El aire en las inmediaciones del Internado San Olav era tan puro que resultaba hiriente. El edificio, una estructura imponente de piedra gris y ventanales reforzados, se alzaba sobre una colina nevada como una atalaya olvidada por el tiempo. Grace, envuelta en un abrigo de lana color crema que ocultaba el temblor de sus manos, caminaba junto a Hugo por el sendero perfectamente despejado de nieve.
—Recuerda, Grace —susurró Hugo mientras se acercaban a la entrada principal—, eres la representante de la Fundación. Tu hijo es solo un estudiante más aquí. Si el director sospecha que tu interés es personal, las puertas se cerrarán antes de que podamos decir una palabra.
Grace asintió, aunque el nudo en su garganta apenas le permitía respirar. El director, un hombre llamado Erik Hanssen, de cabello platino y ojos tan gélidos como el paisaje, los recibió en el vestíbulo.
—Bienvenidos a San Olav —dijo Hanssen con un inglés impecable—. Es un honor recibir el interés de una organización tan prestigiosa. Pasemos a mi oficina para discutir los detalles de la propuesta deportiva.
Tras un intercambio de cortesías y cifras astronómicas mencionadas por Hugo con una naturalidad pasmosa, el director comenzó el recorrido. San Olav era, en esencia, una jaula de oro. Pasillos silenciosos, cámaras en cada esquina y una disciplina que se sentía en el aire. Al llegar al área de recreo, un amplio salón con vistas a los fiordos, un grupo de adolescentes vestidos con uniformes azul marino realizaba ejercicios de caligrafía y lectura.
Grace recorrió las mesas con la mirada, el corazón martilleando contra sus costillas. Y entonces, lo vio.
En una mesa apartada, cerca de la ventana, estaba Thiago. Había crecido; sus hombros eran más anchos y su rostro había perdido la redondez de la infancia, pero sus ojos seguían siendo los mismos. Estaba pálido, absorto en un libro, con una expresión de soledad que le desgarró el alma a Grace. El mundo pareció detenerse. Grace sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Una lágrima solitaria, caliente y traicionera, rodó por su mejilla, seguida de otra.
—¿Se encuentra bien, señora? —preguntó Hanssen, notando la súbita rigidez de la mujer.
Hugo reaccionó con la velocidad de un rayo. Dio un paso adelante, colocándose ligeramente frente a Grace para bloquear la vista del director, mientras le apretaba el antebrazo con firmeza, casi con dolor.
—El frío de la subida le ha afectado un poco los ojos, director. La señora es muy sensible a los cambios bruscos de temperatura —dijo Hugo con una sonrisa profesional, mientras susurraba entre dientes para ella—: *Contente, Grace. Ahora no.*
Grace tomó una bocanada de aire helado, limpiándose el rostro con un movimiento rápido. —Es... es la belleza del lugar, director. Realmente conmovedor. Continuemos.
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En Londres, el ambiente era radicalmente distinto. En el centro de la sala de su apartamento, Vanessa colocó una tabla de madera sobre la mesa de centro. Encima, la pequeña unidad USB plateada brillaba bajo la luz de la lámpara como un insecto metálico.
Emma observaba desde el sofá, con las manos entrelazadas y una expresión de pánico contenido.
—Vanessa, ¿estás segura de esto? —preguntó Emma en un susurro—. ¿Y si hay copias? ¿Y si Magda tiene más?
—Si tuviera más, no habría escondido esto con tanto celo en ese cofre —respondió Vanessa. Su voz era fría, carente de la angustia que la había dominado los días anteriores—. Esta es la fuente. El original que Tomás le dio. Con esto hecho pedazos, Magda no tiene nada más que palabras. Y las palabras de una empleada despechada no valen nada frente a mi palabra.
Vanessa levantó un pesado martillo de carpintero. No hubo vacilación. El primer golpe fue certero, seco, cargado de todo el odio y el miedo acumulado. El plástico y el metal crujieron. El segundo golpe redujo los circuitos a un polvo grisáceo y astillas deformes. El tercer golpe fue por Paulino, por el secreto que la había encadenado durante tanto tiempo.
—Muerto —dijo Vanessa, mirando los restos—. Finalmente, Paulino está muerto para siempre.
Se levantó y fue hacia la cocina. Regresó con una botella de Champagne Krug y dos copas de cristal fino. El sonido del corcho al salir fue como un disparo de salida hacia su nueva vida.
—¡Brinda conmigo, Emma! —exclamó Vanessa, sirviendo el líquido burbujeante—. Hoy celebramos que las sombras ya no tienen poder sobre nosotros. ¡Por la libertad!
Emma tomó la copa con manos temblorosas, brindando con una Vanessa que reía con una alegría que rozaba la histeria.
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Mientras tanto, en la penumbra de la sala de visitas de la prisión de alta seguridad, Gael esperaba sentado frente al cristal reforzado. El sonido de las cadenas y los pasos pesados anunció la llegada de Tomás Holler.
El otrora poderoso magnate lucía demacrado. El uniforme gris le quedaba grande y su piel tenía el tono amarillento de quienes no ven la luz del sol. Gael, vestido con un traje de seda italiana perfectamente cortado, lo miró con un desprecio mal ocultado.
—Vaya, Tomás —comenzó Gael, con una sonrisa ladeada—. El imperio se ve un poco reducido desde este ángulo, ¿no crees? He venido a ver cómo se desmorona el gran titán.
Tomás se sentó lentamente, tomando el auricular. Sus ojos, sin embargo, no habían perdido su brillo depredador. —Gael. El pequeño parásito que finalmente cree que tiene colmillos. ¿Has venido a restregarme tu "éxito"? Sabes que todo lo que tienes, hasta el aire que respiras, fue porque yo lo permití.
—Eso era antes —replicó Gael, inclinándose hacia el cristal—. Ahora Grace tiene el control, Vanessa es libre de tus hilos y yo... yo solo estoy aquí para asegurarme de que entiendas que vas a morir en este agujero. No queda nada para ti fuera de estas paredes.
Tomás soltó una carcajada ronca, un sonido seco que erizó la piel de Gael. —Eres tan ingenuo, muchacho. Crees que porque quemaron algunos archivos y ganaron un juicio, el juego terminó. Yo no soy un hombre, soy un sistema. ¿Crees que Vanessa está a salvo? ¿Crees que Magda se quedará de brazos cruzados?