El frío de Londres parecía haberse filtrado en los huesos de Arthur Miller, el detective privado que Vanessa había contratado a través de sus contactos más discretos. Sentado en un coche anodino que olía a café frío y tapicería vieja, Miller mantenía los ojos fijos en el espejo retrovisor. Magda salió de su residencia temporal con un paso que denotaba una urgencia controlada. Llevaba una gabardina oscura y, bajo el brazo, un bulto rectangular envuelto en una tela de terciopelo.
Miller la siguió a una distancia prudencial, zigzagueando por las calles de un barrio industrial venido a menos en las afueras de la ciudad. Finalmente, Magda se detuvo frente a un pequeño edificio de ladrillo rojo, con las ventanas tapiadas y una puerta de metal oxidado que chirrió al abrirse. El detective ajustó su cámara con lente de largo alcance. Observó cómo la mujer se internaba en las sombras del lugar. Diez minutos después, Magda emergió. Sus manos estaban vacías y su rostro lucía una expresión de satisfacción gélida.
En cuanto el coche de Magda desapareció doblando la esquina, Miller tomó su teléfono.
—La tengo —dijo sin preámbulos cuando Vanessa respondió—. Es un almacén abandonado en la calle Wickham, número 42. Entró con el paquete y salió sin él. El lugar está prácticamente en ruinas, nadie sospecharía que hay algo de valor allí. Le envío la ubicación exacta y las fotos de los puntos de entrada ahora mismo.
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Mientras tanto, a miles de kilómetros, el aire gélido de Noruega recibió a Grace y a Hugo con la contundencia de una bofetada blanca. El paisaje desde el aeropuerto de Oslo hacia las cercanías de Lillehammer era una sucesión infinita de pinos cargados de nieve y picos montañosos que arañaban un cielo gris plomo.
Se instalaron en un hotel boutique de arquitectura nórdica, construido en madera clara y cristal. Fieles a su acuerdo de mantener la profesionalidad y la discreción, ocuparon habitaciones separadas en pisos distintos. Grace, sin embargo, no podía descansar. Se quedó de pie frente al ventanal de su habitación, observando cómo la nieve caía en copos densos.
Hugo entró en la habitación de Grace tras llamar suavemente. Traía su computadora portátil.
—Ya está hecho —anunció Hugo, sentándose en una silla de diseño minimalista—. He enviado el correo al director del internado San Olav. Me presenté como el gestor de la 'Fundación Legado Holler'. Les dije que, tras la reestructuración del holding, estamos seleccionando instituciones de élite para realizar una donación multimillonaria destinada a infraestructuras deportivas.
Grace se giró, con una chispa de esperanza en los ojos. —¿Y aceptaron?
—Con una rapidez asombrosa —asintió Hugo con una sonrisa cínica—. El dinero abre puertas que la moralidad suele mantener cerradas. Tenemos una cita para mañana a las diez de la mañana. Nos darán un recorrido completo por las instalaciones para "convencernos" de que son los candidatos ideales para la donación.
Grace apretó los puños. —Mañana estaré en el mismo edificio que mi hijo. Hugo, si lo veo... no sé si podré contenerme.
—Tienes que hacerlo, Grace —advirtió él, levantándose y acercándose a ella—. Si causamos un escándalo antes de asegurar su salida legal, Magda moverá sus hilos y lo sacarán de Noruega en un avión privado antes de que podamos parpadear. Mañana es una misión de reconocimiento. Confirmamos que está allí, evaluamos la seguridad y luego golpeamos con la ley y la fuerza necesaria.
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En Londres, Vanessa no perdió ni un segundo. A pesar de los riesgos, sabía que no podía ir sola a un edificio abandonado en mitad de la noche. Llamó a Gael, quien, a pesar de su confusión y su reticencia inicial, no pudo negarse ante la urgencia en la voz de Vanessa.
Llegaron a la calle Wickham bajo una lluvia fina y persistente. El edificio parecía una calavera de ladrillo entre las fábricas cerradas.
—Vanessa, esto es una locura —susurró Gael, alumbrando con una linterna el suelo cubierto de escombros y cristales rotos—. ¿Qué es tan importante como para venir aquí a estas horas? Me dijiste que tenía que ver con Magda y el cofre que vi.
—Es mi vida, Gael —respondió ella, sin detenerse—. Si ese cofre contiene lo que creo, es la única forma de que tú, yo y Emma estemos a salvo de esa mujer.
Comenzaron una búsqueda exhaustiva. El primer piso estaba vacío, lleno solo de moho y restos de maquinaria vieja. Subieron por una escalera de hierro que gemía bajo su peso hasta un pequeño altillo que alguna vez fue una oficina de capataz. Vanessa comenzó a golpear las paredes de madera, buscando un sonido hueco.
—Aquí —dijo Gael, señalando un rincón donde el entarimado del suelo parecía ligeramente removido.
Con la ayuda de una palanca de hierro que Miller le había dejado en el maletero del coche, Vanessa forzó las tablas. Debajo, envuelto en el mismo terciopelo oscuro que el detective había descrito, estaba el cofre. Era una pieza de ébano con incrustaciones de plata, antigua y pesada.
Vanessa lo sacó con manos temblorosas. No estaba bajo llave; Magda confiaba en el secreto del escondite. Al abrir la tapa, el interior forrado de seda roja reveló varios documentos y, en el centro, una pequeña unidad USB de metal plateado.
Vanessa tomó la USB y la apretó contra su pecho, cerrando los ojos. Una carcajada nerviosa y triunfal escapó de sus labios, resonando en las paredes desnudas del almacén.
—La tengo... —murmuró, con los ojos brillando de una manera casi febril—. Se acabó el juego, Magda. Se acabó el chantaje.
Gael la miró con una mezcla de alivio y temor. Por primera vez en mucho tiempo, vio en Vanessa no a la mujer vulnerable que lloraba en su apartamento, sino a la depredadora que había sobrevivido a Ciudad Esmeralda. Tenía el arma en su poder, y el tablero de los Holler estaba a punto de saltar por los aires...