ella, manteniendo la espalda recta. —Déjate de juegos, Magda. Tomás está acabado. Tu protección se ha esfumado. ¿Qué es lo que quieres?
Magda cerró el libro con un golpe seco que resonó en la sala vacía. Sus ojos grises se clavaron en los de Vanessa con una intensidad depredadora.
—Tomás era una herramienta, Vanessa. Un hombre impulsivo y cegado por su propia arrogancia. Yo soy algo muy distinto. Tú crees que has ganado, que eres la heroína que ayudó a derrocar al villano. Pero las manos de todos en esta historia están manchadas, y las tuyas, querida, huelen a veneno.
Vanessa frunció el ceño, tratando de ocultar el temblor de sus manos bajo la mesa. —¿De qué diablos estás hablando?
Magda se inclinó hacia adelante, bajando la voz hasta convertirla en un susurro gélido.
—Hablemos de Ciudad Esmeralda. Hablemos de Paulino Robles, tu difunto marido. Todo el mundo cree que murió de una complicación cardíaca repentina, una tragedia que te dejó al mando de su imperio. Una viuda joven, hermosa y... inmensamente rica.
El rostro de Vanessa se drenó de todo color. —Fue un ataque al corazón. Los médicos lo confirmaron.
—Los médicos ven lo que se les paga por ver —replicó Magda con una sonrisa cruel—. Pero las cámaras no mienten. En tu departamento de Ciudad Esmeralda, había un sistema de seguridad oculto que ni siquiera tú conocías. Y yo tengo la grabación, Vanessa.
Vanessa sintió que el aire se volvía sólido en sus pulmones.
—Tengo el video —continuó Magda, disfrutando del impacto de sus palabras—. Se te ve perfectamente. La forma en que preparas la bebida, la forma en que añades esas gotas del frasco que escondías en tu joyero, y la frialdad con la que observaste a Paulino retorcerse en el suelo mientras el "ataque al corazón" terminaba con su vida. Lo asesinaste para quedarte con el Imperio Robles, y yo tengo la prueba que te enviará a una celda vecina a la de Tomás por el resto de tus días.
Vanessa quedó en shock, el mundo girando a su alrededor. La biblioteca, los libros, la luz... todo parecía desvanecerse ante la mirada triunfal de la mujer que acababa de destruir su vida con un solo párrafo. Magda no buscaba dinero; buscaba control, y ahora tenía a Vanessa encadenada a un pasado que ella pensaba haber enterrado para siempre...