El eco del brindis aún resonaba en las paredes del lujoso departamento de Vanessa cuando el cristal de la realidad comenzó a resquebrajarse. Emma, tras haber tomado apenas un sorbo del costoso champagne, dejó la copa sobre la mesa con un movimiento errático. Su rostro, que segundos antes intentaba forzar una sonrisa, se tornó de un color cenizo, casi traslúcido.
—Vanessa... no me siento bien —susurró Emma, llevándose una mano al vientre y la otra a la sien. Sus ojos se pusieron en blanco por un instante antes de que sus rodillas cedieran.
Vanessa, que aún sostenía su copa con una expresión de triunfo, sintió que el corazón se le detenía. El pánico, frío y punzante, sustituyó a la euforia del alcohol. ¡El embarazo! La culpa la golpeó como un mazo físico. Había estado tan absorta en su propia liberación, tan obsesionada con destruir esa maldita USB, que había olvidado la fragilidad del estado de su amiga.
—¡Emma! ¡No, no, no! —gritó Vanessa, soltando su copa, que se hizo añicos contra el suelo, mezclándose con los restos de la unidad USB—. ¡Emma, mírame! ¡Abre los ojos!
Pero Emma no respondió. Su cuerpo yacía inerte sobre la alfombra. Vanessa, al borde de la histeria, intentó levantarla. El peso muerto de su amiga la obligó a usar todas sus fuerzas. Entre sollozos y maldiciones, logró arrastrarla hacia la salida, con la mente nublada por el terror de perder lo único puro que le quedaba en su turbulento mundo.
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En Noruega, el aire dentro del Internado San Olav parecía haberse vuelto más espeso. Grace caminaba por el pasillo principal, escoltada por el Director Hanssen y Hugo. Sus ojos, sin embargo, estaban anclados en la figura de Thiago a través del cristal del salón. Lo veía mover la pluma sobre el papel, tan cerca y a la vez en otro universo. Cada fibra de su ser le gritaba que corriera hacia él, que rompiera el cristal y lo estrechara entre sus brazos.
El Director Hanssen, un hombre entrenado para detectar las grietas en el comportamiento humano, se detuvo y la observó con una ceja alzada.
—Señora... parece que tiene un interés particular en ese joven en concreto —comentó Hanssen con una voz que pretendía ser casual, pero cargada de sospecha—. Es un chico brillante, aunque algo... retraído.
—Es solo que... me recuerda a alguien —logró articular Grace, forzando una calma que no sentía.
—Entiendo. Por favor, acompáñeme a mi oficina. Debemos formalizar los documentos de la donación antes de que la junta directiva se retire —dijo Hanssen, señalando una puerta de madera maciza al final del corredor—. Señor Hugo, ¿le importaría acompañarme un momento a la secretaría? Olvidé recoger los anexos del contrato original.
Hugo intercambió una mirada rápida con Grace. Su instinto de protección estaba en alerta máxima. La desconfianza le recorría la columna vertebral, pero no podía negarse sin levantar sospechas definitivas.
—Ve, Grace. Yo alcanzaré al director —dijo Hugo, intentando transmitirle seguridad con la mirada mientras seguía a Hanssen en dirección opuesta.
Grace caminó sola hacia la oficina del director. Cada paso era un eco sordo en la alfombra roja. Al llegar, empujó la pesada puerta. El despacho estaba en penumbra, iluminado solo por la luz grisácea que entraba por el ventanal y el resplandor de una chimenea eléctrica. En el centro de la habitación, sentada en la silla principal con una elegancia depredadora, estaba Magda.
Grace se quedó petrificada. El frío del exterior no era nada comparado con el hielo que sintió en las venas al ver la sonrisa triunfal de la mujer que le había arrebatado todo.
—Llegas tarde a la firma, Grace —dijo Magda, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Pero supongo que ver a Thiago después de tanto tiempo te distrajo.
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El hospital de Londres era una vorágine de luces blancas y olores antisépticos. Gael irrumpió por las puertas de emergencias con el pecho agitándose violentamente. Encontró a Vanessa sentada en una silla de plástico, con la mirada perdida en sus manos manchadas de la cal que Emma había rozado al caer. Se veía pequeña, derrotada, una sombra de la mujer que horas antes celebraba su victoria.
—¡Vanessa! ¿Qué pasó? ¿Cómo está ella? —exclamó Gael, arrodillándose frente a ella.
Vanessa levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre. —Fui una estúpida, Gael... Estaba tan feliz de haber destruido las pruebas... que la obligué a brindar. Se desmayó. Otra vez. Si algo le pasa al bebé... si algo le pasa a ella, no me lo perdonaré.
—Cálmate, por favor —pidió Gael, aunque él mismo estaba temblando.
Minutos después, un médico de mediana edad salió del área de observación. Su expresión era seria pero profesional.
—¿Familiares de Emma? —preguntó. Ambos se levantaron de inmediato—. La paciente ha sufrido un episodio de preeclampsia severa debido a un alto nivel de estrés y, posiblemente, a una reacción adversa. Hemos logrado estabilizarla, pero el riesgo de parto prematuro es inminente. Deberá permanecer ingresada, bajo vigilancia absoluta, hasta que llegue la fecha del parto. No puede haber más sobresaltos. Su vida y la del bebé dependen de un reposo total.
Vanessa se dejó caer en la silla, tapándose la cara. Gael suspiró, sintiendo el peso de una nueva cadena, pero al menos Emma estaba viva.
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En la oficina del internado en Noruega, el enfrentamiento había llegado a su punto de ebullición.
—¿Cómo te atreves a estar aquí? —escupió Grace, dando un paso hacia el escritorio—. ¡Este es el final, Magda! Sé que lo tienes aquí, sé que lo has mantenido como un rehén emocional. ¡Soy su madre y tengo todos los derechos legales sobre él! ¡No me iré de este país sin mi hijo!
Magda se levantó lentamente. Su rostro, generalmente una máscara de porcelana, se deformó en una mueca de odio puro.
—¿Derechos? Tú no tienes derechos, Grace. Tú solo eres una intrusa que intentó destruir a la familia Holler desde adentro —dijo Magda, rodeando el escritorio—. Thiago es el futuro de este legado. Él no necesita a una madre débil y sentimental. Él necesita la disciplina y el poder que solo yo puedo darle.