El despacho privado de Magda Holler en la residencia de seguridad era un mausoleo de terciopelo y madera oscura. La luz de la tarde apenas se filtraba por las pesadas cortinas, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire como fantasmas. Magda no creía en el azar, y mucho menos en la lealtad desinteresada. Para ella, Nadia Volkova era un rompecabezas cuyas piezas no terminaban de encajar, y eso la mantenía en un estado de alerta constante.
Frente a ella, un hombre de aspecto anodino y traje gris —el tipo de hombre que se disuelve en cualquier multitud— dejó una carpeta de cuero sobre la mesa. Se llamaba Arthur Penhaligon, un exoficial de inteligencia especializado en "rastreo de activos humanos".
—He comenzado a tirar del hilo, señora Holler —dijo Penhaligon con una voz carente de inflexiones—. La señorita Volkova es meticulosa. Su rastro en los últimos cinco años es impecable, casi demasiado. Pero nadie nace de la nada. He encontrado inconsistencias en sus registros universitarios en Moscú y una brecha de dieciocho meses en su historial laboral antes de llegar a Londres.
Magda entrelazó sus dedos, observando al detective con ojos gélidos.
—No me interesan sus notas académicas, Arthur. Quiero saber qué es lo que la hace temblar por las noches. Quiero sus deudas, sus amantes secretos, sus pecados familiares. Necesito un arma que pueda disparar si decide morder la mano de mi hijo. Nadia es una mujer que juega para sí misma, y en esta familia, eso es una sentencia de muerte.
—Entiendo perfectamente —asintió el detective—. Seguiré el rastro del dinero. Siempre hay una cuenta, una transferencia o un beneficiario que revela la verdad. Le tendré un informe completo en una semana.
Magda lo despidió con un gesto seco. Se quedó a solas, mirando la carpeta. Sabía que Tomás estaba cegado por la utilidad y la belleza de Nadia, pero ella, como matriarca, tenía el deber de ver lo que él no podía. El imperio Holler se había construido sobre cadáveres, y no permitiría que una abogada ambiciosa fuera la última en añadir un nombre a la lista.
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Mientras tanto, en la planta superior de la misma propiedad, Tomás Holler se encontraba en un estado de agitación contenida. Había recuperado su libertad, su dinero y su nombre, pero había algo que su instinto de posesión le reclamaba cada minuto: su hijo, Thiago.
Tomás marcó el número directo del internado de élite en Noruega donde el niño debería estar bajo la estricta vigilancia que él mismo había financiado desde las sombras.
—Director —dijo Tomás cuando atendieron la llamada, su voz cargada de una autoridad gélida—. Habla Tomás Holler. Llamo para verificar el estado de mi hijo y programar su traslado inmediato a Londres.
Hubo un silencio prolongado al otro lado de la línea. Tomás frunció el ceño, apretando el auricular con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Señor Holler... —comenzó el director, con una vacilación que a Tomás le resultó insultante—. Me temo que hay un malentendido. El joven Thiago ya no se encuentra en nuestras instalaciones.
—¿Qué demonios significa eso? —rugió Tomás, levantándose del asiento.
—Hace meses, su madre, la señora Grace, se presentó personalmente. Presentó la documentación legal pertinente y revocó nuestra custodia. Como ella posee la patria potestad total otorgada por los tribunales tras su... ausencia, no tuvimos base legal para retener al niño. Se lo llevó de forma inmediata.
Tomás sintió como si una ráfaga de fuego le recorriera las venas. La humillación de ser burlado por Grace, la mujer que siempre consideró débil y manejable, era insoportable.
—¿A dónde se lo llevó? —preguntó, con una calma que era mil veces más aterradora que su grito anterior.
—No dejó dirección de envío, señor Holler.
Tomás colgó el teléfono violentamente y, en un arranque de furia, barrió todo lo que había sobre su escritorio. Lámparas, botellas de cristal y documentos volaron por la habitación, estrellándose contra las paredes.
—¡Grace! —bramó, con los ojos inyectados en sangre—. Crees que puedes esconderte en el fin del mundo, pero te encontraré. Y cuando lo haga, desearás no haber nacido. Nadie me quita lo que es mío.
El odio de Tomás acababa de encontrar un nuevo objetivo, y su obsesión por recuperar a Thiago se convirtió en el motor que alimentaría su próxima ola de destrucción.
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Un mes después...
Londres estaba sumido en una tarde gris y lluviosa, típica del otoño británico. En el lujoso departamento que alguna vez fue el refugio de amor de Gael y Emma, el ambiente era drásticamente diferente. El olor a velas aromáticas y perfumes caros había sido reemplazado por el suave aroma a leche de fórmula y polvo de bebé.
Gael entró en el salón cargando a su hijo en brazos. El pequeño, a quien había decidido llamar Julian, dormía plácidamente envuelto en una manta azul. Gael se veía demacrado; había perdido peso y las sombras bajo sus ojos contaban la historia de treinta noches sin apenas dormir. Sin embargo, cuando miraba el rostro del bebé, una chispa de ternura iluminaba su mirada rota.
—Ya estamos en casa, pequeño —susurró Gael, besando la frente del niño—. Tu primer mes de vida ha sido una batalla, pero ya estás aquí.
Vanessa salió de la cocina con un biberón tibio en la mano. Se había convertido en la sombra de Gael, su apoyo incondicional en medio de la tormenta. Sin ella, Gael probablemente se habría desmoronado por completo.
—Déjalo en la cuna un momento, Gael. Tienes que comer algo —dijo Vanessa suavemente, acercándose para acariciar la mejilla del bebé—. Se parece tanto a ella cuando duerme... tiene esa misma paz.
Gael asintió con un nudo en la garganta. Colocó a Julian en la cuna que habían instalado en medio del salón para no perderlo de vista ni un segundo. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.