Luna Roja

Capitulo 108

El tiempo se dilató en el despacho del Director Hanssen. El dedo de Magda se flexionaba sobre el gatillo, sus nudillos blancos por la tensión y el odio. Grace cerró los ojos, aceptando el destino en un suspiro, con la imagen de Thiago grabada en su mente. Pero el estallido seco de la pólvora no fue seguido por el vacío de la muerte para ella, sino por un grito gutural que desgarró el silencio.

—¡¡NO!!

La puerta se abrió de golpe justo cuando el proyectil abandonaba el cañón. Hugo, que había logrado zafarse de la retención del director tras escuchar los primeros gritos, se lanzó como un resorte humano. No hubo cálculo, solo instinto. El impacto de la bala lo golpeó de lleno en el hombro derecho, lanzándolo hacia atrás. El estruendo fue ensordecedor en el espacio cerrado.

—¡Hugo! —el grito de Grace fue un desgarro de puro terror.

Hugo cayó pesadamente sobre la alfombra, su sangre carmesí tiñendo el tejido blanco con una rapidez aterradora. Antes de que Magda pudiera apuntar de nuevo, el despacho se llenó de hombres uniformados. La policía noruega, alertada discretamente por Hugo antes de entrar al internado como medida de precaución, irrumpió con las armas en alto.

—¡Slipp våpenet! ¡Suelte el arma! —tronó una voz autoritaria.

Magda, con los ojos desorbitados y el cabello desordenado, miró hacia el ventanal, considerando por un segundo lanzarse al vacío antes que entregarse. Pero dos oficiales la interceptaron, derribándola y sometiéndola contra el suelo. El metal de las esposas cerrándose sobre sus muñecas fue el sonido final de su reinado de terror.

Grace se desplomó de rodillas al lado de Hugo. Él estaba pálido, con la respiración entrecortada y una mancha de sangre que se extendía rápidamente por su abrigo.

—Hugo, quédate conmigo, por favor... —sollozó Grace, presionando la herida con sus manos temblorosas—. ¡Necesito una ambulancia! ¡Ambulanse! ¡Nå!

—Estoy... estoy bien, Grace... —logró decir Hugo, forzando una sonrisa que terminó en una mueca de agonía—. El chico... Thiago está a salvo ahora. Eso es lo único que importa.

Mientras los paramédicos subían por las escaleras del internado, Grace sostenía la mano de Hugo, sintiendo el frío de la nieve exterior colarse por la habitación, pero también el calor de una lealtad que casi le cuesta la vida a su protector.

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A miles de kilómetros de allí, en la penumbra de la prisión de máxima seguridad, Tomás Holler caminaba por el patio de concreto. Su caída desde la cima del mundo financiero lo había dejado vulnerable, pero un Holler nunca dejaba de buscar el poder, incluso en el fango.

Se detuvo frente a un banco de pesas donde un hombre de constitución masiva y cicatrices que contaban historias de guerras callejeras terminaba su rutina. Era Morell, el líder indiscutible de "La Hermandad", la banda que controlaba desde el tráfico de cigarrillos hasta la vida de los guardias.

—He oído que tienes problemas de logística, Morell —dijo Tomás, manteniendo una distancia prudente pero con la voz firme—. Y yo tengo recursos que incluso este agujero no puede bloquear.

Morell soltó la barra de metal y miró a Tomás con curiosidad cínica. —El gran banquero quiere ensuciarse las manos. ¿Qué podrías ofrecerme tú, Holler? Aquí tus millones son solo papel higiénico.

—Mis millones pueden comprar voluntades fuera de estos muros que faciliten lo que tú estás planeando —respondió Tomás, bajando la voz—. Sé que hay una rebelión cocinándose. Sé que quieres la libertad tanto como yo. Tú pones los músculos y el caos; yo pongo la estrategia y el transporte una vez que crucemos el muro.

Morell se acercó, invadiendo el espacio personal de Tomás. El olor a sudor y tabaco era abrumador. Tras unos segundos de tensión, el criminal soltó una carcajada ronca.

—Una rebelión es un asunto sangriento, banquero. Habrá fuego, habrá muertos. Si quieres ser parte de mi plan de escape, tendrás que demostrar que puedes ver la sangre sin desmayarte.

—He destruido vidas con un solo clic de ratón, Morell —replicó Tomás con una frialdad que impresionó al criminal—. Ver un poco de fuego será como volver a casa.

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En Londres, la calma después de la tormenta se sentía pesada en la habitación del hospital. Emma estaba recostada, conectada a los monitores que vigilaban el latido de su bebé. Vanessa entró lentamente, con un ramo de peonías blancas que parecían vibrar en sus manos nerviosas.

—Emma... —la voz de Vanessa se quebró antes de empezar—. Yo... no sé cómo pedirte perdón. Mi egoísmo, mi necesidad de celebrar... casi te cuesta todo. Soy la peor amiga del mundo.

Se sentó al borde de la cama, ocultando su rostro entre las manos, dejando que las lágrimas que había contenido durante horas fluyeran libremente. Emma, con un esfuerzo visible, extendió la mano y acarició el cabello de Vanessa.

—Shh, basta, Vanessa —dijo Emma suavemente—. No fue tu culpa. El estrés ya estaba ahí, Magda ya estaba ahí. Tú solo querías ser libre, y yo quería eso para ti. Eres mi mejor amiga, mi única familia de verdad. No te culpes por un brindis. El bebé está bien, yo estoy bien. Estamos juntas en esto.

Vanessa levantó la vista, conmovida por la generosidad de Emma. Se abrazaron en un gesto de reconciliación profunda, una alianza de mujeres que habían sobrevivido al infierno.

En ese momento, el teléfono de Vanessa, que descansaba sobre la mesa de noche, comenzó a vibrar. El nombre "GRACE" parpadeaba en la pantalla. Vanessa contestó de inmediato, presintiendo que algo grave había ocurrido.

—¿Grace? ¿Qué pasó? ¿Estás con Thiago?

La voz de Grace llegó desde el otro lado, entrecortada por el llanto y el sonido de sirenas de fondo.

—Vanessa... fue una emboscada. Magda... ella tenía un arma. Iba a matarme, pero Hugo... Hugo se interpuso. Le dispararon, Vanessa. Lo están subiendo a una ambulancia ahora mismo, va camino a cirugía. Hay sangre por todas partes... no sé si va a lograrlo.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 18.02.2026

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