El Lamborghini negro se detuvo frente a un rascacielos de cristal en la zona más exclusiva de Canary Wharf. Nadia Volkova apagó el motor y miró a Tomás Holler, quien observaba el edificio con una mezcla de hambre y nostalgia. No era solo un edificio; era el símbolo del mundo al que pertenecía y del que nunca debió ser expulsado.
—Bienvenido a tu nueva base de operaciones, Tomás —dijo Nadia, su voz suave pero cargada de una autoridad fría.
Subieron en un ascensor privado que los dejó directamente en un penthouse de dos pisos. El lugar era un santuario de minimalismo y lujo: suelos de mármol negro, muebles de diseño italiano y ventanales que ofrecían una vista panorámica de un Londres iluminado por la luna. Tomás caminó por la estancia, sintiendo la suavidad de la alfombra bajo sus pies, un contraste violento con el cemento frío de la celda.
—Necesitas deshacerte de ese olor, Tomás. Me ofende —comentó Nadia, quitándose el abrigo y revelando un vestido de seda que se ajustaba a su figura como una segunda piel.
Tomás no necesitó que se lo dijera dos veces. Se dirigió al baño principal, una estancia revestida de piedra volcánica con una bañera de hidromasaje que parecía una piscina pequeña. Se despojó de la ropa sucia, esas prendas que apestaban a sudor, humo y desesperación, y las dejó caer como si fueran la piel muerta de una serpiente. Bajo el agua hirviente, cerró los ojos, dejando que el vapor limpiara no solo su cuerpo, sino los restos de la humillación que había sufrido.
Cuando salió, envuelto en una bata de seda negra, encontró a Nadia en el salón, sirviendo dos copas de un whisky cuya botella costaba más de lo que un hombre promedio ganaba en un año. Ella lo observó de arriba abajo. El Holler que tenía delante ya no era el fugitivo desaliñado, sino el depredador que ella recordaba.
—Mejor —dijo ella, acercándose con una copa.
Tomás tomó la copa, pero sus dedos rozaron los de Nadia deliberadamente. La tensión entre ambos no era nueva; era una atracción basada en la ambición compartida y la falta de escrúpulos.
—Me has sacado del infierno, Nadia. Pero sé que no lo hiciste solo por los honorarios —susurró Tomás, acortando la distancia.
—Me gustan las apuestas de alto riesgo, Tomás. Y tú eres la más alta de todas —respondió ella, con una sonrisa gélida—. Además, un hombre con tu rabia... es muy útil cuando se sabe canalizar.
Tomás dejó la copa en una mesa cercana y tomó a Nadia por la cintura, atrayéndola hacia él con una fuerza que buscaba reafirmar su existencia. Ella no retrocedió; por el contrario, enredó sus dedos en el cabello de él, respondiendo con una voracidad que convirtió el juego de poder en un incendio. Esa noche, en la cima del mundo, ambos se fundieron en una intimidad fogosa y oscura, una alianza sellada no con contratos, sino con el deseo de dominarlo todo.
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A cientos de kilómetros de allí, en una pequeña cabaña segura en la costa noruega, la mañana nacía con una paz que Grace nunca creyó posible. Sentada en el porche, observaba a Thiago, quien dibujaba en un cuaderno mientras tomaba un café. La luz del sol invernal hacía que el cabello de su hijo brillara, y Grace no podía dejar de mirarlo, como si temiera que, al parpadear, él desapareciera.
—Mamá, deja de mirarme así, me vas a desgastar —bromeó Thiago, levantando la vista con una sonrisa juguetona.
—Lo siento, hijo. Es que... todavía me cuesta creer que estás aquí. Que finalmente somos solo nosotros —respondió Grace, acercándose para acariciar su hombro—. ¿Qué dibujas?
—El mar. Es tan diferente aquí que en Londres. Aquí parece que tiene historias que contar, no solo barcos que transportar —explicó el joven con una sensibilidad que a Grace le recordaba a sí misma antes de que los Holler la quebraran.
Pasaron la hora siguiente hablando de cosas triviales: música, los libros favoritos de Thiago, sus planes de estudiar arquitectura. Grace se sentía ligera, casi feliz. Pero esa paz fue interrumpida por el zumbido de su teléfono sobre la mesa.
Al desbloquear la pantalla, el titular de la noticia internacional golpeó su pecho como un mazo.
"ALERTA: TOMÁS HOLLER SE FUGA DE PRISIÓN TRAS MOTÍN SANGRIENTO".
El color abandonó el rostro de Grace de inmediato. Su mano empezó a temblar tanto que casi suelta el dispositivo. El dibujo de Thiago pasó a un segundo plano; de repente, el aire volvió a oler a miedo.
—¿Mamá? ¿Qué pasa? Estás pálida —preguntó Thiago, levantándose con preocupación.
Grace no pudo responder de inmediato. Miró a su hijo, el tesoro que tanto le había costado recuperar, y sintió el peso de una sombra que creía haber dejado atrás. Tomás estaba libre. Y si algo sabía de él, era que no se escondería para siempre. Vendría a reclamar su "propiedad".
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En el hospital de Londres, el ambiente era eléctrico y cargado de tensión. Vanessa y Hugo, con ojeras profundas y rostros demacrados, caminaban por el pasillo hacia la sala de espera donde Gael descansaba brevemente.
Gael se levantó al verlos llegar. —¿Qué noticias hay? ¿Por qué esa cara?
Hugo suspiró, pasando una mano por su cabello. —Gael, tienes que prepararte. Las noticias de la prisión son oficiales. Hubo un motín masivo anoche... y Tomás Holler se escapó.
Gael se quedó petrificado. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. —¿Escapó? ¿Me estás diciendo que después de todo lo que pasamos, de casi morir, de que Emma terminara en una cama de hospital... ese bastardo está en la calle?
—Lo ayudaron desde adentro, Gael —añadió Vanessa con voz temblorosa—. Es una burla a la justicia. Ese hombre es un monstruo y ahora no tiene nada que perder.
—¡Maldita sea! —estalló Gael, golpeando la pared lateral—. ¡Nadie está a salvo! Si él está fuera, Emma es su primer objetivo, y mi hijo...
La rabia de Gael era palpable, una energía volcánica que amenazaba con destruir todo a su alrededor. Pero sus palabras fueron cortadas por la aparición repentina del Dr. Aris, quien salió de la unidad de cuidados intensivos con una expresión de urgencia absoluta.