Luna Roja

Capitulo 111

La lluvia golpeaba suavemente los ventanales del ático en Londres, creando una melodía hipnótica que aislaba al mundo exterior. Dentro, la calidez de las velas y el aroma a sándalo envolvían a Vanessa y Hugo. Después de meses de persecuciones, balas y miedo constante, finalmente estaban solos, sin sombras que los acecharan, o eso creían.

La entrega entre ambos fue lenta y profunda, un lenguaje de piel y susurros que buscaba borrar las cicatrices de las últimas semanas. El hombro de Hugo, aunque marcado por la reciente cirugía, no fue impedimento para que sus brazos rodearan a Vanessa con una urgencia protectora. En la penumbra, sus cuerpos se movieron con la sincronía de quienes han estado a punto de perderse y ahora se aferran a la vida con cada fibra de su ser. Fue una comunión de alivio y deseo, un acto de reafirmación en el que el mundo, con sus conspiraciones y peligros, simplemente dejó de existir por un par de horas.

Cuando el silencio regresó a la habitación, Hugo se quedó recostado, con Vanessa acurrucada contra su pecho. Ella se quedó dormida por unos minutos, arrullada por el latido rítmico de su corazón. Sin embargo, el instinto de Hugo, forjado en años de vigilancia, nunca descansaba del todo. Estiró el brazo y tomó su portátil de la mesa de noche, con el brillo de la pantalla iluminando su rostro en la oscuridad.

—Solo un vistazo rápido... —susurró para sí mismo, tratando de no despertar a Vanessa.

Abrió el portal de noticias internacionales y lo primero que vio, resaltado en letras rojas de última hora, lo dejó helado.

CAOS EN BLACKWOOD: MOTÍN Y FUGA MASIVA".

Sus ojos recorrieron febrilmente las líneas de texto. La noticia hablaba de una revuelta coordinada, incendios y guardias hospitalizados. Pero fue al final, en la lista preliminar de los internos desaparecidos, donde su sangre se convirtió en hielo.

“...entre los fugitivos se encuentra el exbanquero Tomás Holler, quien cumplía condena por fraude y nexos con el crimen organizado...”*

Hugo cerró la pantalla con un golpe seco, pero el ruido despertó a Vanessa. Ella parpadeó, notando de inmediato la rigidez en el cuerpo de Hugo y la expresión de puro impacto en sus ojos.

—¿Hugo? ¿Qué pasa? —preguntó ella, incorporándose y frotándose los ojos—. Pareces haber visto a un fantasma.

Hugo la miró, debatiéndose entre el silencio y la verdad, pero sabía que no podía ocultarle esto. —Tomás... se escapó, Vanessa. Hubo una revuelta en la prisión esta noche. Él está fuera.

Vanessa sintió como si el aire se evaporara de la habitación. Sus manos empezaron a temblar y se llevó una a la boca, tratando de contener un grito de pánico. El refugio seguro que acababan de construir se desmoronó en un segundo.

—No... no puede ser —susurró ella, con los ojos llenos de un miedo primitivo—. Él va a venir por nosotros, Hugo. Él no va a parar hasta vernos muertos.

Hugo la tomó por los hombros, tratando de transmitirle una seguridad que él mismo empezaba a dudar. —No dejaré que se acerque, Vane. Lo juro. Pero el juego ha cambiado. Tomás ya no es un preso; es un animal herido y libre.

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Mientras tanto, en una suite privada de un hospital londinense, la atmósfera era radicalmente distinta. Emma estaba sentada en su cama, rodeada de máquinas que monitoreaban su recuperación, pero su rostro se iluminó cuando la puerta se abrió.

Gael entró cargando un objeto tan grande que casi no dejaba ver su rostro: un oso de peluche gigante, de un color café suave, que parecía ocupar la mitad de la habitación. En su otra mano, sostenía un ramo de rosas rojas tan fragantes que su aroma inundó el ambiente clínico de inmediato.

—¿Cómo está mi guerrera favorita hoy? —preguntó Gael con una sonrisa llena de adoración.

Emma soltó una pequeña risa, una mezcla de sorpresa y deleite. —¡Gael! Es enorme... casi no cabemos los tres en la habitación.

Gael dejó el oso en un sillón cercano y se acercó a la cama, entregándole las rosas. Se inclinó y besó su frente con una ternura que hizo que Emma cerrara los ojos, disfrutando de ese momento de paz.

—Sé que te sientes frágil ahora, Emma, pero para mí sigues siendo la mujer más fuerte que he conocido —dijo Gael, tomando su mano con delicadeza—. Este oso es para que me sustituya cuando no pueda estar aquí, para que te abrace fuerte. Y las flores... bueno, son para recordarte que la vida vuelve a florecer, sin importar lo duro que sea el invierno.

Emma, con lágrimas de felicidad asomando en sus ojos, tiró suavemente de la mano de Gael para que se acercara más. —Gracias por no soltarme, Gael. A veces tengo miedo de que esto sea solo un sueño y que, cuando despierte, siga sola en la oscuridad.

—Nunca más estarás sola —le aseguró él, besando sus nudillos—. Voy a estar a tu lado en cada paso de esta recuperación. Eres mi prioridad, Emma. Siempre.

En esa habitación, entre el peluche y el aroma de las rosas, la fragilidad de Emma encontró un pilar de hierro donde sostenerse.

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Lejos del romanticismo del hospital y del lujo del ático, un aeródromo abandonado en las afueras de la ciudad servía como refugio temporal. El viento silbaba entre los hangares oxidados. Tomás Holler, todavía con la ropa sucia y manchada por el hollín del motín, observaba el horizonte con impaciencia. A su lado, Morell limpiaba una herida en su brazo con un trapo sucio.

—Hicimos un buen trabajo, banquero —dijo Morell con una sonrisa desdentada—. Ahora, ¿dónde está el pago?

—No te preocupes por tu dinero, Morell. Está en camino —respondió Tomás con frialdad, sin siquiera mirarlo.

El sonido de un motor de alta gama rompió el silencio del campo. Un par de luces LED blancas cortaron la neblina, y un imponente Lamborghini negro mate se detuvo frente a ellos con una elegancia depredadora. De la puerta del conductor descendió una mujer que parecía salida de una revista de negocios de élite: Nadia Volkova. Vestía un abrigo largo de cachemira gris y sus ojos, fríos como el acero siberiano, analizaron la escena con desdén.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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