Luna Roja

Capitulo 115

El motel "The Rusty Key" era el tipo de lugar donde las preguntas morían antes de ser formuladas. Ubicado en una zona industrial olvidada de las afueras de Londres, sus paredes de madera carcomida y el parpadeo errático de un neón agonizante ofrecían el refugio perfecto para los desesperados. Morell empujó a Nadia hacia el interior de la habitación 14, un espacio asfixiante que olía a humedad, tabaco rancio y miedo viejo.

Morell cerró la puerta con pestillo y se giró hacia ella, despojándose de su máscara de frialdad profesional. Se veía cansado, con ojeras profundas y el sudor perlado en la frente.

—Sé que tienes las claves, Nadia —dijo Morell, sentándose en el borde de una cama deshecha, apuntándola con su arma de manera descuidada—. Sé que has estado desviando fondos de los Holler a cuentas puente en las Islas Caimán. No me mires con esa cara de inocencia; yo mismo ayudé a borrar algunos de esos rastros antes de que Tomás saliera.

Nadia permaneció de pie, con la espalda recta, sosteniendo su bolso de diseñador contra su pecho como si fuera un escudo. —Eres un mercenario, Morell. ¿De verdad crees que puedes chantajearme a mí?

—No es un chantaje, es una jubilación anticipada —rio él, una risa seca y carente de alegría—. Necesito cinco millones de euros. Limpios. En una cuenta que te voy a dar ahora mismo. Con eso desaparezco, cruzo la frontera y no vuelvo a saber nada de los Holler ni de sus guerras de sangre. Hazlo ahora, o le diré a Tomás que su "leal" abogada lo ha estado robando desde el día uno.

Morell se distrajo un segundo buscando un trozo de papel en su bolsillo para anotar los datos. Fue un error de novato, producto del agotamiento y de subestimar a la mujer frente a él.

En un movimiento fluido, casi coreografiado, Nadia metió la mano en su bolso. No sacó un teléfono, sino una pequeña pistola semiautomática con silenciador que guardaba en un compartimento oculto.

*¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!*

Cinco disparos rápidos impactaron en el pecho de Morell. El hombre cayó hacia atrás sobre el colchón, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa mientras la sangre comenzaba a empapar las sábanas amarillentas. Intentó emitir un sonido, un estertor de muerte, pero sus pulmones estaban colapsados.

Nadia se acercó a él con una parsimonia aterradora. El humo del arma flotaba en el aire denso de la habitación. Con un gesto de asco, levantó su pierna y clavó el tacón de aguja de su zapato de diseñador directamente sobre la garganta de Morell, hundiéndolo con todo su peso mientras el hombre agonizaba.

—Nadie me da órdenes, Morell —susurró ella, su voz era un hilo de seda letal—. Y mucho menos un perro que ha olvidado quién es su dueño.

Lentamente, apuntó de nuevo, esta vez directamente a la frente del hombre.

*¡Pum!*

El sexto disparo terminó con todo. Nadia guardó el arma, se ajustó el abrigo y salió de la habitación sin mirar atrás, dejando atrás el cadáver de quien alguna vez fue el hombre más temido de la prisión.

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🦋

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En un piso franco de alta seguridad en el norte de la ciudad, Magda Holler observaba a su hijo. Tomás estaba de pie frente a un ventanal, observando las luces de la ciudad con una copa de coñac en la mano. La libertad le sentaba bien, pero había algo salvaje en su mirada, algo que Magda no terminaba de descifrar.

—Esa mujer, Tomás... la tal Nadia —comenzó Magda, rompiendo el silencio—. No me gusta. Tiene la mirada de quien cuenta las monedas antes de que caigan al suelo. Es ambiciosa, y la ambición en un extraño es veneno para nosotros.

Tomás se giró lentamente, una sonrisa ladeada jugando en sus labios. —Es útil, madre. Muy útil. Ha mantenido el control cuando todo se caía a pedazos. Sin ella, yo seguiría pudriéndome en esa celda...



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En el texto hay: mafia, romance, venganza

Editado: 11.03.2026

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