El pasillo que conducía a la unidad de cuidados intensivos parecía haberse estirado hasta el infinito. Para Gael, cada paso pesaba como si arrastrara cadenas de plomo. El zumbido constante de las máquinas y el olor penetrante a desinfectante se le metían en los poros, recordándole la fragilidad de la vida que intentaba proteger. Cuando finalmente cruzó el umbral de la habitación de Emma, el corazón se le encogió tanto que sintió un dolor físico en el esternón.
Emma estaba allí, pero no estaba. Su cuerpo, siempre tan lleno de gracia y movimiento, yacía inmóvil sobre las sábanas blancas, casi fundiéndose con ellas debido a su palidez extrema. Un tubo de plástico emergía de su boca, conectado a un respirador que subía y bajaba rítmicamente, dictando una vida mecánica. Cables rodeaban su cabeza y sus brazos, conectándola a monitores que dibujaban líneas verdes y emitían pitidos monótonos.
Gael se acercó lentamente, como si temiera que el menor ruido pudiera romper el hechizo que la mantenía en ese limbo. Se sentó en el borde de la silla metálica y tomó su mano. Estaba fría, una frialdad que le recorrió el espinazo.
—Emma... —susurró, y su voz se quebró de inmediato—. Mi amor, estoy aquí. No me voy a mover de este lado hasta que abras esos ojos.
Se llevó la mano de ella a los labios, besando sus nudillos con una desesperación contenida. Las lágrimas, que había intentado reprimir frente a los médicos, comenzaron a rodar por sus mejillas sin control.
—Tienes que luchar, Emma. Sé que estás cansada, sé que pasaste por un infierno, pero no puedes rendirte ahora. Nuestro hijo... nuestro pequeño ya nació —dijo, intentando esbozar una sonrisa que salió como una mueca de dolor—. Es hermoso. Tiene tu fuerza, lo sé, porque los doctores dicen que es un guerrero. Está en una incubadora esperándote, esperando sentir tu piel, escuchar tu voz. No dejes que crezca sin saber lo maravillosa que es su madre.
Gael apoyó la frente sobre la mano de Emma, sollozando en silencio. El contraste era devastador: afuera, un sol brillante iluminaba Londres; dentro, el tiempo se había detenido en una agonía suspendida.
—Prometimos que seríamos una familia, que dejaríamos atrás todas las sombras. Por favor, Emma, no dejes que Tomás gane. Si te vas, él gana. Quédate conmigo. Vuelve a casa. Te amo más de lo que las palabras pueden explicar.
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En la sala de espera, Vanessa terminaba de hablar por teléfono con Hugo. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae el aparato. Hugo, al otro lado de la línea, guardó un silencio pesado antes de hablar, su voz cargada de una empatía profunda.
—Iré para allá ahora mismo, Vanessa. No estás sola en esto —dijo Hugo con firmeza.
Media hora después, Hugo entraba en el hospital y encontraba a Vanessa hecha un ovillo en un sofá de cuero sintético. Se acercó y, sin decir nada, la envolvió en un abrazo. Vanessa se aferró a él como a una tabla de salvación en medio de un naufragio.
—Es un coma profundo, Hugo... —sollozó ella contra su pecho—. El bebé es tan pequeño. Todo esto es culpa de ese monstruo. Tomás sigue destruyendo vidas incluso cuando no está presente.
—Vamos a ver al niño —sugirió Hugo suavemente, apartándola para mirarla a los ojos—. Necesitas verlo. Él es la prueba de que no todo está perdido.
Caminaron hacia la zona de neonatología. Tras un gran ventanal de cristal, en una de las incubadoras del fondo, un pequeño bulto envuelto en sensores y tubos minúsculos luchaba por su existencia. Vanessa pegó la mano al cristal, sus ojos llenos de una nostalgia dolorosa. El bebé era una versión en miniatura de Gael, pero tenía la forma de los labios de Emma.
—Es tan frágil... —murmuró Vanessa—. Parece un pajarito que cayó del nido.
—Pero está vivo —añadió Hugo, poniendo una mano sobre el hombro de ella—. Y tiene a un ejército de personas que van a cuidar de él.
Vanessa asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. En ese momento, una determinación nueva nació en ella. Miró al pequeño y sintió que una parte de Emma vivía allí, en ese latido apresurado. Sabía que, si Emma no despertaba pronto, ella tendría que ser el pilar que sostuviera a ese niño. "No te faltará nada, pequeño", pensó. "Te lo prometo".
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Lejos del hospital, en el corazón financiero de la City, Nadia Volkova salía de una sucursal privada del Banco de Ginebra. Llevaba en su bolso los documentos que consolidaban el acceso a las cuentas ocultas de los Holler. Se sentía poderosa, invencible; había burlado al sistema y tenía a Tomás bajo su ala.
Caminaba hacia su coche cuando un sedán negro de vidrios polarizados se detuvo bruscamente frente a ella. Nadia frunció el ceño, buscando sus llaves, pero antes de que pudiera reaccionar, la puerta trasera se abrió.
Un hombre alto, de hombros anchos y mirada de pedernal, bajó del vehículo. Era Morell. No llevaba uniforme, pero su sola presencia emanaba una amenaza letal.
—Señorita Volkova —dijo Morell con una voz que no admitía réplica—. Entre al coche. Ahora.
Nadia evaluó sus opciones en un segundo. Estaba en una calle concurrida, pero sabía que Morell era un profesional. Si gritaba, probablemente alguien moriría antes de que la policía llegara. Además, Morell mantenía la mano derecha dentro de su chaqueta, en una posición que indicaba claramente que portaba un arma con silenciador.
—¿A qué debo este honor, Morell? —preguntó Nadia, manteniendo su máscara de hielo, aunque el corazón le daba un vuelco—. Pensé que trabajábamos para el mismo bando.
—No se confunda. Yo trabajo para quien paga, y usted se ha vuelto una variable demasiado independiente —respondió Morell, dándole un paso para que entrara—. No me haga usar la fuerza frente a estos banqueros. Sería un espectáculo desagradable.
Nadia apretó los dientes. Sabía que este era un juego de ajedrez y que, por primera vez, alguien le había hecho un jaque inesperado. Con la cabeza alta, entró en el asiento trasero del coche. Morell cerró la puerta y el vehículo arrancó rápidamente, perdiéndose en el tráfico londinense. Nadia se dio cuenta de que, en el mundo de los Holler, la libertad era siempre una ilusión, y que las cadenas que ella misma había ayudado a forjar ahora se cerraban sobre su propio cuello...