Luna Roja

Capitulo 113

El aire denso y viciado de la prisión de mujeres de Brixton no parecía perturbar a Nadia Volkova. Caminaba por los pasillos de baldosas amarillentas con la seguridad de quien posee las llaves del reino, ignorando las miradas cargadas de odio de las reclusas. Llevaba bajo el brazo un maletín de cuero fino y en su rastro dejaba un rastro de perfume francés que resultaba insultante en aquel lugar.

Tras una serie de firmas en despachos privados y la transferencia de una suma de dinero que habría hecho palidecer a cualquier funcionario honesto, las puertas de acero se abrieron. Magda Holler salió de las sombras, vestida con el uniforme gris, pero manteniendo la espalda tan recta como si llevara un vestido de gala. Sus ojos, endurecidos por el encierro, se clavaron en Nadia.

—Tu equipaje y tu ropa están en el coche —dijo Nadia con una sonrisa profesional y gélida—. Bienvenida a la libertad, señora Holler.

Minutos después, ambas estaban instaladas en la parte trasera de un coche de lujo blindado. Magda observaba por la ventana cómo los muros de la prisión quedaban atrás, pero su rostro no mostraba gratitud, sino una sospecha profunda.

—¿Quién eres exactamente, Nadia? —preguntó Magda, su voz rasposa pero autoritaria—. Sé que eres abogada, pero no eres la típica leguleya que mi hijo contrataría solo por su cerebro.

Nadia se cruzó de piernas, acomodando su falda de diseñador. —Soy la persona que ha mantenido el imperio de Tomás a flote mientras tú y él jugaban a ser mártires. Soy su aliada, su estratega y, por el momento, su único vínculo con la realidad.

Magda soltó una risa seca, carente de humor. —Te observo, niña. Veo cómo hablas de él. No te equivoques, Tomás es mi sangre, y yo conozco sus debilidades. No confío en ti, ni en tus intenciones "desinteresadas". Tienes esa mirada de quien quiere quedarse con el trono, no solo sentarse al lado de él. Si intentas manipular a mi hijo para tus propios fines, descubrirás que incluso vieja y cansada, puedo ser más peligrosa que cualquier fiscal.

Nadia no se inmutó. —La desconfianza es una virtud en nuestra familia, Magda. Pero ahora mismo, me necesitas tanto como yo necesito que mantengas a Tomás enfocado. El odio es un buen combustible, pero la ceguera es un error que no podemos permitirnos.

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En Noruega, el viento soplaba con una fuerza inusual, agitando los pinos que rodeaban la cabaña. Grace estaba de pie junto a la ventana, sosteniendo el teléfono contra su oreja con tanta fuerza que le dolían los nudillos. Al otro lado de la línea, la voz de Hugo sonaba agotada, filtrada por la estática y el ruido de fondo de un hospital.

—Es verdad entonces... —susurró Grace, con la mirada perdida en el bosque—. Realmente está fuera.

—Sí, Grace. Tomás se escapó y no está solo —respondió Hugo con gravedad—. Nadia Volkova lo sacó. Están operando desde las sombras y no sabemos cuál será su primer movimiento.

Grace miró hacia el sofá, donde Thiago leía un libro, ajeno por completo a la magnitud del peligro que acechaba. Sintió una punzada de terror en el estómago.

—Hugo, estar aquí ya no es seguro —dijo ella, bajando la voz para que su hijo no la oyera—. Noruega es un escondite, pero para Tomás es solo un mapa con un punto rojo. Él conoce mis miedos, sabe cómo rastrearme si se lo propone. Thiago es su trofeo, su forma de castigarme.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Hugo, preocupado.

—Voy a desaparecer de verdad —sentenció Grace con una resolución que le quemaba la garganta—. Voy a llevarme a Thiago lejos de Europa, lejos de cualquier lugar donde el apellido Holler tenga peso. No puedo esperar a que la policía lo encuentre, porque no lo harán a tiempo. Si Tomás viene por nosotros, no me encontrará llorando en un rincón. Me encontrará a diez mil kilómetros de distancia y con otra identidad. Cuídate, Hugo. Y por favor... dile a Vanessa que lo lamento.

Colgó antes de que Hugo pudiera replicar, sintiendo que el suelo bajo sus pies era cristal a punto de romperse.

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El hospital de Londres se había convertido en un laberinto de silencio sepulcral. Gael estaba sentado en una silla de plástico en la sala de espera, con las manos entrelazadas y la mirada fija en las puertas batientes del quirófano. Vanessa estaba a su lado, sosteniéndole la mano, rezando oraciones que no recordaba haber pronunciado en años.

Pasaron tres horas que parecieron siglos antes de que el Dr. Aris apareciera. Su bata blanca estaba arrugada y sus ojos reflejaban una derrota que Gael se negó a aceptar al principio.

—¿Doctor? —Gael se puso en pie de un salto, con el corazón martilleando contra sus costillas.

El médico suspiró y bajó la vista un segundo antes de hablar. —Señor... tuvimos que proceder con una cesárea de emergencia. La condición de Emma era crítica; su cuerpo no estaba respondiendo al trabajo de parto y el estrés cardíaco era demasiado para ambos.

—¿Y el bebé? —intervino Vanessa, con la voz quebrada.

Una pequeña chispa de alivio cruzó el rostro del doctor. —El niño ha nacido. Es pequeño, es prematuro, pero es un luchador. Está en la unidad de cuidados intensivos neonatales, bajo observación constante. Sus pulmones están respondiendo bien.

Gael sintió un nudo de alegría amarga, pero la expresión del médico no cambió. —¿Y Emma? Doctor, lléveme con ella.

El Dr. Aris puso una mano en el hombro de Gael, un gesto que se sintió como una sentencia. —Hicimos todo lo posible, señor. Pero durante la intervención, Emma sufrió una hemorragia severa seguida de un paro respiratorio. Logramos estabilizar sus signos vitales, pero... ella dejó de responder.

—¿Qué quiere decir con que dejó de responder? —preguntó Gael, con la voz temblando por la rabia y el miedo.

—Emma ha entrado en un estado de coma profundo —explicó el médico con pesar—. Su cerebro ha sufrido una falta de oxígeno prolongada y su cuerpo parece haberse apagado para intentar recuperarse del trauma. No sabemos cuándo despertará... o si lo hará.



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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