Luna Roja

Capitulo 110

La nieve noruega seguía cayendo, pero para Grace, el frío ya no calaba. El internado, antes una fortaleza de soledad y secretos, se había transformado en el escenario del momento que había mantenido su corazón latiendo durante casi dos décadas.

En una sala privada decorada con maderas claras y una chimenea que chisporroteaba, Grace esperaba de pie. Cuando la puerta se abrió, el tiempo se detuvo. Thiago entró, con los hombros tensos y una expresión que oscilaba entre la desconfianza y la esperanza más pura. A sus 18 años, era el vivo retrato de la juventud interrumpida: alto, con la mandíbula firme de los Holler, pero con los ojos profundos y melancólicos de su madre.

—Thiago... —el nombre salió de los labios de Grace como una oración.

Él no se movió al principio. La miró intensamente, tratando de encontrar en su rostro las facciones que solo conocía por sueños borrosos y fotos robadas.

—¿Eres tú de verdad? —preguntó Thiago con la voz quebrada—. ¿No eres otra mentira de mi padre?

Grace caminó hacia él, con las manos extendidas. —No soy una mentira, mi amor. Soy el pedazo de alma que te arrancaron. He cruzado océanos de miedo solo para volver a verte.

Thiago rompió a llorar. No fue un llanto silencioso, sino un sollozo catártico, el lamento de un niño que había crecido creyendo que no era lo suficientemente importante para que su madre se quedara. Grace lo rodeó con sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho, sintiendo el latido acelerado de su hijo.

—Me dijeron que no me querías... —balbuceó Thiago entre lágrimas—. Mi abuela decía que habías elegido otra vida, que yo era una carga para tus ambiciones.

—¡Mírame, Thiago! —Grace lo tomó del rostro, obligándolo a ver la verdad en sus ojos—. Tu padre y Magda son arquitectos del dolor. Me encerraron, me amenazaron, me hicieron creer que si me acercaba a ti, te harían daño. Pasé cada noche de estos dieciocho años contando los minutos para este abrazo. Ellos nos robaron el pasado, pero te juro, por mi vida, que no les dejaremos tocar nuestro futuro. Nunca más estaremos separados. Te lo prometo.

Thiago la abrazó de nuevo, esta vez con la fuerza de quien se aferra a un salvavidas en medio de la tormenta. Dieciocho años de vacío empezaron a llenarse con el calor de una madre que se negaba a volver a soltarlo.

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A pocos kilómetros de allí, en el hospital de la ciudad, el ambiente era de victoria. Hugo, con el brazo en un cabestrillo pero con un color mucho más saludable en las mejillas, firmaba los papeles de su alta médica. Vanessa estaba a su lado, sosteniendo su chaqueta y una pequeña bolsa con medicamentos.

—¿Seguro que no necesitas la silla de ruedas hasta el taxi? —preguntó Vanessa con tono protector.

—Vane, me dispararon en el hombro, no en las piernas —bromeó Hugo, aunque una punzada de dolor le recordó su vulnerabilidad—. Además, tengo prisa por salir de aquí. El aire de los hospitales me da hambre.

Vanessa se rió, una risa clara que no se había escuchado en mucho tiempo. Lo ayudó a ponerse el abrigo con extrema delicadeza. Antes de salir de la habitación, ella lo detuvo, poniendo sus manos sobre su pecho.

—Gracias por volver conmigo, Hugo. En serio.

—Gracias a ti por no dejarme ir —respondió él, dándole un tierno beso en los labios—. Vámonos a casa. Londres nos espera, y esta vez, vamos a entrar por la puerta grande.

El viaje de regreso fue tranquilo. Mientras el avión sobrevolaba el Mar del Norte, Vanessa apoyó la cabeza en el hombro sano de Hugo. Ambos miraban por la ventanilla, dejando atrás las montañas heladas de Noruega, sintiendo que finalmente habían cerrado un capítulo de sangre y sacrificio.

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SEIS MESES DESPUÉS...

La prisión de máxima seguridad de "Blackwood" era una olla a presión a punto de estallar. Durante medio año, Tomás Holler había dejado de ser el banquero arrogante para convertirse en la sombra estratégica detrás de Morell. Había usado su conocimiento sobre flujos de dinero para sobornar a dos guardias clave y su capacidad analítica para encontrar las debilidades en el sistema de cámaras de seguridad.

La noche era cerrada y una tormenta eléctrica ocultaba los ruidos metálicos que provenían del bloque C.

—Es la hora, banquero —susurró Morell en la oscuridad del patio, sosteniendo una vara de metal afilada—. ¿Estás listo para el caos?

Tomás asintió, con una frialdad que asustaría a sus antiguos socios de la ciudad. —El generador caerá en tres, dos, uno...

Un estallido sordo sacudió la prisión y todas las luces se apagaron. De inmediato, la cacofonía comenzó: gritos de guerra, el sonido de las celdas abriéndose mediante el puenteo eléctrico que Tomás había diseñado, y el olor a humo.

La revuelta fue brutal. Los presos, liderados por la fuerza bruta de Morell, arrollaron a los guardias en el ala oeste. Tomás, sin embargo, no se unió a la pelea sin sentido. Él se movía con precisión quirúrgica, dirigiéndose a la sala de control mientras el fuego comenzaba a lamer las paredes de la prisión.

—¡Fuego en el bloque B! ¡Necesitamos refuerzos! —se escuchaba por las radios de los guardias caídos.

Morell y Tomás llegaron al muro perimetral. Una furgoneta negra, pagada con los fondos que Tomás había logrado desviar desde una cuenta oculta en las Islas Caimán meses atrás, esperaba con el motor en marcha en el camino de tierra exterior.

La catástrofe era total: la prisión ardía, y las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos, pero ya era tarde. Morell saltó el muro con una agilidad sorprendente, seguido por Tomás.

Antes de subir al vehículo, Tomás se giró para mirar el incendio que iluminaba el cielo nocturno. Una sonrisa torva apareció en su rostro. Ya no era el hombre de negocios de traje impecable; era un prófugo con sed de poder y una lista de nombres que debían pagar por su caída.

—Londres está a solo unas horas de aquí —dijo Tomás al subir a la furgoneta—. Prepárate, Morell. La familia Holler siempre recupera lo que es suyo.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 18.02.2026

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